2 de febrero de 2023
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A caballo, adjetivos numerales, ‘por parte de’, trastornos conversivos

30 de marzo de 2010
30 de marzo de 2010

El 21 de marzo de 2002 escribí para el Correo Abierto de LA PATRIA lo siguiente: “A caballo vamos p’al monte… a caballo…” dice una canción cubana, si le creo a mi principio de información. “A caballo” decían también mi papá, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo, y, seguramente, todos mis antepasados, al menos hasta la época de Cervantes, por allá en el siglo XVI, porque en el Quijote se encuentran las siguientes frases: “Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras…” (I-III); “Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie” (I-IV). Me devolví estos ocho años, porque en su artículo del 11 de este mes, el hermano Andrés Hurtado García dice que atravesó el desierto del Sahara a pie, pero que “algunos tramos los hicimos a camello”. “En camello”, señor, es la forma castiza. En mis cuatro letras arriba citadas decía también: “El verbo ‘montar’ exige la preposición ‘en’: Montar en burro; montar en bicicleta; venía montado en su caballo blanco; montar en tren, en avión, en carro; y montar en camello. “Montar en pelo” decíamos cuando lo hacíamos sin apero, sin enjalma o sin angarillas”. ‘Montar en cólera’, agrego hoy. Pero la expresión ‘a caballo’ está aceptada por todos los expertos en el buen decir, la utilizan los que no lo son, es correcta y… suena muy bien”. No así “montar a camello”, muy apreciado hermano Andrés. Decimos también ‘estar’ o ‘ir a caballo’ para con ello expresar, por ejemplo, que “participamos en tal o cual empresa con alguna ventaja y mucha comodidad”.

Durante el DNQ (Día Nacional de los Quemados), 14 de marzo de 2010, escuché  a los periodistas Felipe Arias y Carlos Aguirre, de RCN y Telecafé, respectivamente, decir las “treinta y un’ (‘cuarenta y un, cincuenta y un’, etc.) mesas de votación”. El único de los que yo oí, que respetó la concordancia del adjetivo numeral con su sustantivo, fue William Restrepo, pues decía “las ‘trescientas sesenta y una mesas’ de votación”. Y en el anuncio de los Juegos Suramericanos de Medellín, se escucha la siguiente barbaridad: “Treinta y un disciplinas”. “Treinta y una disciplinas”, ¡por Dios! Los numerales cardinales, señores, como los ordinales, son ‘adjetivos’, por lo cual tienen que concordar en género con el sustantivo correspondiente. No obstante, es castizo decir “la mesa de votación trescientos sesenta y uno”, porque en esta frase se subentiende ‘número’, con el que concuerda el adjetivo. Pero es incorrecto decir “trescientos sesenta y un mesas de votación”. Y esto es así, no importa que la violación de la norma gramatical sea más frecuente que el estomagante ‘por parte de’ de los comentaristas de fútbol. ¿Vio usted y escuchó la transmisión del encuentro de fútbol entre la selecciones femeninas de Colombia y Paraguay, la noche del 15 de marzo? Yo aguanté el primer tiempo. Mentalmente deduje que fueron 135 las veces que el comentarista dijo ‘por parte de’ (“…Lady Patricia Andrade, por parte de Colombia”). ¿Por qué 135? –Haga la operación, mi don: 45 minutos dura un primer tiempo; si el comentarista emplea la expresión tres veces por minuto, que no es exageración mía, multiplique… ¿No me cree? –Pues, sintonice los próximos partidos de nuestra selección femenina en el Mundial de Alemania, y lo sufrirá.

Natalia Springer, columnista de El Tiempo, me descrestó con este trozo: “Son comunes los trastornos conversivos en quienes reprimen estas experiencias traumáticas” (III-15-10). Se refería, ¡cómo no!, a los “chuzados”. No lo entendí, por supuesto. Recurrí, entonces, a mi especialista de cabecera, la doctora Marcela Aristizábal García, y esto respondió: Las personas que han sido víctimas de crímenes atroces (secuestro, violación, violencias de otra clase, etc.), o han soportado situaciones prolongadas de horror, quedan con secuelas (traumas) difíciles de eliminar. Y los “trastornos conversivos” hacen parte de las “neurosis histéricas”; aquellos se caracterizan por la pérdida o alteración de una función corporal debido a conflictos psicológicos y no a una causa orgánica; no obstante, los síntomas no responden a una simulación consciente y deliberada. Pero, señora, ni aquellos traumas ni estos trastornos son efecto de la grabación ilegal de conversaciones telefónicas. Tal vez podría producir indignación, verdadera o hipócrita, en sus víctimas, que, si no tienen nada que ocultar, pueden sufrirla en silencio, o lanzarla a los cuatro vientos; o, si han cometido delitos o actos vergonzosos, más graves en aquellos cuyo oficio les exige una conducta intachable, lo que deben sentir es unas ganas inmensas de que se los trague la tierra, para, así,  ocultarles su vergüenza a familiares, amigos y “al país”; o para no purgar sus fechorías y acciones corrompidas. Que es lo que, ‘chuzados’ o no, merecen. Me parece también que el verbo ‘reprimir’ está ahí ‘fuera de lugar’. ¿No será ‘sufrir’?