23 de octubre de 2021
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Jairo Aníbal Niño: constructor de sueños

8 de septiembre de 2010
8 de septiembre de 2010

Constructor de sueños se le podría llamar a este hombre nacido en 1941 en el municipio de Moniquirá, que hizo de la literatura infantil un proyecto de vida. Y, ¡qué proyecto! Porque la suya fue una existencia dedicada a entretener a los niños a través de la creación literaria. En su producción intelectual se destacan  “La alegría de querer”, “Dalia y Zazir”, “Razzgo, Indo y Zaz”, “De las alas caracolí”, “Puro Pueblo”, “Toda la vida” y “Preguntario”, libros admirados por lectores que disfrutan su contenido estético.

Se puede decir, sin caer en exageraciones, que después de Rafael Pombo fue Jairo Aníbal Niño quien mejor interpretó la sicología infantil. Con Fernando Soto Aparicio, Triunfo Arciniegas y Celso Román conformó el cuadro de autores colombianos de literatura infantil con mayor arraigo popular. Todo porque su obra tuvo un destinatario especial: los niños. Y a ellos se entregó con una dedicación admirable. Tanto que podía permanecer sentado dos o tres horas con cuarenta niños a su alrededor, narrándoles historias que despertaban su capacidad de asombro. Se robaba la atención de los menores de edad. Era tanta la fuerza de su palabra que lograba algo imposible: mantenerlos en vilo, escuchándolo como si les hablara un mago que saca de su cubilete números de magia para encantarlos.

¿Por qué trascendió en el contexto latinoamericano el nombre de Jairo Aníbal Niño? Por una sencilla razón: fue el escritor colombiano que mejor interpretó los sueños de los niños. Un autor que se aproximó a ellos con el lenguaje de la ternura. Un hombre con su misma alma que despertó en lo auditorios infantiles, con sus historias fantásticas, la posibilidad de soñar. Jairo Aníbal Niño fue un autor de relatos fantásticos que recreó el universo infantil con su imaginación sorprendente. Sus historias están impregnadas de una poesía elemental, al alcance del entendimiento de los niños. Palabras como viento, aire, río, pájaro, estrella, luna, nube, espejo, sueño hicieron parte de su vocabulario narrativo.

Los niños que asistían a sus conversatorios se apropiaban de sus palabras; en cambio le entregaban sus sueños para que el escritor construyera con ellos historias fantásticas. Sin ser un autor milunanochesco, de esos que toman como modelo las historias de Sherezada, o de Ali Babá y los cuarenta ladrones, o de Simbad el marino, o de Aladino y la lámpara maravillosa, logró ganarse la admiración de los padres de familia que encontraron en sus ficciones una manera de inculcar valores en los hijos a través de la literatura. Su alma de niño con corazón grande le permitió posicionarse como el autor preferido de quienes desde el silencio miran el espacio como buscando una estrella perdida. Con razón dijo sobre él, alguna vez, García Márquez: «Jairo Aníbal Niño es el autor de la infancia, de esas inolvidables vacaciones en el cielo».

La obra literaria de Jairo Aníbal Niño perdurará en el tiempo. Porque siempre habrá padres que quieran leerle a sus hijos cuentos infantiles plenos de ternura, donde el lenguaje es un vaso comunicante para despertar en los niños la admiración por la naturaleza, o el respeto a los mayores, o las normas de convivencia ciudadana. Niño fue un autor que, como Los Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen o Charles Perrault, sembró en las mentes de los niños una imagen pura del mundo. Se podría decir que llenó de colores su cerebro. Sobre todo porque supo, como pocos, contarles historias a la medida de sus sueños. Niño embrujó con su talento creativo la existencia de toda una generación de latinoamericanos.

Hay en las historias de Jairo Aníbal Niño encanto literario. Los padres de familia llegan a sus libros con la convicción de que en sus páginas encontrarán la narración perfecta para explicarles a los hijos la realidad del  mundo. Veamos, nada más, esta sencilla historia narrada por el escritor en un reportaje: “Hace algún tiempo nació un niño en algún lugar del Brasil. Era un negrito. Vino un hada y le dijo: “Este niño tendrá la gracia de la geometría”; otra dijo: “Tendrá la gracia de la poesía”; y otra dijo: “Tendrá la gracia del baile”. Pero vino otra hada, mulata, carioca, linda, caderoncita, miró al niño y dijo: “Este niño tendrá la gracia del fútbol y lo combinará con los otros dones”. El negrito era Pelé. Y fíjate, cuando él se inventaba las jugadas en el campo era la geometría, cuando metía el gol era la poesía, y cuando salía a celebrarlo era el baile”.