31 de enero de 2023
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez
Ximena Giraldo Quintero

La tía pechugona

21 de enero de 2023
Por Tilincio
Por Tilincio
21 de enero de 2023

Desde mi niñez, por culpa de los telúricos senos de mi tía Melina, quedé cegatón. Relataré esa tragicomedia óptica, ocurrida por deleitar mi retina pecaminosa.

Finalizaba la década del 70. El terrícola ya había clavado su ponzoña en arenas de la virginal Luna. Era diciembre, tenía 11 años, espíritu incauto y comportamiento bobalicón. Y, por fin, me llevaron a una fiesta. Tenía la misión de acompañar y cuidar a mis tres hermanas mayores. Ya era un protector, un guardaespaldas familiar, ¡un varón!

Fieles a la festiva ocasión, mis hermanas —sardinotas de 15, 17 y 19— estrenaron pinta extrovertida: batas escuetas minifaldudas, blusas hippies vaporosas, medias cebrudas alargadas y zapatines de tacón bachiller. Y yo, con facha sobresaliente… ¡todo un bacalao!

Ese día, vestí chompa café oscura, a la moda, de cuerina, ecuatoriana. Camisa de baratillo, a cuadros, colorida, tiesa, picante en el cuello. Cargaderas de resorte, chillonas, agarradas a un pantalón subido hasta el ombligo, de dril color caqui, con quiebre recto y bien planchado, botacampanudo. Medias hasta la rodilla, payasescas, gruesas, recalentadoras. Botines escolares negros, inacabables, marca Grulla. ¡Severo papito!

Y lucía un corte de pelo que llamaban “americano”: tusa casi toda la cocorota y solo un mechón o copete que parecía una brocha gorda despelucada, flechuda, gastada, destinada al cesto de basura. Sin saber que era el motilado que usaban los ufanos marines que huyeron de Vietnam con la cola entre las patas, vencidos, meados y con mamitis.

¡Tremenda pinta la mía! Parecía un vanidoso pavo real, dominante, exclusivo, quebrador. Acicalado para la rumba decembrina en la casa de mi tía Melina, ubicada en Manizales a dos cuadras de la carrera 23 —el tontódromo—, en el empinado barrio Hoyo Frío.

Barrio de faldas ideales para que un infante suicida las bajara cabalgando rastrero en una hoja madura de penca cabuyera. O viajara, gratis y sentado, encima de un tablón untado de vela de sebo, empella o gordana de res o cerdo. Un programazo para disparar adrenalina en cercanías de la vivienda de mi tía Melina.

Era una casona paisa levantada a inicios del siglo XX, de puertas gigantonas y ventanas generosas, talladas por artesanos maiceros. Con piso de maderas finas, embellecidas a punta de viruta, enceradas con amor, y horadadas por las heridas circulares del temible tacón puntilla que usaban las repolludas féminas.

Con patio grandioso, fresco, tapizado en piedra, ambientado con plantas floridas y árboles nativos: una miniselva tropical de reserva citadina. Y con un corredor infinito, cercado por chambranas macanudas, que recorría la casa de punta a punta y conectaba con la sala, las alcobas, el comedor, la cocina, la pieza de planchar, la de trebejos, y el cuarto de micciones y otras acciones.

Ese caserón ya lo conocía. Un par de meses atrás fui a llevar un encargo, mandado por mi mamá. Esa vez quedé impactado, no solo por la imponencia de esa casota, sino también por el voluminoso busto de mi tía Melina.

El cuento es que toqué duro, el duro portón, con un pedrusco que encontré sobre la acera, y bruscamente, aderezado de un fuerte traquido, se abrió un postigo de la ventana y emergieron las flamantes mamas de mi tía Melina —desde luego, ocultas por ropajes sedosos—. Las tenía tan grandes que, al ventaniar, primero las tenía que asomar y seguidamente aparecían las manos y la cabeza de la dueña de esas monumentales puchecas.

Mi tía Melina era setentona, refinada, muy bien maquillada, alegre, amable y… ¡pechugona! Sus senos terminaban en punta roma, en una especie de cucurucho largo. En eso no soy experto, pero creo que ella usaba por dentro una horma alambrada que se los sostenía y se los apachurraba adelante, se los moldeaba oprimiéndolos, estirándolos, dándoles una imagen de inmensos teteros anclados en posición horizontal.

En esa repichinga familiar decembrina, sesentera, estaban el sabio marido de mi tía Melina, y su hija Marieta con su esposo, un prestigioso médico. También, la recua de hijos de mi tía Melina: media docena de hombres caballerosos, brillantes profesionales, de fina estampa. Vestían traje de paño, con chaleco, corbatín, y pañuelito triangular decorativo en el bolsillo superior del saco. Bañados con perfumes atrayentes y portando zapatos negros de charol. ¡Listos para tirar paso a lo lindo!

Contra la pared, modernas y variopintas sillas, de frente al lindero enchambranado, dejando el amplio corredor libre para el bailoteo. Y en la mitad de la hilera de sillas, en pleno foco poderoso, mi tía Melina acomodada en un sillón morado, aterciopelado, como si fuese la Reina. Entonces, me convocó a sentarme en la silla vecina, como si fuese el Príncipe invitado.

—¡Acomódose ahí, papito, para que disfrute su primera francachela! ¡Mijito, hoy gozarás la vida al ladito de tu tía!

Y sí, disfruté al máximo ese fiestón porque —por órdenes tajantes de mi tía Melina— me llovió ponqué, natilla, buñuelos, dulces navideños, caramelos tradicionales, bebidas almibaradas… Y muchas copitas de vino dulzón, de consagración, para acólitos, que tenía dispuestas para alegrar al único niño de la reunión: ¡al iniciado!, ¡al decente!, ¡al inocente!

Ya mediaba la noche y la alegría no cuajaba. Eran tiempos de timidez y mesura, recatados, católicos, apostólicos y caldenses. ¡El baile no arrancaba! Entonces, mi tía Melina, sembrada en su sillón de mando, cruzó los brazos atenazando desde abajo sus exorbitantes senos, resaltándolos hacia arriba, levantándolos, erigiéndolos, por poquito izándolos.

Y, abruptamente, empezó a moverlos rítmicos y juguetones, impulsados por una acción tipo resorte, repetitiva, brincona —como si estuvieran viajando en jeep Willys por rutas pedregosas del Eje Cafetero colombiano—, vibrándolos acompasadamente, de arriba abajo, de abajo arriba, de arriba abajo… aceleradamente, siguiendo el ritmo de un gracioso twist de moda que ladraba la radiola:

—El patico chiquito no quiere ir al mar, porque en el agua salada se puede ahogar. El patito le decía: “Ay mamita, tengo frío”. Y la mamá le respondía: “Con mamita, patito, nada va a pasar, con mamita, patito, nada va a pasar”…

Y, mientras agitaba sus portentosos pechos, rumberos y frenéticos, gritaba animando a las mujeres para que brincaran al ruedo:

—¡Bailen, muchachas, bailen!

Pero nadie se atrevía. Las mujeres, tímidas, sin iniciativas. Los hombres, remilgados, acomplejados, alcanforados. Mientras tanto, ya me había entonado la primera copita de vino, que me zampé con mañita, igualitico a como traga agüita el pajarito nervioso. Entonces, me dediqué a deleitar la retina viendo los movimientos acompasados y vibrantes de los inmaculados senos de mi tía Melina.

Y mis ojos, de arriba abajo, de abajo arriba, de arriba abajo… Elevado, transportado, volando al poético firmamento, y pensando: “¡Qué bacano sería vararme en esa vía láctea!”.

En verdad, nunca había avistado una teta femenina, en vivo y en directo. Eran tiempos cavernarios, grises, godos, aburridos, deslactosados. Yo solo había visto dibujos de glándulas mamarias humanas en cartillas escolares de borrosa impresión, y ubres en un gélido paseo didáctico por un hato lechero.

Ya me había bebido la segunda copita de vino, que me puso copetón, livianito, levitante, parapentista, voyerista. Y mis ojos, de arriba abajo, de abajo arriba, de arriba abajo… Lelo, hipnotizado, fisgoneando los trepidantes senos de mi tía Melina, que ahora se mecían con hilaridad epiléptica.

—¡Bailen, muchachas, bailen! ¡Bailen, muchachas, bailen! —dijo mi tía Melina doblando el festivo bramido.

E inmediatamente sonó un nuevo disco, más movido, un temota popular que incitaba a brillar hebilla:

—Yo tenía una mula rucia en la ciudad de Medellín, con una peladurita de la cola hasta la crin. Pero hay que ver y ver y ver, tenía una maña, que siempre corcobiaba cuando le ponía la enjalma. Quieta mula, por qué corcovea, porque le falta el estribo, la sincha y la correa…

Sin embargo, nadie se atrevía a romper el hielo, a prender la noche. Y ya estaban a punto, caldeados. Los adultos —hombres y mujeres— ya se habían inyectado, en revoltura encopetadora, ardientes licores importados, guarilaques amarillos regionales y fermentos de extramuros.

Intempestivamente, la tercera copita que me zampé… ¡Me embriagó! Y me eroticé al extremo cuando mi tía Melina clamó por triplicado:

—¡Bailen, muchachas, bailen! ¡Bailen, muchachas, bailen! ¡Bailen, muchachas, bailen!

Repentinamente, por fin, hombres y mujeres se lanzaron a la pista cuando tronó el tema que comandaba el “hit parade” de esos años dorados:

—Ahí viene la plaga, me gusta bailar. Y cuando está rocanroleando, es la reina del lugar. Mis jefes me dijeron ya no bailes rock and roll, si te vemos con la plaga tu domingo se acabó. Ahí viene la plaga, me gusta bailar…

Y ahí fue cuando mi tía Melina, que permanecía con los brazos cruzados impulsando sus fiesteras tetas —y ahora motivada por el acelerado ritmo rocanrolero—, las puso a brincar con frenesí metalero, de arriba abajo, de abajo arriba, de arriba abajo … ¡Estaban a punto de fugarse del brasier!

Sí, agitados por ese ritmo musical demoniaco, los senos de mi tía Melina estaban a punto de saltar al piso, y romperían las tablas y se enterrarían en la tierra negra, húmeda y abonada del sótano. O se eyectarían perforando el cielorraso, rompiendo el techo de tejas de barro, y liberados en cielo abierto terminarían… ¡alunizando!

¡Y mis ojos alunizando en su pechuga! Ahora, delirantes, de arriba abajo, de abajo arriba, de arriba abajo… como taladros percutores rompiendo pavimento de roca rebelde. ¡Y ahí fue cuando devino mi tragedia ocular!

De repente, me estremecí gozón, rebulló mi sangre, convulsioné, me empezó a trepar un abrasante calor desde la pantorrilla hasta el hueso frontal, en el preciso momento en que la enloquecida pechuga de mi tía Melina era una movediza amenaza volcánica en rojo.

Y ahí fue cuando sentí un remezón óptico, un punzante dolor ocular, un quemonazo infernal en mi ojo izquierdo. Un crepitar hirviente y explosivo de palomita de maíz: ¡Desprendimiento de retina!