27 de octubre de 2021
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El otro Alberto Lleras

12 de septiembre de 2010
12 de septiembre de 2010

Menos aún se entiende que esta faceta se haya conocido mucho tiempo después por decisión del gran Otto Morales Benítez,  uno de los discípulos que más admiró al dos veces Presidente de Colombia, quien lo hizo ministro de Trabajo,  primero, y de Agricultura, después.

Recordando a "Doña Maribucha", uno de los más conocidos personajes creados por el ingenioso Guillermo Díaz Salamanca, habría que decirles a los lectores de Contraplano: "Pásmense, mijos".

Resulta que Lleras Camargo, a la sazón con 20 años, emprendió su dilatada carrera de cargaladrillo con una enjundiosa, almibarada y laudatoria carta dirigida desde Madrid, España, el 5 de junio de 1929, al dueño de El Tiempo, Eduardo Santos Montejo, pidiéndole literalmente el puesto de Jefe de redacción.

Sin recato ninguno le dijo a Santos cuáles podrían ser sus funciones; le anexó un decálogo para los alberto llerasredactores; se ofreció para espantar lagartos; se puso horario y hasta fijó el sueldo al que aspiraba: $400 mensuales.

Lo más sorprendente de esta juvenil audacia liberal fue su capacidad de intriga para criticar a sus colegas (incluido el maestro Germán Arciniegas) y enjuiciar su capacidad periodística, convirtiéndose, de ese modo, en el primer Catón de la prensa colombiana.

Extraño que el ex ministro Morales, quien sentía  veneración por Lleras,  hubiera registrado en su libro sobre los 100 años del enorme estadista bogotano ese capítulo de las cartas que no deja bien parado al ex Presidente, autor de un muy interesante ensayo sobre “Los avivatos colombianos”, aunque él –en aquella época– fue un personaje que golpeó con su audacia, duro, sin piedad y a mansalva, a sus colegas de oficio.

De  las misivas del joven Lleras Camargo a Santos Montejo, elegimos un par de segmentos:

“Mi intención de regresar a El Tiempo ha sido la misma desde el día que salí de allí por última vez. Yo me he hecho allí. Quiero excepcionalmente todo lo que hay dentro y fuera de El Tiempo. Era lógico que todo lo que he aprendido rodando por todas partes, tuviese un epílogo obligado en El Tiempo. Pueda ser que nos resulte esto. De otra manera, me veré obligado a regresar al país de las gentes desagradables, y a continuar mi trabajo de siempre, constante, en bien o en mal de un país que no me interesa ya ni como experimento moderno”… “Pero, noticias sabidas últimamente de mi casa me han decidido a dar este paso de escribirle a usted. Por eso he decidido regresar a Colombia, cuanto antes mejor, y quiero, claro, regresar con algo definido. Con un plan que me sirva a mi personalmente y que pueda servirle a alguien más”.

A renglón seguido, subraya el gran biógrafo de Riosucio: “Viene una propuesta de audaz perspectiva (de Lleras para Santos) sobre lo que debe ser el periódico. Habla como un hombre con conciencia de cómo orientar un diario moderno”. Señala Don Otto que “es de una impresionante claridad y, sus palabras, que son de mucho arrojo –quizá la palabra más justa sería la de atrevimiento— busca tener una autonomía… ella de carácter absolutamente técnica. La política (del diario) la señalaría Santos”.

La apostilla: En la redacción antañona de El Tiempo se decía que  cuando el correo traía carta de Lleras Camargo para el doctor Eduardo Santos, remitida desde Buenos Aires o Madrid, temblaban hasta los porteros del periódico.