29 de noviembre de 2022
Directores
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De cómo se empezó a construir la nueva Iglesia de san Rafael de los vientos

24 de noviembre de 2022
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
24 de noviembre de 2022

Capítulo de mi novela

San Rafael de los Vientos.

Se narra cómo un párroco

decidió tumbar la antigua iglesia

 

Francisco Herrera fue el maestro de obra contratado por la parroquia para iniciar los trabajos de demolición de la antigua iglesia y, al mismo tiempo, para ir levantando el nuevo templo. Conocedor de que era una persona con experiencia, el párroco Simón Zuluaga lo llamó un día a su despacho para preguntarle si se sentía capacitado para emprender una obra que le cambiaría la cara al parque. “¿De qué me está hablando, padre?”, preguntó don Francisco atusándose con la punta de los dedos pulgar e índice de la mano izquierda el bigote que le cubría el labio superior. “Es que voy a construir una nueva iglesia, más grande, más moderna”, le contestó el padre Simón Zuluaga extendiendo sobre el escritorio los planos que le había entregado Enzo Somadozzi, un misionero de la Consolata que además era ingeniero. Asombrado por la desmesura del proyecto, que había advertido al mirar las dimensiones consignadas en los planos, don Francisco Herrera le dijo: “¡Uyy!…padre…pero esto es algo muy inmenso. Es que hasta un pedazo de la plaza se va a invadir en la construcción”. Entonces el párroco, recogiendo los planos del escritorio para guardarlos en el armario que tenía en el despacho, le dijo: “Sólo debe decirme si se siente capaz de ejecutar la obra. Usted debe hacer lo que en este plano consignó el ingeniero”. Don Francisco le respondió que sí.

El padre Simón Zuluaga llegó a San Rafael de los Vientos cuatro meses después de presentarse en la Ciudad de Cali una tragedia que dejó más de mil trescientos muertos: la explosión de seis camiones cargados con dinamita que estaban estacionados en inmediaciones del Batallón Codazzi. Llegó con la sotana sucia porque el vehículo que lo transportó tenía el vidrio de la ventana dañado, y el polvo de la carretera penetraba al interior, cubriéndolo todo de un color entre café claro y blanco ceniza. Después de un viaje de tres horas, descendió en las escalas del atrio y, mirando el estilo circular del frontis del templo, pensó: “¡Qué iglesia tan fea!”. Luego, mirando el interior desde la puerta principal, se dijo: “Aquí lo primero que hay que hacer es tumbar este adefesio para construir un templo nuevo”.  En la puerta de la Casa Cural lo esperaba el padre José Ramón López Buitrago. Al verlo avanzar hacia él con la sotana cubierta de polvo, el párroco saliente lo recibió eufórico: “Entre, padre, para que se limpie la sotana”, le dijo enseñándole el zaguán que conducía al interior de la vivienda. Ya adentro, antes de que la señora que atendía el aseo de la Casa Cural le entregara un cepillo de ropa, Simón Zuluaga miró las paredes de la edificación. Con un gesto de desagrado, aceptó la invitación para que se sentara en una silla del despacho parroquial.

–Bienvenido a su nueva parroquia, padre Simón – dijo, efusivo, el padre López. Le ofreció, para que se sentara, la silla que estaba detrás del escritorio – Este es un pueblo muy creyente. La feligresía vive pendiente de la iglesia.

–Esa es una buena noticia, padre López – respondió Simón Zuluaga mirando el cuadro de la Santísima Trinidad que colgaba de una pared – Si existe apoyo de la comunidad, se pueden hacer muchas cosas. Y veo que aquí hay mucho por hacer.

–Ahora estamos trabajando en el arreglo del techo de la iglesia porque cuando llueve se filtran goteras – argumentó el padre López. En ese momento entró al despacho una de las señoras que atendía la Casa Cural. Llevaba en una bandeja dos tazas de café con leche y dos roscas de pandequeso – Tómese el cafecito, padre, para que se le quite el frío – agregó el padre López.

–Sí, porque la verdad es que está haciendo mucho frío – contestó Simón Zuluaga. Tomó la taza y, soplando el café para no quemarse, la llevó a los labios – ¿Hace mucho que se presentan las goteras en la iglesia? – preguntó.

–Eso pasa de vez en cuando – contestó el padre José Ramón – Sucede cuando de pronto se parte alguna teja.

En San Rafael de los Vientos la gente jamás olvidará el paso por la parroquia del sacerdote Simón Zuluaga. No sólo porque fue quien dio la orden de destruir el antiguo templo, que era una joya de la arquitectura románica, sino porque era un cura malgeniado, que poco se reía y, en cambio, mantenía a toda hora una expresión agria en el rostro. Sin embargo, inspiraba respeto. Tanto, que pocas personas se atrevían a contradecirlo. Su carácter áspero ahuyentaba a los niños. “Ahí viene el padre regañón”, decían algunos cuando lo veían en la calle llevando la comunión a los fieles que por encontrarse enfermos no podían asistir a misa. Las mujeres jóvenes lo escuchaban con temor: “Ese padre alega por todo”, susurraban en el patio de la Normal las estudiantes en horas de recreo, después de que el sacerdote les dictaba la clase de religión. En cambio, las ancianas le profesaban reverencia. Les gustaba el timbre de su voz cuando se subía al púlpito para echar el sermón, el movimiento de las manos como para explicar lo que decía, el énfasis que hacía cuando hablaba sobre lo que era el pecado. Los campesinos, por su parte, atendían al pie de la letra lo que les dijera. Si en el confesionario les sugería que necesitaba tres gallinas, al otro día se las traían. Si les decía que carecía de plata para organizar el altar, le regalaban un marrano para que lo rifara. Si les anunciaba desde el púlpito visita a la vereda, le organizaban un festejo con bombas y serpentinas.