31 de enero de 2023
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Democracias frágiles

22 de enero de 2023
Por Augusto Trujillo Muñoz
Por Augusto Trujillo Muñoz
22 de enero de 2023

En reciente editorial ‘El País’ de Madrid alerta sobre el ataque de que están siendo objeto algunas democracias, y pone de presente la necesidad de fortalecerlas. Señala la presencia de “líderes iliberales” en países como Polonia, Hungría, Israel y rememora el fallido intento de un poderoso sector autoritario de la burocracia alemana, para dar un golpe de Estado. También recuerda el asalto al capitolio de Washington y a las sedes del poder en Brasil.

Ciertamente, lo primero que necesitan las democracias para fortalecerse y sobrevivir, son demócratas al frente. Pero los demócratas escasean. Es más fácil el ejercicio del populismo de cualquier signo, que el ejercicio de la democracia. Aquel es, sencillamente, irresponsable; éste tiene que ser garante y estar comprometido con la vigencia cabal del Estado de derecho. Pero esa constatación deja en claro un hecho que suele ignorarse en este tipo de debates: No existen unas democracias fuertes y otras no. Me temo que todas las democracias son frágiles.

El siglo xx implantó la costumbre funesta de examinar la realidad con un lente binario: izquierda-derecha, democracia-dictadura, progreso-regresión, como si todo fuera blanco o negro. No. Lo que existe son múltiples espacios llenos de múltiples grises y, aún más, de una multiplicidad de colores. No hay democracias frágiles y democracias fuertes. La democracia es frágil como sistema político, como realidad institucional, como cultura social.

Su pujanza no depende, ni descansa en la fuerza pública, ni en el carisma de un líder, ni en la movilización de muchedumbres. Descansa en la fuerza moral que surge de la legitimidad de un sistema jurídico capaz de garantizar la convivencia y en una cultura social que asuma la política como sustituto de la guerra. En la democracia es indispensable, forzoso e insustituible el diálogo con el adversario para definir acuerdos sobre lo fundamental.

Todo esto parte de la necesidad de entender un hecho tozudo: Las sociedades no son homogéneas, son plurales. Si quisiera hacer caricatura, diría que las sociedades no están conformadas por individuos buenos y malos sino por individuos regulares. Pero también por irregulares, y por habituales, y por extraños, y por originales, y por indiferentes. Pero, sobre todo, por diferentes: personas diferentes, sectores diferentes, intereses diferentes, incluso contradictorios, pero, en todo caso, legítimos.

En ese orden de ideas habría que revisar la aplicación de las formas democráticas establecidas en nuestros países. En ellos no ha funcionado la democracia mayoritaria, con sus esquemas de gobierno-oposición y gabinetes en la sombra que inventó el mundo anglosajón para sus sociedades homogéneas. América Ibérica está llena de sociedades heterogéneas, diversas, plurales, en donde la democracia mayoritaria no sirve, no vale, no funciona. Así de simple.

Colombia necesita construir una democracia de consenso, no para que asordine el debate público sino para que lo estimule, pero pensando en la cimentación de unos acuerdos de mínimos y no en la anarquía de los enfrentamientos polarizantes. El populismo que se pasea por el continente conspira contra toda forma de democracia. Sobre todo, contra la democracia de consenso. El reto de los colombianos -gobernantes, dirigentes, ciudadanos- es construirla.