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Libros Julio Verne, La jornada de un periodista americano en 2889 (Gadir)

30 de junio de 2022
30 de junio de 2022

 

Libros
Julio Verne. Imagen tomada de ABC.

Redactor:
Darío Jaramillo Agudelo

La jornada de un periodista americano en 2889 se publicó en 1896, pero estimo que fue escrito por Julio Verne (1828-1905) mil años antes de que ocurra la jornada que cuenta, hacia 1889. Ha pasado apenas la quinta parte de ese plazo y ya algunas de las previsiones de Verne son ya realidad cotidiana. Como el prodigioso aparato –desconocido por completo en los años de Verne– que aparece al inicio de la jornada de Francis Bennett, el protagonista de esta narración. Él está en Estados Unidos y su esposa en París. Él pone “en funcionamiento su fonoteléfono, cuyos hilos llegan a la mansión que posee en los Campos Elíseos. El teléfono complementado por el telefoto, ¡una conquista más de nuestra época! (…), precioso descubrimiento, a cuyo inventor Francis Bennett no fue el único en bendecir aquella mañana, cuando vio a su mujer, reproducida en un espejo telefótico, a pesar de la enorme distancia que los separaba”. Ya para nosotros, arrogantes sobrevivientes –hasta ahora– de una peste, semejante prodigio es ya una rutina que cambió otras rutinas. El Julio Verne que todos llevamos dentro me dice que me prepare para cuando el fonoteléfono –que no necesita hilos– venga acompañado con los olores del lugar de donde llamen… Podría llamarse ‘odofonoteléfono’…

La narración vernesca, traducida por Javier Santillán y acompañada con ilustraciones de Marco Morán, comienza con un piadoso recuerdo de lo que pasaba hace un milenio: “los hombres del siglo XXIX viven en medio de una magia permanente, sin que parezcan darse cuenta (…) Si lo comparasen con el pasado, apreciarían mejor lo que es nuestra civilización, y se darían cuenta del camino que ha recorrido. ¡Cuánto más admirables les parecerían nuestras ciudades modernas, con calles de cien metros de ancho, casas de trescientos metros de alto, con la temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches y aerobuses! (…) ¿qué eran aquellos pueblos, aquellas aldeas de hace mil años, París, Londres, Berlín, Nueva York, poblachos mal ventilados y embarrados, donde circulaban cajas renqueantes arrastradas por caballos, ¡sí, caballos! ¡Es como para no creerlo!”.

Después de semejante introito, la escena se sitúa en el despacho de Bennett, el periódico que heredó, el Earth Herald, y que él ha renovado gracias a los avances técnicos. Bennett revitalizó el antiguo periódico cuando lanzó el periodismo telefónico: “todas las mañanas, en lugar de ser impreso, como en los tiempos antiguos, el Earth Herald es ‘hablado’: a través de una rápida conversación con un reportero, un político o un científico, los suscriptores se enteran de lo que puede interesarles. En cuanto a los compradores diarios, como se sabe, por unos pocos céntimos conocen la edición del día en las innumerables cabinas fonográficas”. Sí, como todos ustedes saben, “en pocos meses su clientela alcanzó los ochenta y cinco millones de suscriptores, y la fortuna del director fue creciendo hasta los treinta mil millones, y desde entonces ha crecido mucho”.

La jornada del periodista tiene fecha exacta. Todo ocurre el 25 de julio de 2890. Como ya les conté, comienza con la telellamada de Bennett a su mujer, que está en París comprando sombreros. Después de colgar, Francis Bennett “salta con rapidez de su lecho y entra en su vestidor mecánico. Dos minutos después, sin haber recurrido a la ayuda de ningún mayordomo, la máquina lo depositaba, lavado, peinado, calzado, vestido y abotonado de arriba abajo, en el umbral de sus oficinas”.

¿Dónde comienza Bennett su ronda cotidiana? ¿En cuál rincón de este edificio, “construcción de cuatro fachadas cada una de las cuales mide tres kilómetros”, se sitúa de entrada? No me lo creerá ningún novelista del presente, ni ningún graduado de escrituras creativas y recreativas: “Fue en la sala de novelistas-folletinistas donde Francis Bennett entró en primer lugar (…). En un rincón, diversos aparatos telefónicos a través de los cuales los cien literatos del Earth Herald narraban cien capítulos de cien novelas a un público enardecido”. Bennett felicita a uno de los novelistas: “¡Nunca se han pintado mejor las costumbres campesinas! ¡Siga así, mi querido Archibald! ¡Ánimo! ¡Diez mil nuevos abonados, desde ayer, gracias a usted!”. Luego regaña a otro: “no es con una pluma como se escribe en esta época, sino con un bisturí. Cada acción en la vida real es el resultado de pensamientos fugitivos y sucesivos, que hay que enumerar con esmero para crear un ser vivo. Y qué más fácil que servirse del hipnotismo eléctrico, que desdobla al hombre y separa sus dos personalidades (…). Imite a su colega a quien acabo de felicitar. Hágase hipnotizar”.

Luego Bennett pasa a la sala de redacción; son mil quinientos reporteros. Se dirige adonde están los dedicados a la ciencia, entre ellos, “inclinados sobre sus calculadoras, treinta científicos estaban absortos en ecuaciones de nonagésimo quinto grado. Algunos disfrutaban incluso entre fórmulas del infinito algebraico y del espacio de veinticuatro dimensiones”. Hay una discusión sobre si en la luna hay habitantes. Está el problema del otro lado de la luna. Raro, digo yo, que en el siglo XXIX no se conozca, pero en todo caso, estamos en el momento preciso en que se vislumbra un principio de solución proveniente, por supuesto, de Bennett. “Hay un medio muy sencillo para cerciorarse de ello… (…) ¡Darle la vuelta a la luna!”. Ese mismo día, “los sabios de la fábrica Bennett comenzaron a proyectar los medios mecánicos para lograr darle la vuelta a nuestro satélite”.

Pasa a otros lados de la sala. Los encargados de la crónica roja le informan sobre un asesino que está en juicio. Han entrevistado a los jurados y “están de acuerdo en la culpabilidad, de manera que ni siquiera volverán a ver el caso. El acusado será ejecutado antes de haber sido condenado…”.

La publicidad del Earth Herald produce tres millones de dólares diarios. “Una parte de la publicidad se difundía de una forma absolutamente novedosa, debida a una patente comprada al precio de tres dólares a un pobre diablo que desde entonces se muere de hambre. Son inmensos carteles, reflejados por las nubes, y cuya dimensión es tal que se pueden ver en una comarca entera. Desde esta galería, mil proyectores se ocupaban sin cesar de enviar esos anuncios desmesurados a las nubes, que los reproducían a color”. “Pero ese 25 de julio de 2890 todos los operarios estaban de brazos cruzados, sin nada que hacer. El cielo era solo azul, sin nubes”. No sin cierto dolor de bolsillo, el señor Bennett ordenó que los científicos se ocupen de mantener una provisión de nubes.

La jornada continúa con Bennett recibiendo embajadores. El de Gran Bretaña viene a pedir apoyo para protestar por la anexión a los Estados Unidos. Bennett le replica que la Gran Bretaña es parte de Estados Unidos desde hace ciento cincuenta años. Que se tienen que acostumbrar.

Después Bennnett almuerza con su esposa, cada uno en un lado distinto del Atlántico. Ahí nos enteramos de que “como todas las personas acomodadas de nuestra época, Bennett ha renunciado a la cocina doméstica [y] es uno de los abonados de la gran Sociedad de Alimentación a Domicilio. Esta sociedad distribuye mediante una red de tubos neumáticos manjares de toda clase”.

Por la tarde, resumo, irá a la fábrica del Niágara, donde produce energía, luego se reúne con inventores que quieren que les patrocine proyectos. ¡Bennett es una máquina de producir dinero! El día terminará ante un aparato parecido a un piano, que totaliza las ganancias y que le informará que ese 25 de julio de 2890 son doscientos cincuenta mil dólares, cincuenta mil más que la víspera. “¡Buen oficio, el de periodista a finales del siglo XXIX!”.

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Diccionadario

“Gracias al uso del lenguaje advertí que podía dar existencia a Dios con la escritura”. Nick Cave.

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):

Aristórtoles: filósofo aficionado a las tortas.
Tictacdura: la dictadura del reloj.
Aletismo: deporte que se practica con aletas.