31 de enero de 2023
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IV Los escritores de Caldas en el frente 2

21 de enero de 2023
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
21 de enero de 2023

Claro, Gustavo Páez y Escobar, y perdona que me descentre, pero el tema, poco mencionado y menos conocido, del conflicto con la república hermana del Perú, dio relevantes  correspondencias, porque sobre el mismo, mi inmediato deseo era el de conocer lo que habían escrito los autores caldenses, que era mucho más de lo pensado, y de lo que todavía casi nadie sabe. El más conocido, el de Arturo Arango Uribe, 180 días en el frente (Tipografía Cervantes, Manizales 1933), estimuló el meterme con otros. El conocido periodista, acababa de dejar la dirección del diario La Patria, que ejercía, cuando marchó a esa región. “Este libro ha sido escrito después de un viaje al Putumayo. Su autor, cuando lo escribió, estaba aún influenciado de la crueldad de la vida del frente. Es duro, fuerte y amargo como la vida de los soldados”, nos dice de “entrada”, en unas páginas que atraen por lo vivas, y por la crítica de ciudades y modos de ser. En ellas, el cronista encarna en José Uribe, su personaje. Y hasta referente a un nombre ya mencionado, oye esto: “Carlos López Narváez amaneció consiguiendo avión para las hermanitas de la caridad, que querían mandar montadas en mulas con albarda desde La Tagua. En Bogotá les habían ofrecido aviones, pero como tenían una mansedumbre dulce y bella, no las quisieron trasladar cómodamente los alemanes y los otros”.

Si a Arturo Arango Uribe, contra su voluntad, tuve el gusto de dedicarle tres programas sobre su vida y su obra, en 1986, tras larga charla sobre vínculos del pasado, a un escritor prolífico, y emprendedor, al uso de hoy, Alfonso Mejía Robledo, el que en Los piratas del Amazonas (Editorial La Moderna, Panamá 1933) dio su versión de la Historia del conflicto colombo-peruano, desde los orígenes del asalto a Leticia, el proceso jurídico, y otros aspectos, con invaluables documentos, se lo hice en otro programa de Caldas Ayer y Hoy. Activo en su pueblo de nacimiento, en Panamá, y bastante en Pereira, fue así como esta última, que reivindica sus valores o se los apropia, se lo hizo no hace mucho a Mejía Robledo, novelista, periodista, poeta, industrial, quien escribió sobre casi todas sus experiencias.

Más acucioso fue el que dediqué a un sabio fuera de serie. Al médico de formación francesa, lexicólogo y utopista, y mucho más, Roberto Restrepo, quien también escribió la deliciosa Historia de la guerra entre Candorra y Tontul, o una comedia del género bufo (Editorial Cervantes 1933), en la que se burla de los “errores que consideraba en la solución del conflicto de Leticia”, y que vale la pena recrear aplicándola a ciertos problemas actuales.

Por ser el secretario en aquella Legación, tener magnificas intervenciones y sufrir su misma suerte diplomática, Camacho Carreño, en el referido libro El último Leopardo, hace este apunte maestro sobre nuestro incomprendido mayor: “Es de justicia, y lo hago con brevísima sequedad para que el afecto no abulte ni arrebole los conceptos escritos, mencionar en estas páginas a Bernardo Arias Trujillo, radical puro, mi secretario ejemplarísimo de aquellos días. Mozo garrido clásico prosador; amante de Colombia como los patricios de épocas primitivas; resuelto, colérico de afrentas nacionales, vengativo, descargó sobre el secretario peruano un manojo de látigos, rematados de estrellas. Montevideo celebró esas páginas con júbilo de bacante, y el nombre de mi glorioso compatriota cobró allí la fama que merece su estilo y la respetabilidad que infunde su patriotismo. Triste y segundona fue la situación de Colombia en Montevideo.” Y no hay que olvidar que Camacho Carreño escribió un ensayo sobre la novela Risaralda, el primero y más agudo sobre el autor:  B. Arias Trujillo o el Criollismo, que incluyó en su libro posterior, Bocetos y Paisajes (1937).

Y En carne viva, el libro de Arias Trujillo, traía, antes que aquellos, esta precisión sobre Camacho Carreño: “Separado de él por una ancha zona ideológica, pero unido por los lazos de una misma generación y por los vínculos de una amistad fidelísima, hago reconocimiento en este libro de su habilidad,  de su decoro, de su dignidad, de su entereza, de su valor civil, de su sociabilidad y sobre todo, de su patriotismo sin aleaciones, intransigente, generoso, bolivariano, creador”. Y con este estaba en Buenos Aires cuando sus diarios publicaron “la noticia de la toma del trapecio amazónico por tropas irregulares del Perú”. Y da su vitriólica puesta en escena de “la tragedia ginebrina”, zahiriendo a los diplomáticos que asumieron el diferendo, Eduardo Santos, Roberto Urdaneta, Guillermo Valencia, Alfonso López, en fin, en definitiva, cerrándose con su editado panfleto, su futuro político.

Como ves, teniendo como punto de partida el libro de Silvio Villegas, sobre el conflicto que apasionó a todos los colombianos, y quien desde el índice, da el tono de su contenido, político y nacionalista, que combatió con la bayoneta de su estilo, “contra el insensato pacifismo” del gobierno, indicando el fuego sagrado que se despertó, el honor nacional herido por la tesis peruana, “las victorias mutiladas”, y cómo fue un desfallecimiento internacional, o varios, los que tuvimos.

E igual los otros autores caldenses, como te lo muestro por sus libros, porque Arango Uribe expresó ser enemigo “del centralismo bogotano”, y anticipó que si “en la guerra seremos vencedores contra el Perú, en Ginebra seremos vencidos”, y Robledo Mejía, que citó cuál fue la opinión en el mundo, nos  recordó en el suyo que al respecto, según Aquilino Villegas, “el país había agitado  ya las virtudes cristianas y todas las resignaciones apostólicas”, agrega, a  las otras razones que te dije, que al mismo tiempo, Bernardo Arias Trujillo, en ese texto apasionante que me “corrompió” políticamente, se pronunció contra Olaya Herrera y contra todos los firmantes del Pacto, les dijo vendidos, y destiló en su “En carne viva”, un azufre que le granjeó todos los enemigos que lo condujeron al suicidio.