23 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Las tragedias que se pueden evitar

25 de noviembre de 2010
25 de noviembre de 2010

Esta emergencia, como la de Armero y las de tantos sectores hoy afectados en Colombia son totalmente controlables y evitables, mientras exista el interés por parte de los administradores estatales para prevenirlas y un programa adecuado de prevención que nos aleje definitivamente de estos episodios.

Cualquier ejemplo que tomemos para su análisis es completamente válido.

Es el caso del rio Sinú en el departamento de Córdoba, que anualmente en la temporada de lluvias, inunda una de las zonas más productivas del país en derivados agropecuarios, arrojando pérdidas cuantiosas a este sector de la economía. Según las denuncias de los afectados, todo nace de la ineficacia de los programas estatales de dragado en su desembocadura, lo que origina el represamiento de las aguas  y sus consecuencias.

En lo relacionado con los desbordamientos del río Magdalena (principal arteria fluvial de Colombia), existe algo similar. Los afectados señalan que los trabajos de dragado en su desembocadura son insuficientes y por esta razón el río se represa.

Hoy, según las estadísticas presentadas por el Socorro Nacional de la Cruz Roja, fácilmente superan el millón de personas damnificadas por la temporada de lluvias que afecta a todo el país.

Caso similar ocurre con los derrumbes de montañas que afectan carreteras y zonas urbanas. La inexistencia o aplicación irregular de un programa de control a la deforestación, mantendrá a los colombianos por muchos años enfrentando estas emergencias desde el momento que aparece la temporada de las lluvias.

Es una historia absolutamente repetitiva a la que no se le ha prestado la atención que requiere por parte de quienes administran a Colombia (ministerios, gobernaciones y alcaldías municipales). Basta con leer un periódico de cualquier año anterior, para darse cuenta que los titulares y las noticias son absolutamente iguales, los focos de la tragedia son iguales y poco o nada se ha hecho para implementar los correctivos. Las variantes se muestran en el incremento de víctimas fatales.

EL CASO DE ARMERO

Después del episodio ocurrido hace 25 años y tras la lectura de textos de la época y testimonios de sobrevivientes, se puede establecer que aunque el deslave de la montaña no se podía controlar por su magnitud, el número de víctimas fatales se había podido reducir notoriamente si se hubiese tomado conciencia exacta del peligro.

Hubo terquedad para tomar una pronta decisión por parte del gobernador del Tolima de ese entonces, quien calificó como una “medida absurda” evacuar el pueblo y amenazó con destituir al alcalde si adoptaba la medida.

(Fragmento tomado del libro “Mis Vivencias”)

“Cuenta el escritor tolimense Eduardo Santa, en una nota escrita como homenaje a su hermana Soledad quien desapareció tras la avalancha del Volcán Arenas del Nevado del Ruíz, que el municipio de Armero estaba regentado por Ramón Antonio Rodríguez, un joven y entusiasta alcalde que preparaba a corto plazo su boda con una joven ibaguereña de nombre Aurora quien fue su novia de toda la vida.

Ese trágico día el alcalde Ramón Antonio Rodríguez no salió de su oficina.

Durante todo el día gestionó con el Gobernador y con el Comité de Emergencias una solución para salvar a sus gobernados de una muerte segura, sin que tuviera respuesta su clamor.

Días después se conoció que al gobernador del Tolima le pareció una idea absurda evacuar Armero y llegó al punto de amenazarlo con su destitución del cargo, en el caso que siguiera obsesionado por sacar a los pobladores del municipio. Un caso similar de amenaza de destitución se hizo con un educador del municipio cercano de El Líbano de nombre Fernando Gallego, quien se dio a la tarea de dictar conferencias a los pobladores de Armero en caso de una emergencia al eruptar el volcán.

Pese a las amenazas del gobierno seccional, el alcalde Rodríguez ordenó a la Policía y a los Bomberos del municipio que iniciaran la evacuación de los habitantes de las riberas del rio Lagunilla. La orden recibida a regañadientes fue cumplida tardíamente por una comisión que nunca regresó, porque cuando se encontraba en el área de la evacuación, miles de toneladas de magma y nieve se desplazaban a gran velocidad por el cauce del río sepultando y arrasando lo que encontraba a su paso.

Eran quizás las 10 y media de la noche y aún había fluido eléctrico en la zona donde se encontraba el despacho del alcalde Ramón Antonio Rodríguez.

En las calles se escuchaban los gritos de la gente y el caer de inmensas piedras sobre la población que perforaron los techos de las casas. Los habitantes de los alrededores de la alcaldía gritaban por el miedo y la desesperación de sentirse atrapados por la gigantesca masa hirviente de lodo que fue cubriendo todos los rincones.

Las pocas personas que sobrevivieron y que se encontraban en la parte céntrica del poblado, no atinan a descifrar aquellos pavorosos momentos.

Los gritos eran tan desgarradores que erizaban la piel. La oscuridad, el olor a azufre y lodo y los quejidos lastimeros de quienes antes de morir en su agonía, le pedían a Dios  que los ayudara, presentaban el más triste y sobrecogedor cuadro que un ser humano se pueda imaginar”.

Este testimonio me hace pensar que la gran mayoría de tragedias se pueden evitar, mientras exista voluntad, disposición y conocimiento por parte de quienes manejan el gobierno.