9 de febrero de 2023
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Meras sandeces

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
21 de enero de 2023
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
21 de enero de 2023

Dijo Simon Leys que la literatura es “una enfermedad, una alegría… una obsesión, un estado de gracia, una pasión”, no obstante, o tal vez precisamente por ello, escribió también que si se es capaz de vivir sin escribir, no se debe escribir: “¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis a llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto”. Nada realmente bello o trascendente se extravía, o su extravío es apenas temporal.

Obsesionado con la historia del naufragio del Batavia, recogió y guardó con celo información e imaginó el relato, hasta que, tal como lo presentía, alguien se le anticipó: “llegó Mike Dash. Con su Batavia’s Graveyard (Weidenfeld & Nicolson, Londres), … dio en la diana, y no me queda ya nada que decir”; entonces, como un caballero, escribió lo que apenas pretendió ser la reseña de un libro y así lo declaró: “ahora al publicar las pocas páginas que siguen, mi único deseo es que ellas puedan inspiraros el deseo de leer su libro”. Es tan formidable sin embargo la reseña que uno olvida su motivo. Leys, sin aguantarse, se sumergió en la narración del suceso y dio cuenta pronto del naufragio para llegar a lo que consideraba más complejo e importante: el misterio que entraña la frialdad y aparente sinrazón de la masacre que Cornelisz, contramaestre del barco, llevó a cabo asesinando a la mayoría de los sobrevivientes. Algo tan aparentemente sin sentido debe tener una razón, supuso Leys, conjeturó que no es posible una situación tan desbordada y odiosa sin que exista un motivo.

Un hecho permite acrecentar el misterio del Batavia: la relación entre Cornelisz y el pintor Jan Simonsz van de Beeck, quien se hacía llamar y firmaba sus cuadros como Torrentius. Un tempestuoso artista holandés acusado de cometer toda clase de tropelías y de herejía. Condenado a muerte, fue salvado por petición del rey de Inglaterra Carlos I, y un poco por presiones del Estatúder holandés. Relató el poeta y crítico de arte Zbigniew Herbert que Torrentius: “Se rodeaba de un círculo de amigos y de admiradores a los que dirigía como si fuese Dionisio al frente de una tropa de sátiros”, y que pertenecía a los rosacruces holandeses, unos masones que “preparaban el reino de Dios sobre la Tierra”. Todo indica que Cornelisz hacía parte de aquella tropa de sátiros, por eso Leys se permite suponer que en la matanza —¿pero en cuál no?— había algo especialmente demoniaco y sobrenatural.

De Torrentius solo sobrevive un único cuadro, hermoso y cautivador, uno en el que, según Herbert: “El elemento más fascinante es el fondo. Negro, profundo como un precipicio y a la vez plano como un espejo, tangible y a punto de perderse en las perspectivas del infinito. La tapa transparente de un abismo”.

Torrentius podía pintar el abismo y luego beber en una taberna con una bella mujer sobre sus piernas, Cornelisz solo podía asomarse o lanzarse a él asesinando a decenas de personas. El verdadero artista conversa con los dioses o con los demonios, los demás mortales dudamos en el borde de aquel negro profundo.

Pero si la disyuntiva es alcanzar lo sublime o descender al infierno cometiendo los actos más bárbaros, ¿por qué el propio Leys recomendó abstenerse al máximo de escribir? También es cierto que no fue el único en formular tal recomendación, es más, casi todo buen escritor lo ha dicho, y cuando no lo advierte, es porque seguro no lo es tanto, o al menos no lo es en la medida en que un escritor puede ser, también, un artista. Como puede serlo, y acá no cabe aquello de puede llegar a serlo, un intérprete o un pintor. Esto no tiene nada que ver con el esfuerzo o con la disciplina. Tal como tampoco es un asesino todo aquel que mata. Y aún más, el acto importa poco: hay artistas sin obra, así como hay asesinos sin muertos.

Conjeturo que el trasfondo de la recomendación tiene dos aristas: por un lado sabe el artista verdadero que si se ha de emprender una obra, ella debe serlo sin lugar a dudas, es decir, no sirve de nada, no enriquece la existencia o la naturaleza, un asunto meramente lodoso e insípido; y la posibilidad de que así sea, de que el resultado emprendido por el chapucero resulte ser apenas una tontería, es elevada, de tal forma que ¿para qué hacerlo?, mejor le va a la humanidad, ya que la naturaleza sabrá librarse del engendro, si no tiene que lidiar, aunque fuera brevemente, con él.

La segunda es que el artista real, el consejero, en este caso Simon Leys, sabe que toda obra verdadera, genuina, sublime, es tan desgarradora como un asesinato, y que el alma de su autor ha descendido a los infiernos, y eso no se le desea a nadie.

Me gusta más, no obstante, la primera hipótesis, la del propósito de librarnos a todos de la casi probable tontería; pero la recomendación lucha contra el ego del supuesto iluminado y este sabe sobreponerse, al menos muchas veces, más de las que es tolerable, y por eso lidiamos con estupideces que, aunque se vistan de lujo o sean editadas por grandes editoriales, no pasan de ser meras sandeces.