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Por Hernán Alejandro Olano García Historia: la primera dama de la política nacional

13 de febrero de 2021
13 de febrero de 2021

Hernán Alejandro Olano García

Para muchos, hablar del Ospino-Pastranismo es esotérico; la mayoría de jóvenes ciudadanos que hoy están luchando por integrar las listas de candidatos que se someterán al escrutinio el próximo año, tanto para el Senado de la República, como para la Cámara de representantes, desconocen la historia político constitucional de nuestro país; incluso, muchos se posesionan en el Congreso sin saber la diferencia entre una cámara y otra, o sin haber leído el reglamento de la Corporación, cosa que nunca harán, porque para eso conforman sus UTL.

La primera dama del Congreso, fue doña Bertha Hernández Fernández de Ospina Pérez, nacida en Medellín, el 4 de junio de 1907 y fallecida en Fusagasugá, el 11 de septiembre de 1993. Contrajo matrimonio el 18 de julio de 1926 con el ingeniero antioqueño Mariano Ospina Pérez, en ceremonia oficiada por Monseñor Manuel J. Caycedo, obispo de Medellín, en la iglesia de los hermanos cristianos. Fueron los hijos del matrimonio Ospina Hernández: Mariano, Rodrigo, Fernando; Gonzalo y María Clara.

La señora de Ospina, estudió su bachillerato en el Colegio de La Presentación de Medellín, aunque no obtuvo el título de bachiller, pues en la época, las mujeres se casaban muy jóvenes y ella, la penúltima de once hijos, lo hizo a sus 19 años.

Doña Bertha, mujer de carácter y temple de acero, promovió como primera dama de la nación la huerta casera, para que cada familia tuviera en su casa lo mínimo en la mesa. Su padre, era el industrial Antonio María Hernández, fundador de la Compañía Antioqueña de Tejidos, del Banco Comercial Antioqueño, de la Compañía Colombiana de Tabaco y del Ferrocarril de Amagá, también cofundador de Fabricato, junto a Alejandro y Ramón Echavarría. Por su parte, la matrona de la familia era Mercedes Fernández Echevarría la abnegada madre de doña Bertha, que regentaba con firmeza su hogar, ubicado en la Avenida Paseo de La Playa de Medellín (incluso en esa casa, en 1925 se filmaron algunas escenas de la célebre película nacional «Bajo el cielo antioqueño»).

Se le recuerda también, revólver al cinto, por haber sido fundamental en la defensa de la institucionalidad durante el «Bogotazo». Hoy, Alberto Casas Santamaría, en las «Memorias de un pesimista”, le reclama a ella, no haber dejado que el Ministro de Relaciones Exteriores de esa época, el también ingeniero Laureano Gómez Castro, jefe de la facción «laureanista» del conservatismo, se dirigiera al palacio presidencial y, supuestamente se le hubiese dejado retenido por orden de la primera dama en el ministerio de defensa, pues, al decir del cronista, ella manifestó que si Ospina y Gómez estaban en el mismo lugar, podría correr peligro la vida de ambos. Creo que tenía doña Bertha toda la razón; de ella es la famosa frase: «a él (Mariano) nadie lo toca mientras yo esté viva».

Fue doña Bertha la presidenta de la Organización Femenina Nacional, institución fundada con el propósito de reunir a las mujeres colombianas para luchar junto con Esmeralda Arboleda y Josefina Valencia en la Asamblea Nacional Constitucional para defender el voto femenino, así como el reconocimiento de los derechos civiles y políticos y el derecho al sufragio de la mujer colombiana, que, por primera vez se depositaría el 1 de diciembre de 1957. También luchó por la igualdad salarial de las mujeres y a ocupar altos cargos directivos del Estado, y contra la discriminación con los despidos por matrimonio o embarazo. Una verdadera «lidereza», para no desconocer hoy el denominado lenguaje inclusivo.

Escribir acerca de doña Bertha, me lleva varias décadas atrás, para ser más exacto, 45 años, a la edad de siete años, porque el recuerdo que tengo de ella es el de la transmisión por televisión de las exequias de su ilustre esposo, el presidente Ospina Pérez. De esas exequias, luego de la muerte de Ospina el 14 de abril de 1976, recuerdo el dolor de la viuda, que siempre firme en circunstancias adversas, perdía en ese momento al hombre que la había desposado cincuenta años atrás. En el recorrido se acercó a ella un niño, recuerdo que un compañero de universidad de mi tía Clara Isabel; quería hacerle un homenaje a la viuda del presidente y ese señor logró «colar» a su hijo para que acompañara a la viuda como parte del cortejo hacia el Cementerio Central. Cuando los guardias de seguridad quisieron separarlo del cortejo, ella dijo «déjenlo, es de la familia». Obviamente, ese muchacho no lo era, pero para doña Bertha, la familia era lo primero y acordarme aún hoy de eso, significa que el gesto de la señora me quedó grabado para siempre.

La primera figura femenina de la política del país llegaría al Congreso de la República como Senadora de la República, ocupando por más de veinte años una curul. Su oposición al comunismo la llevó a criticar fuertemente al presidente Belisario Betancur por hacer concesiones y establecer diálogos con los grupos guerrilleros que operaban en el país.

También escribió su columna «El Tábano», publicada en «El Siglo» y luego en «La República» y los libros «El Tábano y la enjalma», «La mesa campesina» y «Mis jardines de orquídeas de La Clarita», pues fue una, sino la más importante orquideóloga del país.