21 de julio de 2024

La primera vez que Juvenal Bustamante hizo el amor con Rosalinda Pinzón (2)

15 de mayo de 2024
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
15 de mayo de 2024

El cielo estaba iluminado por un sol que caía fuerte sobre la piedra donde Juvenal y Rosalinda protagonizaban un concierto de caricias. Pensando que alguien podría verlos, decidieron buscar un lugar más íntimo para disfrutar la pasión que como un animal salvaje los asaltaba. Escogieron un pequeño montículo de pasto verde cubierto por la sombra de un naranjo. Una vez allí, se tiraron al suelo. Sólo se escuchaba el ruido del agua al deslizarse por su lecho de piedras, el sonido del viento que por momentos mecía las hojas de los árboles, el canto de los pájaros que salía de entre la arboleda. Rosalinda se extendió sobre el césped. Sintió en su espalda el frío del pasto al hacer contacto con la blusa. Como los filamentos de la hierba herían su piel al rozar con la prenda de vestir, Juvenal se quitó la camisa. La extendió en el suelo para que ella se protegiera y, ayudándola para que se organizara, se tiró a su lado para contemplar ese cuerpo que le despertaba su instinto varonil. La vio ahí, tendida, como indefensa, ardiente en pasión, esperando los labios que removieran el musgo de su feminidad, anhelando sentir sobre su cuerpo el peso de otro cuerpo encendido de ternura, sintiendo hervir en su sangre el toro ardiente de la pasión. Ella miró su torso desnudo y comprobó que no obstante sus cincuenta y ocho años de edad Juvenal Bustamante se conservaba atlético. Dirigió la mirada más abajo, y vio su estómago plano, sin los excesos de la gordura, firme en su cuerpo. Luego puso sus ojos más abajo del ombligo. Entonces vio, asombrada, que el hombre estaba izando carpa, con su miembro viril erecto, como amenazando con salirse del pantalón.

Rosalinda terminó de desvestirse. Cuando lo hizo, Juvenal admiró esa cintura delgada que parecía moldeada por un artista plástico. La doblegó sobre el lecho verde, y empezó a deslizar sus manos por todo ese cuerpo maravilloso que le inspiraba ternura. Las pasó por el vello suave de su sexo, las deslizó por los muslos excitados, las llevó hasta las rodillas, las condujo por sus plantas delicadas, las bajó hasta la punta de los dedos y, luego, en un recorrido minucioso, las subió lentamente hasta los senos y siguió para arriba hasta llegar al cuello, produciéndole un cosquilleo que la hacía estremecer. Cuando puso la yema de los dedos sobre los labios, Rosalinda lanzó un suspiro apasionado y, abrazándose a su cuello, exhaló un lamento tenue que retumbó en el oído de Juvenal. Entonces el hombre la besó con fascinación en el cuello, en la boca, en los labios, en la frente y en los ojos. Le quitó el moño que sostenía la cola de caballo, y el pelo se desparramó por su cara, dándole una imagen de diosa. Ella empezó a vencer el temor de acariciarle su miembro y, en un acto supremo de excitación, le metió la mano entre el pantalón. Lo que palpó la dejó asustada. Para convencerse de que era verdad el tamaño de lo que tenía en la mano le bajó el cierre y, con cautela, le sacó el asta. Al mirárselo, un gesto de incredulidad llenó su rostro. “Jamás había visto una cosa de estas”, le dijo en forma de susurro.

Juvenal Bustamante se extasió sobre la geografía de ese cuerpo nimbado de aromas. Se sintió más vivo que nunca, orgulloso de su virilidad, con la juventud para hacer feliz a Rosalinda. Se convenció de que todavía no había perdido la magia para hacer el amor, ni los ímpetus sexuales, ni el deseo de poseer una mujer. Cuando se quitó el pantalón, ella lo recibió sobre su cuerpo con las piernas abiertas, jadeante, el nido del sexo en llamas, como esperando el momento supremo. Juvenal la penetró suavemente, como consintiéndola, haciéndole saber que estaba ahí, sobre la colina iluminada de su sexo, para hacerla vibrar de emoción. Al alcanzar, media hora después, el excelso momento del gozo, se sintió realizado como hombre. Quiso prolongar el instante, hacerle beber las mieles de la realización plena, bañarla con el almíbar dulce de su saliva, quemarla con el fuego que ardía en su asta viril. Prolongó entonces el éxtasis de los cuerpos. Saboreó con pasión la manzana de su boca, bebió de nuevo el néctar de sus besos, palpó con sus manos la esfera de sus glúteos y, en el instante final, se dejó desmayar, cansado, sobre el arco iris de su sexo aún caliente. Rosalinda sintió que el mundo se le acababa, que la energía se le agotaba, que la vida le brillaba. En el instante del estallido triunfal, se olvidó de que el mundo existía. Por primera vez en su vida se sintió plena, realizada como mujer, exultante de felicidad. Había logrado el orgasmo que tanto soñaba.