8 de agosto de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Tasar-tazar; írrito-irrisorio; huero-güero; challenge

20 de julio de 2010
20 de julio de 2010

La primera acepción que conocí del verbo ‘tasar’ es la tercera que le asigna El Diccionario: “Restringir el uso de algo por prudencia o tacañería”. Recuerdo que mi papá le decía a mi mamá en la época de vacaciones en la finca: “Mija, hay que tasar la carne para que dure toda la semana”. Esta advertencia, fruto de la prudencia que menciona El Diccionario, se debía a que en aquel entonces sólo se mercaba los sábados, cuando la gente del campo iba al pueblo. Es cierto que en las fincas había mucha carne, pero todavía ‘en pie’, pastando a ratos y a ratos rumiando lo que había ingerido. Con ese mismo significado o, quizás más apropiadamente, con el de ‘medir’, empleó el doctor César Montoya Ocampo el verbo ‘tasar’, pero con tan mala suerte que, en lugar de la ‘ese’, le chantó una ‘zeta’. Así garrapateó: “…y finalmente un juicio oral con un írrito espacio para la defensa, tazado avaramente por los jueces” (LA PATRIA, VII-1-10). El verbo ‘tazar’ es castizo, pero con este significado: “Estropear la ropa con el uso, principalmente a causa del roce, por los dobleces y bajos”. Acepción que, evidentemente, no es la que quiso expresar el escribidor. Más todavía: en el mismo texto habla de un “espacio írrito”. Me parece que aquí confundió “a mamá Ramona con la marrana mona”, a saber, ‘írrito’ con ‘irrisorio’. En efecto, el primer adjetivo, en Derecho, quiere decir “inválido, nulo, sin fuerza ni obligación” (El Diccionario). El segundo, el que debió emplear en su frase, significa, en su segunda acepción, “insignificante por pequeño” (ibídem). Su significado primario es: “Que mueve a risa y burla”. Como la primera acepción de ‘tasar’ es, según la misma fuente: “Fijar oficialmente el precio máximo o mínimo para una mercancía”.

‘Tazar’ e ‘írrito’, voces castizas, sin duda, pero fuera de lugar, no sé por qué razón, si descuido, pereza, o ignorancia. Cualquiera que fuere, inaceptable.**

Otro vocablo muy escuchado en aquella remotísima época era el adjetivo ‘huero’, que las señoras pronunciaban ‘güero’, calificativo que les aplicaban a los huevos malogrados, especialmente a aquellos que no se volvían pollitos después de incubados. De allí el verbo ‘engüerar’, desconocido inexplicablemente para el académico escritor Daniel Samper Pizano, quien esto escribió: “El verbo engüerar’ (usado por el Presidente) no figura en el diccionario académico, pero un filólogo de blog, Uldarico Uricoechea,  averiguó que corresponde a los huevos vacíos o malogrados” (El Tiempo, VII-4-10). El señor Samper se dejó embolatar por la pronunciación popular, castiza también,  de un verbo que sí está en los diccionarios, a saber, ‘enhuerar’, que significa “ponerse huero”. Y de este adjetivo dice: “Vano, vacío y sin sustancia”, como muchos escritos periodísticos. Con él se califican también las cosas malogradas. Digo que la pronunciación ‘engüerar’ es castiza, porque el adjetivo ‘güero’ llegó al castellano antes que ‘huero’. De este adjetivo anota Juan Corominas: “(Huevo) que por no estar fecundado o por cualquier otra causa se pierde en la incubación. 1734; antes ‘güero’, 1495”. Muy lógico, además, porque el verbo correspondiente es ‘engorar’ (sinónimo de ‘enhuerar’), irregular, que se conjuga como ‘contar’. Hay que pedirles a todos los santos que no lo dejen ver de algún académico de nuestro idioma, porque, si llegare a verlo,  ahí mismo lo priva de su bella naturaleza de irregular. ¡Casos se han visto!**

Sancho Panza lo enunciaba de esta manera: “La ocasión, asilla por el copete”. Nosotros, así: “A la ocasión la pintan calva” o, simplemente, “La ocasión es calva”. De cualquier manera enunciado, el refrán quiere decir que las oportunidades no se pueden desaprovechar. Que es lo que les aconsejo a los cronistas y comentaristas deportivos con la oportunidad que se les presenta ahora de consagrar los términos ‘reto’, ‘desafío’ o ‘impugnación’ (y sus verbos respectivos), el que se considere más adecuado, y no repetir el vocablo inglés ‘challenge’. Los desatinos mayúsculos que cometieron los árbitros de los partidos durante el mundial de fútbol en África, y que perjudicaron ostensiblemente a determinados equipos, movieron a muchos a pedir la implantación de ayudas electrónicas para los jueces. El columnista deportivo, Mario César Otálvaro, escribió: “…poniendo como ejemplo el tenis, que implantó los challenges para los grandes torneos mundiales” (LA PATRIA, Línea de juego, VII-4-10). ¿Por qué no, don Mario César, aprovechar esta oportunidad para, de una vez, consagrar la palabra que en castellano expresa la idea que manifiesta el vocablo inglés? Es bien sabido que el castellano (o español, como lo llaman ahora) se está extendiendo a pasos agigantados, y son muchos los terrícolas que lo están escogiendo como su segundo idioma. Es, pues, la oportunidad de darle la importancia que otros le dan y que nosotros le negamos. Es como la oportunidad que se está desperdiciando para imponer el giro español que representa lo que el inglés ‘call center’. ¡No hay derecho!