28 de septiembre de 2022
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Tenacidad u obcecación

12 de agosto de 2022
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
12 de agosto de 2022

La tenacidad es una virtud a la que la humanidad le debe descubrimientos científicos,  liberación de naciones, obras literarias; pero hay una línea que al cruzar la virtuosidad se esfuma, quedando de ella una pasión ciega, la obcecación.

Se ha de ser persistente en las ideas,  y saber su momento, pues pueden perder  su oportunidad. Los abogados sí que lo saben, en más de una ocasión, aunque cuentan con todas las razones,  no tienen la razón de la que se sirve el juez para resolver el caso. Caso cerrado. Y es cierto, porque las cosas tienen más complicaciones que las que  entrevé una sola persona. Se empiezan  a cerrar las entendederas cuando se cree que el mundo es como lo ven sus ojos, y todo lo que ven los demás no cuenta.  Esa es la ceguera de la que viene la palabra obcecación.

Concejales de Bogotá  metieron un palo en la rueda del proyecto del Hospital Santa Clara de la administración de Claudia López, al hacerse oír de Patricia Ariza quien dispuso, desde antes de estar ejercicio de sus funciones de Ministra de Cultura, poner la lupa a la demolición  edificio central del San Juan de Dios, porque, pese a ser asunto resuelto en el Plan Especial de Manejo y Protección, algunos son del criterio diverso. Se mantienen en que se ha de conservar.

Es difícil creer que sobre un asunto de primera importancia, en el que hay acuerdo sobre lo que es principal, la necesidad, la importancia y los beneficios de poner a funcionar el complejo hospitalario, se tome más de una década discutiendo sobre las maneras de hacerlo. Ahora, hay diseños para una nueva edificación, adjudicada su construcción,  pero se está en riesgo de que  Bogotá postergue la oportunidad de la recuperación del complejo, porque algunos estén obcecados en que el edificio central del Hospital San Juan de Dios hay que conservarlo, sin que les valga los razonamientos que llevaron a la decisión de demolerlo, por tratarse de una edificación deteriorada, construida sin requerimientos para la sismo-resistencia, indispensables para habilitada para el servicio de hospitalización.

Allí en ese rincón de Bogotá, parte del Centro Ampliado, está condensada una  historia  de dimensión increíble.

En los jardines, en la capilla, en los pabellones resuenan siglos de historia patria. En el eco de las quejas de los contagiados de tifo o de  viruela; en las súplicas las familias buscando los heridos de las guerras civiles, de los Mil Días, del terremoto de 1917. En el júbilo de los médicos de la Universidad Nacional que probaban la válvula de Hakim; o se ilusionaban con la vacuna invernal contra la malaria; o diseñaban del programa madres canguro.

Nombres del hospital que evocan épocas y maneras de atender la salud. Hospital de Pobres cuando estaba en manos de órdenes religiosas; Hospital de la Caridad, en manos de las Juntas de Beneficencia; IPS, desteñida denominación, bajo las reglas de la Ley 100 de 1993.

El Complejo Hospitalario San Juan de Dios es víctima del actual sistema de salud, el que dio estocada letal a los Hospitales Universitarios. El San Juan de Dios, fue el primero desde Santos Acosta, en 1866, cuando fue asociado a la Universidad Nacional. El contrato docente-asistencial entre universidades y hospitales, del que era modelo el del Hospital y Universidad de Caldas,  era un matrimonio fecundo para la investigación en medicina, para la prestación de calidad, para la formación del cuerpo médico, para articular la atención asistencial. El sistema de salud montado en 1993 fractura el sistema, desarticula las instituciones, y sus mecanismos, enfocados  a la demanda estimada por facturas de servicios contra unidades de capacitación, no da cabida a la actividad investigativa, ni a actividades integradas.  Tal es el desastre que la Ley 735 de 2002  tuvo que declarar, saludo a la bandera, a los hospitales universitarios bajo la protección del Estado, ante la agresión del Estado.

La riqueza arquitectónica del San Juan de Dios ameritó que 17 de sus 24 edificios fueran declarados Bienes de Interés Cultural y por tanto de obligatoria  conservación; fueron diseñados por Pablo de la Cruz, escogido por concurso, y lo hizo al modo del pabellón francés, uno dedicado a cada especialidad de la medicina, o a actividades administrativas, o religiosas. La impronta de la medicina norteamericana quedó, también, plasmada en el bloque compacto de la Torre Central, construida por Cuellar Serrano Gómez.

El Plan Especial de Protección y Manejo fue elaborado por la Universidad Nacional y aprobado por el Ministerio de Cultura. Anomalía histórica. El manejo de un territorio es privilegio de los entes territoriales, en este caso del Distrito. El patrimonio cultural está en manos de los entes locales en todo el país desde 2008, salvo en Bogotá. La ley ordinaria que les trasladó esa competencia no incluyó a Bogotá, por requerirse para esta una Ley Orgánica. Y cuando esta se reformó luego de veinticinco años  sólo se ocupó de asuntos políticos y dejó fuera los culturales.

El Distrito no aprehendió de la mala experiencia de las relaciones entre el Distrito y el Ministerio de Cultura que actuó como juez y parte en la remodelación del Teatro Colón, que se hizo pese a que la intervención agrediera de manera significativa la tipología y el perfil urbano del Centro Histórico, como en su momento los señaló María Eugenia Martínez, por entonces,  Directora del IDPC.

Y ahora, la situación es diferente pero el riesgo de afectación del derecho a la autonomía distrital sigue vigente, con un componente adicional, el de que sea utilizado por la Ministra de Cultura como segunda oportunidad para Petro  intervenir en el San Juan de Dios. Y, tal vez, oportunidad no pedida por un Presidente, que si bien tuvo su mismo empeño y propio enfoque, ha sido claro y reiterativo en profesar   respeto por autonomía de las regiones y reconocer el derecho de Bogotá a decidir sus asuntos.

Es de esperar que se proceda según el PEPM vigente, sin modificación ad hoc.