16 de agosto de 2022
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El legado de Uribe

8 de julio de 2010
8 de julio de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezNo serán los tiempos actuales, cargados de sectarismos y de odios políticos, los que den un veredicto justo sobre el presidente Álvaro Uribe Vélez. La Historia verdadera, la que permite definir con nitidez la imagen de una época o de un personaje, solo se decanta después de largos años.

Siendo uno de los presidentes más controvertidos de la historia colombiana, su gobierno ha estado sometido, a veces bajo el impulso de ciegas pasiones, a diatribas, injurias, falsedades y toda suerte de ataques exaltados, cuando no agresivos. Zaherir la dignidad de su investidura y de su persona se volvió una moda nacional. Cuando un país (hablemos más bien de una masa de la opinión pública) llega a tales extremos, es porque algo grave le está sucediendo a la sociedad. 

Pero por encima de torpes y apasionadas ofensivas, está el sano sentir de la inmensa mayoría de los colombianos. Pocos presidentes terminan su función –en este caso tras ocho años de infatigable y digno desempeño– con más del 80 por ciento de popularidad. Si así se expresa el país, es porque la excelencia no admite duda. Este dictamen no es de última hora, sino que ha sido la nota constante, con ligeros altibajos, a lo largo de todo el mandato.

Resulta irónico que mientras algunos ciudadanos vienen dedicados a censurar al Presidente, imputándole cuanto entuerto sea dado enrostrarle, otros países ponderan y envidian los éxitos logrados por Colombia. Este voto sale lo mismo de pequeñas que de grandes naciones, y esto lo saben los detractores que en el propio suelo colombiano se empeñan en sostener lo contrario. 

Hace apenas pocos días, The Washington Post calificó a Uribe “como uno de los presidentes más exitosos de Latinoamérica, que levantó la economía, fortaleció al Ejército y aplastó a las Farc. Y que, al aceptar la sentencia de la Corte sobre el no a la tercera reelección, deja tras de sí un sistema democrático sólido”.

Cuando Uribe asumió el poder hace ocho años, Colombia estaba al borde de la hecatombe (palabra suya muy apreciada), con la inseguridad pública adueñada de todo el país, las carreteras tomadas por las guerrillas, la economía postrada, el prestigio internacional deteriorado, y como si esto fuera poco, con las Farc a punto de apoderarse del Gobierno. Habíamos perdido la fe en las autoridades, y con ella, la esperanza. No puede haber nada peor para la democracia que un país desesperanzado. De la desesperanza a la desesperación hay corto trecho.

Y llegó un líder decidido a salvar a Colombia de la hecatombe, con la mira muy clara sobre la ruta que debía seguir. No le temblaron la voz ni el pulso para poner contra la pared a los subversivos, medida prioritaria –e inaplazable– que era preciso acometer para rescatar el territorio nacional y devolver la confianza a los colombianos. Sus acciones, a partir del propio día de su posesión, fueron no solo fulminantes e intrépidas, sino certeras y contundentes. Operaciones milimétricas como Fénix, Jaque y Camaleón (esta última realizada en postrimerías del mandato) demuestran hasta qué punto llegaron el profesionalismo y la firmeza militares que se habían dejado debilitar.

El rescate de prisioneros, la captura y deserción de guerrilleros, el cerco y atrofia de los mandos subversivos –cada vez más apocados– son clara demostración de que la guerra está llegando a su final. “Su tiempo se ha agotado”, advirtió Santos a los subversivos: el presidente electo y continuador de la política de seguridad democrática. De 16.000 o 18.000 guerrilleros que existían en 2002, se ha pasado a 6.000 u 8.000 en la actualidad.

Sin embargo, la fiera sigue viva. Busca cualquier descuido, vacilación o debilidad para recuperar el terreno. De hecho, ya se ha visto un resurgimiento guerrillero en algunas partes del país. No se puede bajar la guardia. Las bases están puestas por el gobierno de Uribe para que su sucesor continúe la tarea. Lo cierto es que el país respira hoy con mucha mayor tranquilidad que hace ocho años, cuando llegó un Presidente providencial que habló claro y con valentía, quiso la paz y extenuó a la guerrilla.

Se equivocó en algunos aspectos, pero nunca obró de mala fe. Ejerció actos claros y enérgicos, a la par que prudentes y reflexivos, ante países hermanos que le declararon hostilidades por el solo hecho de defender nuestra soberanía. Hoy, el ambiente es propicio para que las relaciones se restablezcan en el futuro inmediato. Por otra parte, se mantuvo en permanente contacto con el país a través de los consejos comunitarios, donde escuchaba quejas y resolvía necesidades.

Fue un Presidente sin fatiga ni descanso. Tal vez esto lo llevó en ocasiones a la excitación y a las salidas de tono. Su imagen impactó al mundo. Por encima de todo, estaban para él la salud de la patria y el bienestar de los colombianos. Juan Manuel Santos tendrá que buscar, por supuesto, correctivos para algunas fallas, y marcar otro estilo. Gobernar no solo es acertar: también lo es equivocarse, pero reconociendo y enmendando los errores. 

Uribe entra a la galería de los grandes presidentes de Colombia. Su liderazgo es incuestionable. Y su legado, trascendental para todos los tiempos.