21 de julio de 2024

La primera vez que Juvenal Bustamante hizo el amor con Rosalinda Pinzón (1)

8 de mayo de 2024
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
8 de mayo de 2024

Capitulo 23 de la novela

San Rafael de los vientos

Habían acordado volverse a ver ocho días después en el mismo sitio: el charco del Guarango. Lo escogieron para no despertar las habladurías de la gente si de pronto los veían en un sitio público. Rosalinda sabía que él era un hombre prohibido porque tenía una relación con otra mujer. Aunque sabía que no era casado, no quería despertar los celos de una persona que no conocía. Juvenal ignoraba todavía quién era en realidad esa mujer que tenía una voz tan suave que parecía el trino de un pájaro, el donaire de una princesa, la frescura en la piel de una muchacha de quince años y un cuerpo voluptuoso que inspiraba piropos dulces en los hombres. Lo único que sabía era que se llamaba Rosalinda Pinzón. Lo demás era un misterio. Ni siquiera cuando quiso preguntarle quién era pudo darse cuenta qué hacía ni de dónde había venido. Todo porque ese sábado, cuando subió a la plaza después de haber dejado a su mujer esperando a que fuera atendida en el hospital, la rasca que tenía Serafín Acosta, el arriero, le impidió saber más. Sin Bustamante preguntárselo, el hombre le dijo que estaba preocupado por la presencia de la mujer que había salido detrás de él cuando abandonó el Bambi. Pero no le dio más detalles. Los aguardientes que tenía encima no le permitían mantenerse firme. Juvenal Bustamante se resignó entonces a regresarse al hospital sin cumplir su objetivo de saber quién era Rosalinda, de dónde había llegado y qué la había llevado a seguir sus pasos hasta encontrarlo bañándose en el Guarango.

Eran grandes las dudas que asaltaban a Juvenal Bustamante. Aunque ese sábado hablaron casi tres horas, lo hicieron sobre temas ajenos a lo personal. Ella nunca le preguntó si era casado. Ensimismado ante tanta belleza, él tampoco alcanzó a preguntarle de dónde venía, ni qué hacía. Simplemente se dedicaron a disfrutar del diálogo. Hablaron de la crueldad con que los paramilitares habían asesinado a quienes pensaban diferente, del inicio de los diálogos entre guerrilla y gobierno para buscar la paz y de cómo algunos mandatarios latinoamericanos cambiaban la constitución para perpetuarse en el poder. Juvenal le comentó que los paramilitares intentaron matarlo porque los criticó por disponer de la vida de los seres humanos. Rosalinda lo sorprendía a cada instante con sus conocimientos sobre política internacional. Tanto, que antes de darle un beso en los labios que ella le ofrecía cuando se le acercaba para decirle algo, él le dijo tomándole la cara con las dos manos: “Es difícil encontrar una mujer que además de bella sea inteligente”. Rosalinda se sintió halagada. Respondiendo a sus caricias con un beso apasionado, le dijo: “La mujer debe cultivar su cerebro leyendo sobre lo que ocurre en el mundo. No puede ser indiferente a los procesos sociales que se viven en todas partes. Un cerebro vacío no tiene espacio en los debates públicos”.

La vio llegar vestida con un bluyín que resaltaba su cuerpo espléndido. Traía el cabello amarrado atrás en cola de caballo, el rostro con un ligero rubor en las mejillas, los ojos pintados con una sombra suave que los hacía refulgentes. Los párpados cubiertos de un azul celeste le daban luminosidad a su mirada, y las pestañas encorvadas hacia arriba como haciéndole sombra a unas cejas grandes resaltaban su feminidad. Una blusa con un marcado escote dejaba ver unos senos turgentes, como naranjas frescas listas para ser degustadas. Un cinturón rojo de hebilla grande, que le daba la vuelta a la cintura atravesando los pasadores del pantalón, mostraba las líneas perfectas de su abdomen plano. Las piernas, bien torneadas, se veían seductoras con ese bluyín apretado que enseñaba unos glúteos de redondeces exquisitas. La sonrisa, que afloraba como expresión de alegría, iluminaba su cara de tez suave donde el tiempo no había producido estragos. A sus cuarenta y dos años, Rosalinda era una mujer conservada que sabía cuidarse para verse hermosa. Juvenal Bustamante la siguió con la mirada desde el momento mismo en que la vio caminando por entre las heliconias que bordeaban el camino de piedras grises que conducía hasta la roca grande donde estaba sentado, esperándola. Vio su cuerpo escultural como mecido por el viento, vio su cara de luna bañada por el sol de las tres de la tarde, vio sus labios de cereza iluminados por una sonrisa fresca, vio sus manos de aurora jugando con el aire y vio, al acercarse, una diosa coronada que le sonreía desde la distancia, nimbada de una luz que resplandecía en su mirada alegre.

Juvenal Bustamante se quedó inmóvil cuando Rosalinda se le acercó, los brazos abiertos para darle un abrazo, los labios preparados para recibir el beso, la mirada brillando por una alegría inmensa. Por un instante cerró los ojos. No podía creer que tanta belleza estuviera ahí, al alcance de su mano, ofreciéndosele. Al abrirlos de nuevo, sintió sobre su cara una mano que lo acariciaba deteniéndose en los labios. La tomó entre la suya y, apretándola, la llevó hasta su boca para darle un beso largo. Luego la miró fijamente a los ojos, como queriendo decirle que tenía mucha pasión para darle. Ella le respondió con una mirada donde parecía encenderse una llama que le quemaba el corazón. Sin decirse nada, dejando que el viento que silbaba desde arriba los arrullara, se fundieron en un beso eterno. No se dieron cuenta en qué momento una paloma blanca se sentó sobre la piedra para mirarlos como embrujada por la escena. Cuando dejaron de besarse, la paloma voló hacía el cielo, rozándolos con sus alas. Se estrecharon las manos con fuerza y, recostándose sobre la piedra, sintieron los rayos del sol que les quemaba la piel, sintieron el murmullo del agua como una música secreta que los bañaba, sintieron el silbido del viento ahogándose en la corriente, sintieron el silencio de la tarde caer sobre sus cuerpos y, finalmente, sintieron correr por su sangre como un río desbordado las corrientes eléctricas del deseo.

Continúa la próxima semana