18 de agosto de 2022
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

Ciencia sabrosa

5 de agosto de 2022
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
5 de agosto de 2022

La hipálage es un recurso literario del que se vale el poeta para tocar de magia sus imágenes. Borges habla del bisonte que anda fornido y lento por la vaga  // soledad de su páramo incansable. El encanto de  trastocar la pertenencia del adjetivo desaparece y se convierte en disonancia estridente cuando se utiliza en discursos que examinan los científicos con fría lógica.

La merecida euforia del triunfo electoral ha llevado a los partidarios del Pacto Histórico a asumir vocerías que se toman muy en serio, suenan a gobierno; ¿la ciencia sabrosa es la política oficial de las ciencias? ¿Es oportuno el somatén de ortodoxos científicos? 

La sabrosura es la vida que se crea con la ciencia, ámbito diferente el de la ciencia misma. La sociología del saber y la ciencia juzgan el conocimiento, sí, pero desde fines, valores, éticas diversas.

Parámetros de la ciencia son la simplicidad de sus teorías, la coherencia interna de su sistema conceptual, la imparcialidad de sus investigadores; el científico de la naturaleza se ha de atener a los resultados de sus observaciones, no acomodarlas a sus teorías.

El estado del conocimiento es analizado por el sociólogo a partir de las modificaciones sociales inducidas por su aplicación. Por esos frutos se juzga el cuerpo de saberes. Pone al descubierto modus operandi, motivaciones, el cómo obra la apropiación económica de los descubrimientos científicos, aspectos todos que silenciosamente condicionan al especialista. Lo usual es que estos asuntos no lo distraen de las ecuaciones. La tabla de valores ya es diversa. ¿La gestión del saber es democrática, plural, o en él se refleja la discriminación y las exclusiones con las que funciona la sociedad? ¿Los fines conseguidos resisten el examen de un humanismo moralista? ¿La política de la ciencia afianza el pacifismo? ¿Las creaciones de la ciencia se han usado para hacer más equitativo nuestro mundo?.

Sousa Santos o Miranda Fricker, sociólogos del conocimiento, han acuñado con términos retóricos, sólidos conceptos, el de la justicia epistemológica o el de la ciencia hegemónica que traslada aparentemente, a la actividad de los científicos calificativos propios de la gestión o distribución del saber.

La ciencia por sí misma no es hegemónica. Popper para ilustrar cómo los científicos toman un postulado como valedero, acudió a la figura de los jurados de conciencia, un ejercicio de democracia que admite como verdad, para efectos de sus investigaciones, aquellos postulados que más consenso recojan, no por mero capricho sino por su poder explicativo. Cuando Einstein propuso que la masa y la energía eran correlativas, la comunidad poco a poco fue abandonando las ideas tradicionales, radicalmente diferentes, porque mejoraban el poder predictivo de sus teorías. Ejercicio de persuasión.

La imparcialidad del investigador es interna a la ciencia, pero a esta, desde su exterior, las instancias de poder sociales, le fijan la dirección que marcan los intereses de quienes financian la investigación. La guerra ha sido motor de la ciencia y ha producido desastres y bienestar. La política de la ciencia es proclive a ser hegemónica.

El científico, desde el Renacimiento es el modelo de hombre racional y noble. A Wasserman, en el fondo, le molesta del escrito  de Visión Política de la ciencia suscrito entre otras por la Profesora Vélez-Torres, que se ponga en entredicho esa imagen. La sublimación del científico  operó en la Unión Soviética de Stalin, con la identificación de saberes prácticos,  la pseudo ciencia de Lysenko, con una visión proletaria que propendía a resolver a corto plazo la urgencias de la hambruna, desechando que la suerte estuviera por cuenta de la lotería genética, ciencia burguesa. Su aplicación, ensayos fracasados, agudizó la pobreza de cosechas, pero se sostenía con informaciones falsas. En el mundo occidental, fue más sofisticado y sugestivo: el ideal de progreso ascendente bajo signos económicos. El desarrollo mismo es el único fin moral (Dewey). El gran desastre ambiental, deliberadamente ocultado, lo refuta.

Los científicos de la química farmacéutica podrían ser actores de la profesión más excelsa, ejemplo de humanismo, idea derrotada por los que aprovechan de su oficio para hacer un bazar de pastillas.

Los equipos de científicos contratados por cada laboratorio hacen un ejercicio riguroso para descubrir moléculas que sirvan para contener o reversar un proceso patológico. Las prioridades de la industria no son las que marcan una concepción humanista que mira sin distingos al género humano y se compadece de los doscientos millones que padecen malaria y a los trescientos cuarenta millones que están en riesgo de infectarse de leishmaniasis en el tercer mundo; o de los pocos miles que sufren de enfermedades raras. Unas y otras quedan huérfanas, por una misma razón, son poblaciones de las que el rédito no es halagüeño. Las nueve décimas partes de la carga global de enfermedad recibe una décima parte de la atención de la investigación científica (Singer).

La fuerza expresiva de ciencia hegemónica no puede llevar al revanchismo que su literalidad sugiere, la de iconoclastas Misak que al derribar monumentos hispanistas, cierto, un acto de imposición forzada de una cultura que borraba la suya, anuncian como única historia la que se había silenciado, a costa de enterrar la que se derribó.

La discriminación social alcanza a las ciencias cuando descarta por ignorantes saberes ancestrales. Y en adoptar sus cosmovisiones de relaciones armónicas del hombre con la naturaleza, tal vez, esté la clave para reparar la tragedia humana que ha significado una cultura extractivista, de progreso medido en PIB, consumista. Sería un acto de justicia epistémica.

El bien del saber no es para distribuir, ni para asignarlo por medio de acciones afirmativas. Es para construirlo con rigor, según las reglas de cada disciplina. La Justicia epistémica es figurativa, no para apuntalar merecimientos por condescendencia con las comunidades secularmente excluidas, como parecía entenderlo Mabel Torres, bióloga, quien fuera Ministra de Ciencias, al referir como hallazgo observaciones ocasionales sobre efectos de los hongos, sanadores de cáncer. ¿A cuenta de qué, a falta de los protocolos de verificación, se podían homologar esas anotaciones a saber oncológico?.