28 de enero de 2023
Directores
Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez
Ximena Giraldo Quintero

La navidad en la cultura caldense

23 de enero de 2010
23 de enero de 2010

Quizás ninguna fiesta del calendario litúrgico ha calado tanto en el pueblo como la fiesta de Navidad. Las causas hay que buscarlas en los períodos de Conquista y Colonia por el proceso de aculturación; con la llegada de la República la Iglesia conservó su estructura y el control de la población.

Durante el proceso de colonización del territorio del actual departamento de Caldas los colonos  viajaban cargando sus penates, con las ideas políticas, religiosas, costumbres y tradiciones. Cuando se fundaba una colonia, o el pueblo, se tenía cuidado de señalar el lote para la iglesia y la casa del cura y si querían que la aldea progresara, los fundadores se apresuraban a traer al sacerdote. La influencia del clérigo se sentía en el confesionario y en el púlpito. Los curas eran conscientes de su poder y de su influencia sobre el pueblo. Había un listado de prácticas piadosas: alabados matinales, escapularios en los pechos de grades y chicos, bendición de alimentos y rosario vespertino.

Pero la vida religiosa en la colonia no era, en realidad, una actividad de tipo ascético sino el sustituto de elementos lúdicos; en el pueblo se hablaba de espectáculos y diversiones, como en la aldea, de misas, procesiones y predicadores. Aunque tradicionalmente se ha afirmado que la Iglesia transmite la resignación cristiana, como aceptar los designios de Dios, las enfermedades y la pobreza, como pruebas para alcanzar la salvación, las orientaciones que impartían las visitas pastorales no concuerdan con esa imagen fatalista.

El afán por reemplazar la capilla pajiza por un templo suntuoso, la construcción de una hermosa y cómoda casa cural y de un buen cementerio, tenían en cuenta el mejoramiento de la infraestructura material, de lo tangible sagrado. Se fue creando una mentalidad que consideraba la religión como una regla útil de conducta práctica.

La monotonía en aldeas y pueblos se interrumpía con la celebración del domingo. Este día los campesinos se aseaban bien, o se bañaban, se ponían la mejor ropa y se preparaban para ir a la misa mayor y al mercado. A las tres de la tarde se rezaba el trisagio, se exponía el Santísimo, y los fieles se apresuraban para ocupar los mejores espacios en el templo. Pero ninguna fiesta estaba tan arraigada en la cultura como las actividades de diciembre. Aquí se manifestaba el carácter fiestero de nuestros pueblos, se hacía evidente la mezcla de indio, de afrodescendiente y de español.

Navidad: la mejor fiesta del calendario litúrgico

La Navidad estaba enraizada en el  hogar y desde el 16 de diciembre toda la familia participaba en la organización del pesebre, para rezar la novena y cantar los villancicos, al son de rústicas panderetas. Los villancicos tenían textos  auténticamente populares, porque expresaban la esperanza de liberación, la igualdad de todos los hombres y la pobreza del Niño Dios, recostado en un pesebre. Para el pueblo estaba claro que habían sido invitados por igual, los pastores de Belén y los reyes de Oriente. Por ello la voz del pueblo estaba plasmada en la letra de los villancicos y expresaba la esperanza de liberación, el ansia de igualdad entre la gente, la sed de justicia y el anhelo de paz:

Vamos y veréis al niño/ temblando de frío está/ Desnudito en unas pajas/ recostado en un portal/ Dormite, niñito ¡Qué tanto llorar!/ que no hay mazamorra, ni que merendar.

Natilla y buñuelo: un buen casado

Durante estas fiestas los habitantes de aldeas y pueblos “tiraban la casa por la ventana”. Los campesinos  vendían el cerdo gordo, “la alcancía del pobre”, para comprar los aguinaldos y la ropa para estrenar. La comida era abundante: natilla, buñuelos, manjares del trapiche panelero, dulce de cidra o guasquila, de arracacha, de breva, de mora, de papaya, torta de batata, bizcochuelo de vitoria, bocadillo y cernido de guayaba, caspiroleta, sorbete de banano y de mora.

También abundaba la carne: de gurre o armadillo sudado, torcaza asada, guagua y chucha (zarigüeya) a la brasa, cazuela de conejo, sopa de guacharaca, carne de gallina, de pavo y de cerdo.

Pero la natilla de maíz era el símbolo, acompañada de esponjosos buñuelos de maíz, de cuajada y de harina. A la popular natilla le cantó el poeta Gregorio Gutiérrez González:

“Y la natilla, ¡ah! la más sabrosa/ de todas las comidas de la tierra/ ¡con aquella dureza tentadora/ con que sus troncos ruborosos tiemblan!”

También se bebía aguardiente destilado en los alambiques de las fincas, la deliciosa chicha de maíz y el vino de uchuvas.

Cuando el escritor Tomás Carrasquilla recordaba estas fiestas navideñas decía, con nostalgia, que “con la familia patriarcal se extinguió el carácter de unión, de regocijo doméstico y de santa poesía que esta fiesta tuviera”.

Pero,  a pesar de la vida moderna, el Niño Dios, la natilla y el buñuelo, siguen reinando en las fiestas navideñas de nuestros pueblos.