25 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya La historia de Frisby, contada por su fundador

13 de diciembre de 2020
13 de diciembre de 2020
Alfredo Hoyos Mazuera. Foto tomada de «El Tiempo»

 Historia de la exitosa empresa avícola pereirana, cuyo gerente, Alfredo Hoyos Mazuera, recibió este año el Premio Vida y Obra Empresarial del diario “Portafolio” 

Sangre de arrieros

Alfredo Hoyos Mejía (1913 – 2009) provenía de una familia de arrieros paisas, de Yarumal, donde su padre se dio el lujo de tener 18 hijos que le resultaron, todos a una, muy buenos negociantes. Empezando por él, claro está.

Pero, no se piense que siempre lo fue o estaba condenado a serlo por voluntad paterna. No. Más bien parecía destinado a ser “doctor”, particularmente ingeniero, pues cursó dos años de Ingeniería en la Universidad Nacional, de Bogotá, mientras tomaba, por las noches, clases de contaduría en una escuela de comercio: I will, I can, nombre inolvidable por cierto.

Sólo que la misma ingeniería lo llevó a los negocios. En efecto, durante las vacaciones, en un viaje por tren, conoció a un ingeniero “de apellido Gaviria”, que trabajaba en la nueva carretera (!) entre Pereira y Manizales.

“¿Cómo le va con la ingeniería?”, fue la pregunta obvia, formulada por el imberbe estudiante universitario.

La respuesta le cambió la vida: “Si no fuera por un almacencito que tengo, estaría aguantando hambre”.

Negociante en ciernes

Fue algo decisivo, en realidad. Dejó los estudios; visitó a un amigo de su padre en Pereira, Leoncio Aristizábal, para pedirle puesto de contador en su famoso almacén de la Plaza de Bolívar –Aristizábal Hermanos-, y como el único requisito fue tener el permiso paterno, lo consiguió en un abrir y cerrar de ojos.

Así fue como llegó, en los años treinta del siglo pasado, a la actual capital de Risaralda, donde poco tiempo tardó en casarse con Fantina Mazuera, bella jovencita de la región. Era como si la colonización antioqueña, que tuvo su auge en la segunda mitad del siglo XIX, no hubiera concluido.

Fungió de contador, cuando serlo era un auténtico privilegio. Y lo era más saber liquidar importaciones, tarea indispensable no sólo en el almacén de don Leoncio sino también en los de otros importadores, para quienes trabajaba en las noches con el propósito obvio de ganar más dinero.

Se le salió el paisa, mejor dicho. Y como empezó a formar algún capital, no tardó en hacerle una original propuesta a su jefe: que le diera mercancía en consignación y él la vendería en los distintos pueblos de Caldas, en franca competencia con los demás vendedores ambulantes, entre quienes aún estaban los legendarios culebreros.

Tan descabellada idea fue acogida. Los domingos, entonces, tomaba su mula; con papel encerado, de pesebre, envolvía los productos que luego regaba, en las plazas de los municipios, sobre ese mismo papel, y regresaba con las alforjas llenas de dinero, cuando podía pescarse de noche al decir del maestro Darío Echandía.

Hasta que don Leoncio enfermó, en 1937, debido a su avanzada edad. Y como el viejo le había cogido mucho aprecio, le ofreció quedarse con su negocio, siempre y cuando pagara, como cuota inicial, la suma de tres mil pesos, fiándole el resto.

Más y más empresas

¿A quién recurrir? Su padre fue la primera opción, aunque sabía que estaba molesto por haber dejado la universidad. Y sí, recibió el préstamo, con dos condiciones que de veras son insólitas por la cercana relación familiar: ¡con pago de intereses y fiador, no fuera que nunca le cancelara la deuda!

Fue más insólito, sin embargo, que don Leoncio le sirvió de fiador, única forma de garantizar que Alfredo Gómez Mejía se convirtiera en único propietario del almacén, al que no tardó en vincular a dos parientes: su tío Domingo y su hermano Enrique, con quienes compró otro negocio de telas: Monserrate, de los más prestigiosos en su género y el cual sobrevivió por varias décadas.

Consiguió, además, la representación de Fatesa, una fábrica de telas montada por los Echavarría de Medellín, aprovechando su amistad con Carlos J., quien le llegó a vender varios perros de raza que terminarían luego en su finca, Sierra Morena.

Y en 1948, tras visitar el almacén Sears de Barranquilla, el primero que poseía diferentes secciones especializadas, montó uno similar en Pereira: Almacén Real, con artículos importados en su mayoría: pescados multicolores traídos de Japón, paños ingleses, dulces americanos y juguetes del Lejano Oriente que eran la alegría de los niños en Navidad.

Industria avícola

Hasta que en un viaje a Japón, para comprar juguetería, el dueño de algún centro comercial le invitó a conocer una granja avícola, donde empezó a gestarse Frisby. Pero, faltaba mucho camino por recorrer para llegar a esto.

Le sorprendió el alto grado de tecnificación de aquella granja, empezando por las incubadoras. No era para menos: aquí, en Colombia, las gallinas se tenían, de manera primitiva, en los solares de las casas y en los patios de las fincas.

Fue tal su entusiasmo que de inmediato, sin pensarlo dos veces, don Alfredo compró dos equipos y se los trajo junto con un técnico japonés, quien tuvo a su cargo el montaje del negocio, inaugurado, a su vez, con gallinas y gallos reproductores de Estados Unidos.

Los pollitos, recién nacidos, eran exhibidos a la entrada del Almacén Real, donde atraían a propios y extraños por ser verdes, rojos, azules…, gracias a la anilina para pintarlos. ¡Ese era el gancho que aseguraba sus ventas!

La finca Sierra Morena se convirtió, por tanto, en granja avícola, la primera de la región y pionera de esa industria en Colombia.

Las circunstancias, en fin, fueron favorables para que la avicultura desplazara al ya consolidado negocio de telas y, en general, al comercio de la familia Hoyos Mazuera: en 1950, el presidente de Almacenes Ley, Tomás Santamaría, llegó a Pereira con espíritu expansionista, buscando local.

Don Alfredo, como paisano, lo atendió, le dio aguardiente -“Todo está pa´ la venta”, dijo- y le terminó vendiendo el Almacén Real, para poderse dedicar por entero a lo que más le gustaba: el campo, la cría de gallinas y, en definitiva, el negocio avícola, el cual le resultó bastante rentable.

Adquirió nuevas máquinas, esta vez para fabricar el alimento concentrado; siguió con el técnico japonés -“Que aprendió español a las patadas”-, capacitó personal y, sobre todo, diversificó la actividad, mucho antes de que la diversificación se pusiera de moda: incubación, industria alimenticia y venta de huevos. No había competencia a la vista, por fortuna.

Luego abrió otra granja: Avilandia, en compañía de varios socios (Bernardo Meza, entre ellos), localizada en la vía a Cartago y en una finca que sus ancianas propietarias sólo alquilaron y se negaron a vender porque no sabían qué hacer con tanto dinero.

Así las cosas, con el paso del tiempo se volvió avicultor y ganadero, hombre de campo, como si sus lejanos ancestros de Yarumal lo hubieran obligado a abandonar su condición inicial de comerciante. Se le salió el arriero, como a su padre.

Hijo de tigre…

Don Alfredo tuvo seis hijos, uno de los cuales fue bautizado también con su nombre, según otra tradición paisa: Alfredo Gómez Mazuera, quien, igual que sus hermanos, pasó sus primeros años de vida en la granja, desempeñando los oficios de rigor, como vacunar y poner pepas en los picos de las gallinas, volviéndose experto en cuestiones agrícolas desde temprana edad.

Como don Alfredo, su padre, temía que el típico ambiente de rumba en Pereira no le favoreciera para salir adelante, Gómez Mazuera fue a terminar bachillerato en una academia militar de Estados Unidos, donde, mientras estudiaba, trabajó en una incubadora, haciendo de todo. Hijo de tigre sale pintado, sin duda.

Hasta que regresó a Pereira, con 19 años encima. No hizo universidad, aunque sí muchos cursos en administración y finanzas, y desde entonces no quiso sino ser avicultor, pero en forma independiente, acaso para competirle a su propia familia.

Prestó sesenta mil pesos en la Caja Agraria, puso su granja de pollos de engorde (el papá estaba dedicado a la venta de huevos) y vio desde un comienzo que el negocio era promisorio, pues sólo Distraco, de Bogotá, estaba haciendo lo que él quería.

Fue así como nació, en 1965, la Granja Santa Inés. Poco después montó el matadero de pollos que eran vendidos en bolsas plásticas, como pollo congelado, dando origen a lo que sería, desde 1968, Pimpollo, empresa que después quedó en manos de Kokoriko, grupo del que Hoyos Mazuera fue socio en sus inicios, hacia 1972, cuando intercambió acciones y creó una nueva sociedad: Avinco, a la que gerenció con resultados positivos.

Así nació Frisby

En tales circunstancias, con un moderno matadero, con técnicos traídos también del exterior -¡como lo hizo su padre!- y con un crédito adicional, esta vez por doce mil dólares con el Instituto de Fomento Industria -IFI-, en medio de muchas dificultades como la carencia de camiones refrigerados para el traslado de la mercancía, sus negocios fueron creciendo, a veces por encima de lo previsto.

Terminó vendiendo su parte de Kokoriko a “los Robayo”, decidido a incursionar, por su cuenta, en la venta no de pollo asado sino frito, imitando a los gringos. Consiguió socios, trajo una incubadora especial y la instaló en la cocina de su casa, donde comenzaron a hacer pruebas con fórmulas de todo tipo.

Entre familiares y amigos hacían degustaciones hasta dar con el sabor que buscaban de acuerdo con el gusto de nuestras gentes, que era el procedimiento usual en el resto del mundo.

Ese fue el nacimiento de Frisby, en 1977, cuyas primeras ventas se hicieron en un local del parque El Lago, en Pereira, donde estaba una pizzería, la misma que decidieron cancelar para ampliar el negocio de pollo frito, una verdadera novedad que se transformó, de la noche a la mañana, en un rotundo éxito, hasta el punto de abrirse sucursales en Armenia, Cartago y Manizales, con enorme acogida del público.

Alfredo, el joven, había dado, definitivamente, en el blanco…

(*) Escritor y periodista. Autor del libro “Líderes Empresariales”