29 de junio de 2026

A «ponciopilatiarse» las manos

31 de enero de 2010
31 de enero de 2010

Despachada la anécdota, aprovecho para pedirle a Roma que ponga orden. Pierde puntos esa parte del ritual en la que le damos la paz al vecino. Sin duda, es uno de los momentos más taquilleros de la misa.

El Papa Benedicto, o alguien del gajo de abajo, debe exigirles a quienes van a misa que se bañen, o al menos se ponciopilateen (laven) las manos. Mientras Roma locuta , el párroco podría revisar las manos de los feligreses antes de continuar.

La norma debería exigir también que durante la misa, so pena de anatema o condenación eterna, los parroquianos se abstengan de hurgarse la nariz. Muchos se tapan la boca con la mano al momento de estornudar. Ni siquiera se asilan en un arcaico pañuelo.

Otros se sacan la cera de la oreja. Para no mencionar el detestable tic de pecadores que se rascan en lugares que el pudor prohíbe mencionar.

El menú de atropellos contra las buenas maneras es variado. Con razón crece la audiencia de escépticos. Considero mi deber de cristiano frío alertar sobre estas anomalías.

Una señora de cuyo nombre no debo acordarme, pero que me alojó en su frágil hotel de cinco estrellas durante nueve meses, cuando regresa a casa, anuncia: "Un momento me lavo la paz", aludiendo a las manos que le tocó estrechar.

De acuerdo con su lógica, esa mano puede "estar untada de noche".

En mi caso, cuando me toca un mocoso o agripado al lado, agarro las jaculatorias, los salmos y me "vuelvo noche". Me doy la paz a mí mismo. La caridad empieza por casa.

Ahora, si la vecina que peca contra la adecuada asepsia es una perturbadora Magdalena, lo que sucede rara vez, hago el arduo sacrificio de quedarme hasta el "se pueden largar".

Los hay que antes de ubicarse en la iglesia, realizan un veloz "casting" tratando de descubrir a Tatiana De los Ríos, o alguna colega suya de eróticos traseros o de pectorales pluscuamperfectos, para colocarse accidentalmente a su vera. Como este personal femenino escasea, toca acomodar la osamenta al lado de cualquier feíto de media petaca.

Los fieles (no difuntos) han ido puliendo estrategias para escurrirles el bulto a manos divorciadas de la higiene. En vez de dar la mano, algunos ofrecen el distante antebrazo. Una amiga se hace en una remota esquina para que solo su entorno familiar le dé la paz. Así no le entra ni el magníficat. El Papa de Roma, o Nos Alberto Giraldo, de Medellín, tienen la palabra.