27 de octubre de 2021
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Un periodista con vocación política y alma de poeta

16 de noviembre de 2010
16 de noviembre de 2010

augusto leon restrepo

Admirado, las observaba cuando cruzaban, con los cuadernos en la mano, por la acera del Palacio Arzobispal. Les dirigía entonces una mirada donde se confundía la admiración por la belleza femenina con el deseo de besar unos labios de durazno. Andaba por ahí en sus 18 años. Pero, enamorado como era, tenía la inspiración para escribir un poema donde hablaba sobre la voluptuosidad de un cuerpo de mujer, o sobre el cimbrear cadencioso de unas caderas, o sobre la redondez de unos senos que semejaban naranjas maduras, o sobre un cabello rubio que caía como montaña sobre unos hombros de nácar.

Sus cómplices de aventuras literarias eran sus primos William Ramírez Tobón, hoy reconocido politólogo, y Mario Francisco Restrepo, un escritor que por allá en 1956 obtuvo el premio de cuento Agripina Montes del Valle que se otorgaba en Salamina. A ellos les mostraba los versos que entonces escribía. Como lo hizo cuando le dedicó un poema a una muchacha de nombre Gloria que terminó en manos de un amigo suyo que luego se casó con ella. Era un poema de adolescencia. Se lo regaló sin pensar que la tal Gloria de quien le hablaba el amigo era la misma muchacha de sonrisa con sabor a madrugada en quien se había inspirado una tarde cuando la vio salir del colegio. “La enamoró con mi poema”, dice mientras hojea su libro “Eros”, un poemario de corte erótico que ya va por la segunda edición. “En cambio yo no pude conquistarla”, agrega con nostalgia.

Augusto León Restrepo Ramírez abandonó Anserma en febrero de 1952. Con su papá, Agustín Restrepo, un funcionario de la Contraloría Departamental que también “cometió” versos, se hospedó en una casa grande, de estilo republicano, de paredes amarillas, que quedaba por los lados de la Iglesia La Valvanera. Allí vivía su tío José Ramírez Parra, que fue Representante a la Cámara. Para llegar a Manizales le tocó montarse en un bus que salió del Parque Jorge Robledo a las seis de la mañana. Mientras miraba por la ventanilla los árboles cargados de café que se levantaban sobre las laderas, las vacas que pastaban en las mangas vecinas y las casas pintadas de rojo que se asomaban al borde de la carretera recordaba los amigos de la escuela Mariscal Sucre donde cursó tres años de primaria, a la tía Inés que le enseñó las primeras letras y esa casa de la Plaza Ospina donde vino al mundo el 22 de abril de 1941.

Su encuentro con la ciudad despertó en el adolescente inquietudes diversas. Su papá lo matriculó, entonces, en el Colegio Nuestra Señora, sección primaria. Ese patio grande, despejado, con un cielo siempre azul al fondo, le abrió nuevos horizontes. Mirando hacia los lados descubrió, en el otro extremo, a Mario de la Calle Lombana. Como él, era también un joven inquieto que le gustaba indagar sobre el por qué de las cosas. Fue cuando le presentó a quienes eran sus compañeros. Una tarde, después de las seis, cuando jugaba básquetbol, tropezó en ese mismo patio con un muchacho delgado, de mirada inquieta, que había llegado de Viterbo. Hablaron unas cuantas palabras y, antes de irse al dormitorio, ya eran amigos. Era Nelson Hincapié. Formaron entonces, con José Wagenberg y Jorge Eduardo González, una barra de estudiantes que le permitió acercarse a muchas niñas bonitas.

En la Universidad de Caldas Augusto León Restrepo acrecentó su inquietud mental. Y, desde luego, su pasión por la política. Desde el primer semestre formó parte de las tertulias literarias que en Manizales mantenían hombres de letras como Arturo Gómez Jaramillo, Javier Arias Ramírez, Fernando Mejía Mejía, Jorge Santander Arias, Hernando Salazar Patiño y Samuel Ocampo Trujillo. Antes, en su casa, había descubierto a Neruda. Se lo enseñó su padre. Y en “Los versos del capitán” abrevó palabras que enriquecieron su léxico. Pero también leyó “Sombra de las muchachas”, de Eduardo Carranza. Un verso: “Olía a cielo, a ella, a poesía”, lo impresionó. Como lo  impresionó también ese “Teresa en cuya frente el cielo empieza”. En ese tiempo descubrió a Vallejo y su poesía desolada, a Withman y su dolor consumado, a Baudelaire y su poesía cósmica, a Rimbaud y su acento adolorido. Y se hizo poeta.
    
A la política llegó por convicción. En la universidad se hizo amigo de Omar Yepes Alzate. Fue una época de actividad intelectual. Mientras leía libros de poesía, se interesaba por la actividad política. El primer discurso lo pronunció en la Plaza de Bolívar de Manizales. Fue en una manifestación contra la medida que ordenaba levantar los rieles del Ferrocarril de Caldas. Los estudiantes organizaron una marcha hasta el centro de la ciudad. Y él, ni corto ni perezoso, se le apuntó. Entonces lo convencieron para que hablara. Se vinculó, así, a los comandos juveniles del Partido Conservador. Allí estaban, entre otros, Rodrigo Marín Bernal, Hernando Yepes Arcila, Emilio Echeverri Mejía, Héctor Marín Naranjo, Luis Enrique Giraldo Neira, Omar Yepes Alzate y Luis José Restrepo.

Este hombre que ama la buena vida tuvo, como periodista, un gran privilegio: ser director de La Patria, una posición reservada exclusivamente a los miembros de la familia Restrepo. Su propietario, José Restrepo Restrepo, que había leído una columna que empezó a escribir desde 1974 con el seudónimo de Fray Rodín, lo llamó un día a Bogotá. Le dio los pasajes en avión y, además, lo hospedó en el Hotel Tequendama.  Cuando llegó a su oficina del sexto piso en un edificio del centro de la ciudad lo primero que el patriarca conservador le dijo, fue: “No le voy a ofrecer nada bueno. Quiero que me acompañe en un trabajo arduo: manejar el periódico”. Le ofreció entonces la subdirección. Para este abogado que había publicado, gracias a Beatriz Zuluaga, tres artículos en el periódico con el seudónimo macondiano de Amaranto Babilonio, esto fue una sorpresa. Asumió como tal el 22 de junio de 1976. Casi dos años después, el 17 de abril de 1978, asumió como director.

Lo primero que le advirtió el doctor José Restrepo Restrepo cuando le ofreció la dirección de La Patria fue: “Los periodistas son como las muchachas del servicio: terminan de lavar la loza del desayuno, y ahí mismo tienen que pensar en qué van a hacer de almuerzo. Usted termina el editorial de hoy, e inmediatamente tiene que ponerse a pensar en el de mañana”. Estando como director le surgió la idea de escribir la columna “Puntos suspensivos”, que ahora se publica en este quincenario.
 
Ahí nació el seudónimo Aurelio Lemos Rentería. Su llegada a la subdirección del periódico local obedeció a una información que, sin el consentimiento del Doctor Restrepo, publicó Jaime Ríos Ossa, que le costó el cargo al maestro Ovidio Rincón. A seis columnas, Jaime, que ese domingo fungía como editor, publicó un cable de la agencia France Press con una información sobre una novela donde el escritor Pyrefippe afirmaba que el papa Pablo VI era homosexual. Su publicación originó diferencias con el arzobispo José de Jesús Pimiento, quien prohibió desde el púlpito la lectura del periódico. A Augusto León Restrepo le correspondió enderezar las relaciones del diario con la iglesia.

Este hombre alto de estatura que mientras le cuenta al cronista aspectos de su vida degusta un exquisito whisky en las rocas ha sido gobernador encargado de Caldas, Secretario de Hacienda departamental, Secretario de Gobierno de Manizales, Contralor General del Departamento, Secretario de Gobierno de Caldas, alcalde encargado de Manizales, Vicerrector de la Universidad de Caldas, Asesor Jurídico de la Federación Nacional de Cafeteros, Representante a la Cámara y Asesor de la Procuraduría General de la Nación. Pero, sobre todo, ha sido periodista. Esa es su pasión. Tanto que, para sentirse feliz, necesita escribir, opinar sobre temas nacionales, mantener informado. El olor a tinta fresca de los periódicos le atrae. Pero también el micrófono. Siempre tiene que estar haciendo algo relacionado con el periodismo. En su época de estudiante universitario orientó programas radiales, escribió para periódicos de baja circulación y se vinculó a movimientos de bohemia.

Augusto León Restrepo publicó en 1980 “Las palabras que no tienen coraza”, un poemario con ecos lejanos del peruano César Vallejo, donde dice: “Y de pronto nos miramos larga, profundamente y a los dos el mundo se nos hizo pequeño“. Como Belisario Betancur, que también escribe poesía, cultiva la amistad como una manera de hacerle sentir a los además cuánto los quiere.  En este sentido, es amigo de sus amigos. Ahora no más uno de sus pasatiempos en Bogotá, además de escuchar música, leer libros, visitar museos y asistir a cocteles,  es mantener el diálogo con sus amigos de todos los tiempos. Por ejemplo, al ex gobernador  Oscar Salazar Chávez, su paisano, que lo hizo Secretario de Despacho, lo visita semanalmente en su casa solariega de Chía.

Aprovechan entonces para retomar ese diálogo que han mantenido abierto durante tantos años, matizado siempre de graciosas anécdotas. Como esta que cuenta con orgullo: cuando era director de La Patria se presentó una huelga en la Universidad de Caldas. Los estudiantes apoyaban al rector, Guillermo Arcila. Como La Patria pedía su renuncia, en un pequeño periódico que publicaban los estudiantes de medicina, afirmaron que él era el hijo natural del doctor José Restrepo con su prima Lucelly Ramírez. Cuando le contó al patriarca conservador lo que decían, éste le contestó: “¡Y a usted le disgusta que le digan que es hijo mío! Diga que sí para que le presten platica en los bancos”. Obviamente, la risa fue grande.