Una libreta de anécdotas
El inolvidable escritor y crítico gramatical Roberto Cadavid Misas, Argos, tuvo un estilo inconfundible para contar anécdotas. Sobre el ex presidente Carlos Holguín Mallarino, el único chocoano pelirrojo que aparece en la historia de Colombia, narró este sabroso episodio el filólogo antioqueño:
”Tienes el pelo rojo, muchacho, como Judas”, le dijo el sacerdote jesuita que iba a atender al joven Carlos, el día de su matrícula, en el Colegio San Bartolomé, en Bogotá.
Sin pérdida de tiempo, el mozalbete se le dejó venir con esta sardónica respuesta:
“Eso de que Judas tuviera el pelo rojo no está bien demostrado en la Historia Sagrada, padre. Lo que sí es cierto es que el señor Iscariote pertenecía a la Compañía de Jesús”.
Una artillería periodística
Cuando desempeñó interinamente el cargo de presidente de Colombia, en 1888, el pelirrojo nacido en Novita, Chocó, soportó una pertinaz oposición de todos los diarios que circulaban en Bogotá. Los había conservadores, liberales, republicanos e independientes.
Como en aquellos tiempos los hombres públicos salían solos, sin escolta, a darse su “septimazo” (el paseo por la céntrica carrera séptima) el doctor Holguín Mallarino fue abordado en la calle por un joven voceador de prensa que le dijo:
“Hoy sí que están bien buenos los periódicos… Le tiran bien duro, señor presidente… ¿Me los va a comprar todos”?
Una salida de Silvio
Por encargo especial del director de La República, Silvio Villegas, el mensajero debía comprarle todas las mañanas, en la esquina de la Jiménez con séptima, su ejemplar de La Patria, el diario de su natal Manizales que había dirigido en sus años juveniles, cuando apenas contaba 19 años.
Al arribar al despacho, periódico el mano, el chico de los mandados vio reunido a su jefe con otros “Leopardos” y le preguntó:
“Doctor Silvio, dónde le pongo La Patria”?
Respuesta de velocidad:
“Por encima de los partidos”…
Enemigo de las ruedas de prensa
Juan Zuleta Ferrer –legendario director de El Colombiano— le prohibía a sus redactores que participaran en ruedas de prensa. Tampoco permitía que en su diario se publicaran resúmenes de este género periodístico, tan venido a menos en el tercer milenio. La oposición a tales rondas tenía una sola explicación: al doctor Zuleta le desagradaba el material compartido con otros medios de prensa. Sn embargo, su redactor José Absalón Duque asistía de contrabando a las dichosas ruedas, como mudo testigo, y después de que ya había salido el último colega, le caía solo, al personaje, para sacarle la noticia grande que destacaba el periódico de los Gómez Martinez, al día siguiente, en primera plana.
No estrechaba manos ajenas
El recordado locutor paisa Baltasar Botero no saludaba de mano a la gente por temor a algún contagio. La manía se le convirtió en obsesión. Y con el paso del tiempo la trasladó también a los vasos. El mismo los lavaba dos y tres veces, antes de utilizarlos. Si lo invitaban a comer en casa ajena, llevaba sus propios cubiertos y su servilleta de confianza.
Tres señores irrumpieron alguna vez en el estudio de la desaparecida Voz de Antioquia, donde hacía su programa “Pase la tarde”, a proponerle una campaña radial.
Al ser informado por su asistente que los inesperados visitantes querían hablar con él, antes de salir de cabina, tomó en una mano el robusto directorio telefónico de las páginas amarillas y en la otra el voluminoso directorio de las páginas blancas. Provisto de semejantes “guantes” tan exóticos, don Baltasar les preguntó a los clientes:
¿”En qué les puedo servir, caballeros”?
