31 de enero de 2023
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El monicongo.

15 de enero de 2023
Por Jairo Londoño Franco
Por Jairo Londoño Franco
15 de enero de 2023

Era la última noche muy oscura y sin luna de ese año. Había sido por cierto demasiado lluvioso, causando inundaciones en los canales y en los bajios del potrero, algunos caminos se perdieron desapareciendo entre pedruscos y arenas sobre los cuales creció la yerba mala, a cada paso se encontraban tiestos de ollas de barro de origen indígena y figuritas rotas en las que se adivinaban auténticas obras de arte ancestral.

 

Mi padre nunca le dio ningún valor a los hallazgos, «está roto o desportillado» era su veredicto y así transcurría el tiempo, luchando contra madre Natura, que continuaba dando forma a la «pacha mama» sin consultar nuestras necesidades y ambiciones. Un día, por fin llegó el verano, lo supimos porque aparecieron algunas tímidas flores en los frutales y el aroma a tierra mojada, cambió, por un perfume de mirto y yerbabuena. Esa noche hubo estrellas en el cielo y las nubes en las tardes se tiñeron de colores, siendo rasgadas por el viento formando largas cabelleras doradas al sol de los venados, invitación a la caminata nocturna y a la cacería de luciérnagas para meterlas en un frasco, y tener nuestra linterna ecológica.

 

Fue, en ese tiempo en que apareció el monicongo, lo encontró el tío Alfonso, incrustado dentro de un caracol de los de buena suerte. Una figura gatuna de color negro-verdoso profundo, finamente tallado en un hueso brillante. Dice la leyenda que «El Monicongo» es la llave para cerrar un pacto con el diablo, este trato convierte a su poseedor en un hombre guapísimo para el trabajo y para la pelea y le confiere el poder de volverse invisible o pequeñito, hasta del tamaño de una hormiga o del animal que desee, así como el de otra persona cualquiera, siempre y cuando que sea para librarse de un enemigo; nunca le falta dinero para los gastos necesarios e indispensables y no puede dar limosna, porque si lo hace los billetes se le convierten en hojas secas y las monedas en piedras.

 

El tío Alfonso quiso investigar si lo dicho era cierto: Había un hombre tan malo en Aguadas Caldas, en los años 50, llamado José María López (Miruz) que le había entregado el alma al Demonio. Cuando cometía algún delito, huía por los platanales y, si la policía estaba a punto de darle alcance, se convertía en un racimo de bananos. Los agentes, al encontrar tan llamativo deleite, hacían un breve receso a la vera del camino y comenzaban a pelar y mordisquear los más pecosos y amarillos, pero, en el acto, escuchaban lamentos, por lo que renunciaban al banquete y proseguían el camino en la inútil persecución. Al regreso, cuando pasaban por el lugar de la escena de terror, en vez de cáscaras, sólo encontraban retazos de camisa jironados; por esos mismos días, los vecinos de la vereda se encontraban al“El Putas” llamado Miruz, con heridas recientes en el cuerpo.

 

En una curva del río Risaralda, visible desde Anserma, hay un charco a donde bajaban los que iban a hacer el pacto con el demonio. Se lanzaban desde la carretera y en el aire le decían: – Satanás, aquí estoy para hacer un pacto con usted. Al caer al agua, debajo de una piedra enorme que hay allí, se abría un salón amplio ocupado por doce legiones de demonios y, en un trono, el rey de los infiernos. El parroquiano le planteaba al Maligno la posibilidad de conseguir dinero, amores, placeres, vida prolongada u otros beneficios que él, por sus propios medios, no había logrado conseguir. El Diablo le advertía: – Todo lo que usted pretende se lo conseguiré a cambio de su alma. A partir de ese momento, cambiaba la suerte del individuo. Al morir, como lo habían convenido, se iba derechito al infierno.

Mi madre aterrorizada, le dijo al tío, bote eso… Que eso huele a azufre!