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Libros Giovanni Boccaccio, Dante Alighieri, su vida y sus obras (Archivos Vola)

17 de julio de 2022
17 de julio de 2022

Redactor:
Darío Jaramillo Agudelo

Apuntes y subrayados, d.j.a.

“Solón, cuyo pecho era reputado como ejemplo humano de la sabiduría divina, y cuyas sacratísimas leyes son aún hoy testimonio de la antigua justicia y de toda su gravedad, acostumbraba decir, según refieren algunos, que las repúblicas, como los hombres, caminan y se sostienen en dos pies; y con su madura autoridad afirmaba que el diestro consiste en no dejar ningún crimen sin castigo y el siniestro en el premio de toda buena acción; añadiendo que cuando alguna de ambas circunstancias faltaba, la república cojeaba sin duda de aquel pie”.

Así comienza Dante Alighieri, su vida y sus obras, el texto que Giovanni Boccaccio (1313-1375) dedicó al Dante (1265-1321) y que José María Borrás tradujo al castellano. Me cuesta comenzar con una cita como la anterior. Me afecta personalmente. Cojeo. Pero, aún así, me atrevo admirativamente a empezar por el principio. Boccaccio tenía ocho años cuando murió el Dante, en el exilio. No lo conoció personalmente pero lo reivindica, y de ahí el comienzo, en términos políticos: “hoy en día la ambición arrebata el premio correspondiente a la virtud. Por tal motivo y con la mayor aflicción de ánimo vemos a hombres dañinos y perversos encumbrados en los más altos lugares y los varones de bien, desterrados y menospreciados. Y aunque sean muchos los casos de ingratitud, así como los de vergonzosa indulgencia, me basta con exponer uno solo, (…); pero no es éste caso de poca monta, sino que se trata del injusto entierro del ilustrísimo Dante Alighieri, hombre de noble sangre, y tanto por su ciencia como por sus actos meritorios, dignos de gloriosos honores”. Dante había sido condenado al exilio –y sus bienes confiscados– desde 1301 y murió en Rávena a sus cincuenta y seis años sin poder volver a su Florencia a pesar de los varios intentos que hizo.

Cuenta Boccaccio que Dante era de mediana estatura, “admirablemente compuesto y ordenado”, tenía una memoria prodigiosa, le gustaba estar solo, muy dedicado a su estudio –sobre todo de filosofía–, “tenía un amor insaciable por los honores y la fama y podía parecer muy arrogante” y, “entre tantas virtudes, entre tanta ciencia (…), la lujuria encontró lugar, y no sólo en la juventud sino también en la edad madura”.

Con respecto a la Commedia, Dante le envió a su amigo Canne della Scala “todos, excepto los trece últimos cantos, si bien ya estaban terminados cuando murió sin hacer mención de ellos. Y aunque sus hijos y discípulos los buscaron repetidamente entre sus papeles durante varios meses, para ver si había terminado la obra, no pudieron dar con ellos. Todos los amigos estaban desesperados porque Dios no le hubiese dejado en el mundo tiempo suficiente para completar lo poco que le faltaba a su trabajo”. Renunciaron a la búsqueda y los hijos se plantearon la tarea de completar ellos el poema. Ocho meses después, una madrugada, despertó asombrado Jacopo di Dante, hijo del poeta: su padre se le apareció en sueños y le contó que efectivamente él sí había terminado la obra y, en medio del sueño, lo llevó a la habitación donde dormía, tocó la pared, y le señaló dónde estaban los cantos faltantes.

Jacopo y su amigo Piero Giardino “fueron a la casa en donde vivió Dante, y llamando al que entonces la habitaba, fueron recibidos por él, y llegándose al lugar señalado encontraron aplicada a la pared una esterilla, que habían visto muchas veces en lo pasado. Levantando un poco uno de los bordes descubrieron un hueco que no sabían que existiera, y dentro de él varios escritos, enmohecidos por la humedad, los cuales se hubiesen estropeado de permanecer más tiempo ocultos. Luego de quitar cuidadosamente el moho, los leyeron y vieron que eran los trece cantos que faltaban a la Commedia”.

Hablando de sueños, que parecen tener un valor tan alto, Boccaccio cuenta el sueño premonitorio que tuvo la madre del Dante cuando estaba embarazada del poeta. “Soñó que estaba al pie de un gran laurel y junto a una clara fuente. Y que allí dio a luz un hijo”. Después, dentro del mismo sueño, el hijo se transforma en “un hermosísimo pavo real”.

Imagínese, gozoso lector, que algún teórico de la literatura de esos que es obligatorio citar en los trabajos académicos, prescribiera que todo libro está asociado a un animal; y que el oficio del comentarista bibliográfico consiste en señalar cuál es el animal y por qué. Dicen tales cosas los teóricos que leen los libros desde la academia, que no sería de extrañar tal ocurrencia. Pues bien, ese teórico no sería más que un copietas, pues nuestro admirado Boccaccio ya inventó semejante metodología zoológica, pues al abordar la Commedia dice que es un “libro, a mi entender, conforme en todo con el pavo real, habida consideración de sus comunes cualidades. Son cuatro, en efecto, las que éste tiene. En primer lugar, sus angélicas plumas de cien ojos; luego tiene las patas sucias y el andar silencioso; en tercer lugar, voz estridente y horrible; y, por fin, la carne olorosa e incorruptible. La Commedia de nuestro autor posee los mismos atributos, según voy a demostrar, alterando su orden y comenzando por el último”. Y enseguida pasa a demostrar punto por punto, las cuatro afinidades de la Commedia con los pavos reales. Los dejo preguntándose cómo lo hizo. Precioso texto.

Una cita larga.- Quien tiene el vicio de hacer reseñas puede intentar el sistema de Boccaccio, que consistía en buscar un animal al que el libro se parezca. Quien tenga curiosidad puede espichar aquí.