16 de agosto de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Cuando los días son grises 

Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
13 de julio de 2022
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
13 de julio de 2022

La tristeza es una emoción natural. No es extraño sentirnos tristes cuando un estímulo del entorno, una situación o un recuerdo resuenan afectivamente con nosotros. Sin la tristeza sería imposible experimentar algunas cualidades, como la empatía o el altruismo, las cuales nos movilizan a ponernos en el lugar de otras personas que experimentan sufrimiento o dolor.

Aunque la tristeza es natural, la situación es diferente cuando se trata de una tristeza profunda, intensa, frecuente y que permanece pese a que no hay un detonante o una causa que la ocasione. Si el estado de ánimo de la persona es exacerbadamente triste, llegando hasta el punto de experimentar una enorme sensación de vacío que afecta su funcionalidad en las áreas social, académica, laboral u otras del vivir cotidiano, ya no hablamos de tristeza. Estos podrían ser los síntomas de lo que se conoce como depresión.

Según la Asociación Americana de Psiquiatría, la depresión es un trastorno del estado de ánimo en el cual la persona experimenta tristeza durante la mayor parte del día, sensación de desesperanza, reducción del interés por realizar actividades que naturalmente le son placenteras, cansancio o pérdida de energía, sentimientos de inutilidad, disminución de la concentración, alteración psicomotora, ideas de muerte o suicido, así como cambios en los hábitos alimenticios y del sueño. El Instituto de Sanimetría y Evaluación Sanitaria refiere que alrededor de 280 millones de personas sufren de depresión en todo el mundo, y la cifra va en aumento. Para una persona con depresión, vivir el día a día puede llegar a ser un enorme desafío, tan enorme como su carga emocional.

La depresión no solamente abarca a la persona que la presenta, sino también a sus seres queridos. Quien coexiste con una persona con depresión y no se da la oportunidad de comprender lo que le sucede, puede caer en el error de juzgarla y de malinterpretar sus acciones, generando mayor dolor. Algunas personas que sufren de depresión evitan hablar con sus seres queridos por temor a ser juzgadas, lo cual incrementa la intensidad de los síntomas. Si bien es cierto que la evitación no es una estrategia de afrontamiento adecuada, el amor, la comprensión y la paciencia nos permitirán estar para la persona con depresión en un momento difícil, aunque solamente permita acercarnos a los bordes de sus fronteras.

Una persona con depresión puede llegar a usar palabras hirientes hacia sus seres queridos, teniendo en cuenta que en esta condición se presentan sentimientos de irritabilidad. Es posible que, incluso en aquellos momentos donde con palabras amables les recordamos cuán valiosas son, las personas con depresión insistan en sus defectos, en aquellos zonas grises de la vida que se colocan en primer plano y obstaculizan la observación de sus preciosas virtudes. Aunque la depresión es un trastorno del estado del ánimo, autores como Thomas Armstrong lo describen como el don del ánimo. Esto es algo que he logrado observar en mi praxis clínica y a través de la vida, y es que las personas con depresión suelen estar más dispuestas a escuchar a otros cuando se encuentran tristes, lo que las hace todavía más valiosas.

Cuando una persona con depresión se encuentra en sus días grises, es importante recordar que se va a sentir muy poco o nada motivada a llevar a cabo alguna actividad. Dependiendo del conocimiento que tengamos de ella, podemos invitarla a acompañarnos a dar un paseo, tener una conversación corta o llevar a cabo alguna tarea en el mismo espacio donde se encuentra. Si no desea permitirnos ingresar a su espacio, podemos recordarle que nuestra ayuda siempre estará ahí y que, en el momento en que lo desee y se sienta lista, la va a recibir.

Es muy importante recordar que no estamos hablando de depresivos, sino de personas con depresión. El diagnóstico no define a la persona. Ella es más que su condición. Es un ser humano capaz, que seguramente ha superado retos y adversidades a través de su vida, solamente que en los días grises le cuesta ver su potencial. Para ello, necesitamos recordar el poder de nuestro lenguaje, expresándole cuanto la amamos, haciendo énfasis en sus fortalezas y apelando a aquellos instantes donde se ha superado a sí misma para ayudarla a levantarse.

En conclusión, la depresión es real. Es a través de la manifestación del amor como podemos activar recursos internos y ayudar a nuestros padres, madres, hijos, esposos, amigos y otros seres queridos que presentan esta condición a movilizar los suyos. Apelemos a nuestra dimensión más humana para hacerlo, recordando que son personas con capacidades incluso en sus días más grises.