10 de agosto de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Verdad para la paz

Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
30 de junio de 2022
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
30 de junio de 2022

El conflicto armado colombiano trasciende la cifra de 9.294.225 víctimas registradas históricamente, según la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV). Cada uno de estos números constituye una historia de vida personal, familiar y social fragmentada por el horror de la guerra. Durante la presentación del informe final de la Comisión de la Verdad el pasado 28 de junio, donde el presidente Iván Duque fue el gran ausente, esta cifra se queda corta. Como lo afirmó el sacerdote Francisco de Roux Rengifo, presidente de esta Comisión, la lista de víctimas del conflicto armado es interminable, tal como el dolor es enorme.

En otras ocasiones he escrito acerca de las víctimas del conflicto armado, a quienes en mi trabajo de grado de maestría describí como sobrevivientes. Más que hacer hincapié en el conflicto armado en sí mismo, en esta columna quiero resaltar la humanidad y los otros factores que contribuyen a la paz, como el acceso a servicios que dignifican la vida de las personas víctimas.

Personalmente, admiro la resiliencia, la fortaleza, el empoderamiento y la capacidad de construir una auténtica verdad para la paz por parte de las víctimas. Una de mis actividades laborales es con esta población. Tanto aprendo cada día de ellos que hasta olvido que estoy trabajando. A través de sus historias, he llegado a la conclusión de que no hay una persona más capaz de encontrar un sentido de vida a pesar del sufrimiento que una víctima del conflicto armado. Esto lo he observado especialmente en mujeres que, después de haber perdido a sus esposos, sacaron adelante a sus hijos en ciudades desconocidas para ellas, mientras ayudaban a otras mujeres en circunstancias similares a no desfallecer y a generar emprendimientos juntas.

El deseo de albergar una esperanza para nuestra nación rota por el flagelo de la guerra, como lo expresó de Roux Rengifo, nos demuestra cuánto necesitamos saber la verdad para construir una paz duradera. Son las familias de las personas asesinadas y desaparecidas quienes más precisan y merecen saber lo que realmente ha ocurrido en el contexto de la violencia. El esclarecimiento de los hechos es una cuestión importante para elaborar un proceso de duelo. Si bien muchas víctimas han tenido la fortaleza para sobrellevar el dolor pese a que no conocen el paradero de sus seres queridos, saber la verdad favorece el proceso de recuperación psíquica.

Otro aspecto fundamental es que muchas de las víctimas que deben estar en el eje de los procesos de verdad, justicia, reparación y no repetición, no tiene cubiertas algunas de sus necesidades básicas, como una vivienda propia y digna. Numerosas familias que han sido despojadas de sus tierras residen en zonas de alto riesgo, donde han invadido terrenos al no contar con un lugar para vivir. Por esta razón, el silencioso grito de las víctimas constituye un llamado al Estado, desde el cual se requieren acciones inmediatas que dignifiquen sus vidas y les permitan no repetir los espirales, no solo de violencia, sino también de pobreza y desigualdad a los que se enfrentan.

La verdad para la paz es una construcción colectiva. Como se expuso en el informe final de la Comisión de la Verdad, es la humanización la que debe constituir el centro de las intervenciones en torno a las víctimas del conflicto armado en Colombia. La paz es el resultado de un proceso previo de perdón y reconciliación, el cual se logra cuando todos los actores participan y se comprometen a construir una realidad diferente. Esto también incluye al Estado, sobre el cual recae no solamente una responsabilidad en términos normativos y jurídicos, sino también un deber desde la misma humanidad, no olvidando las memorias de sus pueblos.