24 de abril de 2024

Los “Cadapuedarios” en la prensa colombiana

Por Tomás Nieto
10 de julio de 2015
Por Tomás Nieto
10 de julio de 2015

el campanario

El ninguneado segmento de los llamados “Cadapuedarios” representa en el periodismo criollo al  estrato más bajo de la desigual familia editorial colombiana.

Debido a su pobreza absoluta, el modesto medio alternativo siempre tiene por encima a sus parientes más encopetados: los diarios, los semanarios, los quincenarios y hasta los anuarios.

Fundado originalmente como con pretensiones hebdomadales o quincenales, la raquítica pauta publicitaria y la carencia de recursos lo obligan a convertirse inicialmente en publicación mensual, mientras se van agotando los magros ahorros del iluso impresor independiente.

Cuando las angustias empeoran, el panorama se pone mucho más crítico, por la anemia que lo acompaña desde su primera edición y pasa irremediablemente a la triste condición de publicación trimestral.

Mientras sus parientes de estrato seis –que jamás lo determinan— viven en medio de la opulencia, él sobrevive en la peor de las penurias, representando en la vida real en la caricatura de “El Hocicón”, de Pelotillehué, la imaginaria ciudad de “Condorito”, que se precia de ser “un periódico pobre, pero honrado”.

El editor pobre trata de ponerle una cara amable a sus vicisitudes y hace un chiste de su drama. Dice que le gustaría haber sido torero para recibir “hartos avisos”.

Guasones que se divierten con el dolor ajeno le cambian el nombre a su periodiquito. Lo llaman “El Cadapuedario” porque aparece cuando puede, si su dueño logra completar el dinero para retirar de la imprenta la edición rezagada que es, ni más ni menos, un parto con dolor. El dueño de la editorial lo ve tan mal de avisos que no le da crédito. Teme que “esa platica se le embolate”.

Episodios como estos se dan silvestres en muchas provincias colombianas, en las que sobreviven de milagro algunos quijotes que practican la prensa alternativa.

Tolón Tilín

La pequeña historia de “Los Cadapuedarios” es la de una prensa modesta, hecha con gotas de tinta y de sangre, sudor y lágrimas.

Entre tanto, tienen mucho éxito económico, en distintas ciudades, unas repugnantes publicaciones dedicadas a la vulgaridad y la chabacanería, que combinan sin ruborizarse la crónica roja y el sexo barato. ¡No hay derecho!