21 de septiembre de 2021
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El poeta vuelve a casa

23 de enero de 2010
23 de enero de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezMe refiero a Óscar Piedrahíta González, oriundo de Caicedonia (Valle), pero que buena parte de su existencia la ha vivido en la capital quindiana. Durante varios años se residenció en Bogotá, para luego regresar a sus lares quindianos, de los cuales no piensa volver a salir. Es él, como lo soy yo –a mucha honra–, quindiano por adopción.

Lo conocí durante mi estadía en el Quindío, de esto hace ya largos años. Hombre de severa disciplina humanista, Piedrahíta González sobresalía entonces como poeta y cuentista. Sus amigos lo llamaban “el poeta”, como tributo a sus tres primeros libros publicados en el género lírico, los que le daban realce intelectual: ”Vigencia de la angustia”, “Donde es cauce la luz” y “Cantos de Dioneo”.

Vendrían después cuatro libros más del mismo género: “El poeta le canta a su pueblo”, “Dinastía poética”, “Cantos del torturado” y “Súmmum”, este último de reciente publicación, y que representa un viraje dentro de su línea clásica, hacia el micropoema, técnica que hoy se estila en muchas partes del mundo bajo la influencia del haikú japonés. Esta obra constituye una curiosidad bibliográfica, tanto por la brevedad del formato como por la miniatura de los poemas, y por sus ideas veloces y comprimidas, que quedan aleteando en la mente del lector.

Años atrás, también me causó curiosidad el opúsculo “Dinastía poética” (1989), dedicado a registrar la historia de tres generaciones de una misma familia que deja huellas en el campo de la poesía. Daniel Piedrahíta Arango, el tronco de este linaje, nació en Ibagué en 1901, se graduó de ingeniero en la Universidad del Cauca, donde tuvo como profesor de humanidades al maestro Valencia, y es autor de dos libros de poesía.

Cuatro de sus hijos siguieron sus rastros: William, residente en Estados Unidos, cuya obra se ha movido entre la poesía y la canción, con énfasis en el tono romántico; Daniel, cantor de la esperanza y la solidaridad humana; Harold, autor de versos de lucha, y Óscar, licenciado en lingüística y literatura, periodista, escritor, crítico literario y miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. La última rama de esta dinastía es Daniel, con clara vocación por la poesía moderna, nieto de la cabeza mayor e hijo y sobrino de los otros bardos.

Óscar admira a su padre como labriego-poeta. Así le canta en estos versos en que refrenda su herencia lírica y testimonia su fervor sentimental: “A mi padre le crecían nidos en los brazos / y lianas y musgos, como a los robles: / tenía los ojos llenos de nubes y semillas / y hablaba con la voz ronca de los bosques / (…) Yo recogí la voz que le quedaba / y con ella le grito al horizonte: / mi padre no era un árbol, era un bosque… / ¡y sigue retoñando en mis canciones!”.

Otro género que Óscar ha cultivado con buena fortuna es el del cuento. Así lo conocí en Armenia, en la década del setenta. Con “la rana astronauta” obtuvo por aquellos días una presea en un concurso promovido por el Magazín Dominical de El Espectador. Años después, en el 2005,  publica en Bogotá “Una diaria batalla”, colección de diversos trabajos elaborados en su itinerario cuentístico, entre los cuales sobresalen algunos con clara influencia de Chéjov, Gogol, Maugham o Maupassant, como “El tío Eugenio”, “El jefe”, “Míster Perry”.

Mente inquieta por la pureza del idioma, su acción se ha dirigido no solo a depurar su propio estilo, sino que se ha desempeñado como corrector del lenguaje en un programa radial en Bogotá, y como formador de periodistas en la Universidad Central durante su ejercicio docente en la capital. Ahora, de nuevo en Armenia, escribe en La Crónica del Quindío una columna cultural. 

En fin, la de Óscar Piedrahíta González es una vida consagrada a la disciplina intelectual. Con óptimos frutos, como lo certifican sus libros, sus crónicas periodísticas, su labor universitaria y su presencia en foros y en diversos escenarios. Buena noticia para Armenia y el Quindío la del regreso de este cultivador de la palabra que ha vuelto a sentar allí su cátedra del bien decir, como franca contribución al progreso cultural de la comarca.