2 de octubre de 2022
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Belleza realzada

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
12 de agosto de 2022
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
12 de agosto de 2022

Contó Cabrera Infante en alguno de sus libros, del que ahora apenas recuerdo lo que voy a narrar, que el crítico de arte John Ruskin no volvió a tocar a su mujer, Effie Gray, cuando descubrió que su pubis estaba cubierto de vello. La mujer, nada tonta, abandonó pronto al crítico para enamorarse del pintor John Millais, amigo de Ruskin.

Effie Gray, en plena época victoriana, logró lo impensable, anular su matrimonio con John Ruskin y seguir a su amado pintor prerrafaelita, del que ya había sido modelo en una de sus pinturas más célebres: La puesta en libertad. Así que la mujer tenía carácter, tanto como para no temer a aquella sociedad pacata que llegó al extremo de impedir que ella hiciera presencia en actos o lugares en los que estuviera también presente la Reina Victoria. Conmueve sin embargo lo que ella misma expresó en una carta acerca del repudio de Ruskin: “Él alegó varias razones, aversión a los niños, motivos religiosos, un deseo de preservar mi belleza, y, finalmente este último año, me confesó su verdadera razón… que las mujeres que él había imaginado eran bastante diferentes a como veía que era yo, y que la razón para no hacerme su mujer era porque sentía repugnancia hacia mi persona desde el anochecer del 10 de abril”.

Ruskin sentía atracción por las niñas; conoció a Effie cuando ella tenía doce años y él diez más. Se casaron unos años después y establecieron temporalmente su residencia en Venecia, donde él estudiaba los palacios de la ciudad que consideraba estaban en peligro de ruina o destrucción, mientras que ella gozaba de la vida social y disfrutaba de las terrazas y canales. Él dibujaba los recodos del Ca´d´Oro y ella añoraba el roce de su piel, que Ruskin, a estas alturas, ya sentía casi putrefacta.

Él buscaba la belleza absoluta, irreal, existente apenas en su mente y en un delirio de esteticismo desequilibrado, ella, en cambio, era vida plena, belleza enérgica y exuberante, inconsciente y, por supuesto —en eso tenía razón Ruskin—, imperfección, corrupción en curso, impureza.

Lo formidable de la historia es que hace evidente que el artista, en este caso Millais, fue capaz de percibir lo que el crítico de arte no. Y es natural que así sea, porque el artista tiene justamente la capacidad para ver lo sublime en donde otros no distinguen nada extraordinario, y para emocionarse con la belleza natural, imperfecta o impura.

Effie no sirvió a Millais de modelo para Ophelia, que es su obra más significativa: un retrato del personaje shakesperiano que, sereno, reposa sobre la fuente en la que pereció ahogada, pero sí para representar a la esposa del soldado escocés que es liberado y dejado en brazos de la mujer que carga a un niño adormecido. La cara del hombre se oculta en el hombro y el regazo de la mujer, que carga sin dificultad al niño regordete. Por su parte el guardián mira con cuidado la orden de liberación que recibe de manos de la esposa, que tiene una actitud enhiesta, casi indiferente; el lloriqueo del esposo, y la actitud pusilánime del guardián, contrastan con la fortaleza de ella.

El vello púbico de Effie no atemorizaba ni provocaba asco en el pintor. Él sabía ver en él algo diferente, una fuerza natural capaz de sobreponerse a los hombres temerosos, fuerza que reflejó en la mirada desafiante de la esposa del soldado escocés.

Pero el reproche de Ruskin a su esposa no es extraño, y ni siquiera exclusivo de la época victoriana. El pintor francés Gustave Courbet pintó El origen del mundo, un desnudo que enseña el pubis de una mujer recostada y sensual, cubierto de vello, y una parte del vientre y el pecho también descubierto. La obra, que perteneció a Antoine de la Narde, Ferencz Hatvany, Jacques Lacan y finalmente al gobierno francés, permaneció oculta hasta finales del siglo XX cuando el gobierno aceptó su exposición en el Museo de Orsay. Hasta Lacan la mantuvo oculta en su casa de campo detrás de una pintura que encargó expresamente para ponerla delante de aquel pubis, que seguro veía salvaje y amenazante.

La poeta Mary Oliver escribió que “los pintores contemplan la realidad con devoción, y todo cuanto vemos es la vida nunca imbuida en el sentimiento, sino realzada”. Igual los poetas cuando saben emplear su ojo de la misma manera, solo que las palabras traicionan más que el pincel y el color. Tal como traicionó su juicio crítico a Ruskin y su afán de encontrar una belleza irreal y sentimental, cuando lo que tenía al frente era la sexualidad y sensualidad de una mujer en el más franco sentido: vida y belleza realzada; seguro tanto como el pubis retratado por Courbet.

 

Bogotá, 12 de agosto de 2022