30 de julio de 2021
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Era un recto varón

15 de febrero de 2010
15 de febrero de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezEn mi columna de la semana pasada, dedicada a Ñito Restrepo, mencioné el Cementerio Libre de Circasia, donde se evoca la memoria del famoso personaje antioqueño por medio de un busto suyo erigido en la entrada del cementerio, y del “Himno de los muertos”, compuesto por él en Ginebra (Suiza) con motivo de la creación de la obra en el año 1932.

Coincide dicha columna con la muerte en la ciudad de Armenia, hace pocos días, de una de las personas más vinculadas a la Fundación Braulio Botero Londoño, de la cual provienen los recursos económicos que permiten la subsistencia y embellecimiento del cementerio, convertido en símbolo de la libertad y en un gran tesoro artístico de la tierra quindiana. Me refiero a Hernán Escobar Botero, pariente cercano de Braulio Botero Londoño, persona esta muy acaudalada y filantrópica que fue el motor principal de dicho cementerio. 

Durante mucho tiempo, Hernán Escobar se desempeñó como secretario de la Fundación. Sólo vino a marginarse de ella en los últimos años, con motivo de la cruel enfermedad que minó sus fuerzas. Su última morada, por supuesto, ha sido el Cementerio Libre, donde hoy descansa en paz, al lado de parientes y amigos que encontraron allí, en medio del fascinante paisaje quindiano, el reposo eterno. 

Durante nuestra estadía en el Quindío compartimos con Hernán y con Fabiola, su devota esposa, lo mismo que con toda su familia, una estrecha amistad. La última vez que lo visité, postrado ya por las dolencias físicas, pero animado por su  sentido del humor y su don de gentes, fue hace cuatro años, cuando estuve en Armenia haciendo la presentación de una novela quindiana. A partir de entonces, su salud se fue deteriorando en forma drástica. 

Pertenecía Hernán a esa estirpe antioqueña de gente trabajadora, sencilla, cordial y hospitalaria, muy propia de la zona cafetera. Durante largos años, hasta jubilarse, fue jefe de ventas de Bavaria. Además, como buen quindiano, cultivó una pequeña finca de café. Lo recuerdo al mando de su viejo Willys, el legendario vehículo todoterreno de los quindianos (que no cambian por nada), cuando se desplazaba a su predio rural puede decirse que a paso de mula. 

Le encantaba viajar a velocidad mínima y sin afán de ninguna naturaleza. En esa actitud interpretaba yo su propio temperamento sosegado, hecho para la paciencia, la reflexión y la tolerancia. Muchas veces las cosas terminan pareciéndose a sus dueños, o viceversa. En esta asimilación de las cosas que nos rodean se refleja la comunión del hombre con su entorno, que es una manera de saber vivir.  

En una época fue masón activo, y no sé si tal práctica se extendió hasta su edad mayor. Era hombre de ideas. Le gustaba debatir temas de la vida nacional o mundial, y lo hacía con espíritu sereno y altas dosis de raciocinio. Nunca fue sectario en ninguna materia.  Por el contrario, era tolerante y conciliador. Hombre silencioso y prudente, su vida transcurría con elegante moderación, rodeado del aprecio de la gente. Su principal virtud, que ejercía de manera ejemplar desde la junta del Cementerio Libre, era la solidaridad humana. 

Conservo un valioso obsequio que me hizo en 1979: el libro titulado “De Marx a Cristo”, del escritor francés Ignace Lepp, que puso en mis manos con especial deferencia y con la recomendación de que sacara de él interesantes conclusiones acerca de la metamorfosis sufrida por un comunista beligerante que terminó encontrando en las doctrinas de Cristo el derrotero de su vida. 

Dicho libro lo dejo ahora en turno para volver a leerlo, 31 años después de su primera lectura. Será una manera de honrar la memoria del caro amigo que, al interesarse por las cosas del espíritu, me ha dejado un recuerdo perdurable. Los libros, bien se sabe, unen a la gente a lo largo de los años y se vuelven imperecederos.