El joven Otto Morales Benítez
Por: Albeiro Valencia Llano
El pasado 7 de agosto cumplió 90 años este increíble e incansable plumígrafo. Como un pequeño homenaje quiero rescatar algunos pasajes de su vida en Riosucio (Caldas), buscando algunos elementos que expliquen las razones de su inmensa producción literaria.
Muchos factores intervienen en la formación de un escritor pero ¿cuál fue el ambiente familiar que rodeó al joven Otto en un pueblo remoto de la provincia caldense? Sobre este aspecto sabemos que contó siempre con la influencia cercana y cálida de sus padres don Olimpo y doña Luisa. Su padre fue un hombre de trabajo excepcional. Se inició en medio de una gran pobreza hasta llegar a tener un enorme capital. Fue una persona pobre que trabajó en las minas de oro de Marmato cargando zurrón, o sea el saco de cuero lleno del mineral que arrancan de la mina para moler en el molino.
La casa familiar era el centro de muchas de las actividades que marcaron la vida del niño Otto y sus hermanos, pues allí estaba el acento humano, cultural y político. La circunstancia de haber nacido y vivido durante muchos años en un pueblo, daba más consistencia al grupo familiar. Compartía con sus hermanos, Olimpo, William, Ligia, Omar y Armando. En esa época había pocas posadas y hoteles en Riosucio y la casa de don Olimpo siempre estuvo dispuesta para los viajeros; todas estas personas llegaban para dialogar, comer y dormir. En este ambiente aprendió a relacionarse con las personas mayores y a conversar sobre cualquier asunto.
También llegaban a su casa muchos extranjeros (ingleses, franceses, suecos, holandeses, alemanes y norteamericanos) que visitaban las minas de oro de Riosucio, Supía y Marmato. Estos personajes hablaban sobre sus países, formas de gobierno, religión y costumbres, y a don Olimpo y su familia se les ensanchaba el mundo. Mientras tanto el sacerdote predicaba que los visitantes extranjeros eran herejes, pues no pertenecían a la iglesia católica, y el niño Otto entraba en contradicción porque comprendía que había otras religiones, diferentes maneras de concebir la vida, otras culturas. Pero a cambio iba recibiendo un caudal de información que los demás no podían apreciar porque miraban con sospecha a dichos extranjeros.
Desde muy niño participaba de la vida cotidiana en Riosucio y la oficina de su padre, situada en el primer piso de la casa, se convirtió en la mejor escuela, pues por allí pasaban personajes de diferente condición social, económica y cultural. Encaramado en uno bultos de café, escuchaba innumerables conversaciones llenas de colorido. Los arrieros que llegaban con sus recuas cargadas de café y cueros, siempre traían buenas noticias. También llegaban los campesinos con sus conversaciones sobre la cosecha de café, sobre las semillas, el ganado y el clima. Hacían presencia permanente los mineros pobres, que trabajaban como barequeros y los dueños de minas.
La carcajada ottoniana
Cuando uno piensa en el ambiente que se desarrollaba en la oficina o depósito (compra de café y pieles) de don Olimpo Morales, en los numerosos personajes que cotidianamente pasaban por dicho establecimiento y en la algarabía que armaban, entre otros, los arrieros y mineros, se puede concluir que allí nació la estruendosa carcajada de Otto Morales Benítez. Estos personajes que producían asombro por sus narraciones, por los adjetivos violentos, por las hazañas exageradas, por la novedad en su lenguaje, seguramente impresionaron al niño Otto quien escuchaba atentamente, escondido entre los bultos de café y los fardos de cueros.
Seguramente en esta escuela de la vida se fue formando ese ameno conversador, de risa fácil, que se precipita como una cascada, en estruendosa y descomunal carcajada. Posiblemente las tertulias en la oficina de su padre lo formaron para que confiara en los demás, e imprimieron en su carácter el permanente entusiasmo, le transmitieron la alegría de vivir, y le infundieron el desbordante optimismo.
Primeros años de estudio y de formación
De niño estudió en la escuela pública de su pueblo, por ello no entendía de élites, ni de catas, ni de privilegios. La formación escolar se complementaba con los frecuentes viajes que hacía acompañando a su padre para realizar transacciones comerciales.
Otros personajes que lograban atraer la atención del niño, que conseguían conmover su espíritu, eran los voceadores que se movían por las calles y parques que iban transmitiendo a través de una bocina, las noticias de lo que sucedía en la política, en los espectáculos públicos, y en la vida cotidiana. Cuando Otto Morales recuerda estos personajes que lo inquietaron de niño, destaca la necesidad de reconstruir ese mundo de fantasía y de terror. Otro aspecto de trascendental importancia para moldear la personalidad del niño fue el Carnaval de Riosucio, la fuerza de la cultura popular riosuceña. El Carnaval tiene un período largo de preparación: durante varios años se excita la opinión con decretos, en verso, que se leen semanalmente. Después se crea la República Carnavalesca, con su propia constitución, leyes y reglas. Finalmente el Carnaval está presidido por el Diablo, que hace su entrada al pueblo en medio de espectaculares manifestaciones populares.
Otros hechos enriquecieron la vida cultural de Otto Morales. Su padre recibía paquetes con periódicos y revistas que llegaban de Medellín, de Manizales y de Bogotá. La familia se turnaba para la lectura y las crónicas y noticias eran devoradas con velocidad y deleite. Nada escapaba al análisis: ni los editoriales, ni los textos literarios. Pero, además, en Riosucio había periódicos locales. En sus páginas se planteaba el triunfo del socialismo y se escribía “sobre lo divino y lo humano”. También existía la tradición de la hoja volante, donde se cuenta lo que nadie se atrevía a comentar en los semanarios.
Eran comunes los silleteros de los libros; el joven Otto los conoció muy bien pues dialogó con ellos, durante muchas horas, en torno de las obras que llevaban y de su contenido y al respecto anotó que con el tiempo se dio cuenta de que no conocían exactamente el alcance de su mercancía pero poseían la intuición de lo que la gente deseaba, hacia dónde se inclinaba la predilección de los lectores.
Inmerso en esa localidad, tan rica culturalmente terminó sus estudios en la escuela pública de varones e ingresó al colegio oficial, en 1933, para iniciar sus estudios de bachillerato. Estimulado por el ejemplo de su padre, quien dirigía el partido liberal, organizó el grupo la “Guardia Roja” con sus compañeros liberales del colegio. Con el ímpetu y la fogosidad de sus 14 años recorrieron veredas, caseríos y corregimientos, levantaron el censo político, organizaron a los campesinos y explicaron el proceso de la “Revolución en Marcha”. Esto sucedía en un municipio de mayorías políticas conservadoras.
Pero el joven Otto tenía una amplia visión del mundo y las montañas de Riosucio no frenaban sus deseos de acercarse más a la educación y a la cultura, a otras bibliotecas y educadores. Los jóvenes de provincia estudiaban en Bogotá, Medellín y Popayán, por ello seleccionó a esta última población para continuar sus estudios secundarios. Había culminado la primera etapa de su formación.