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Francisco de Roux, el apóstol de la paz y la verdad en Colombia

25 de junio de 2022
25 de junio de 2022

Jaime Ortega Carrascal

Bogotá, 25 jun (EFE).- La búsqueda incesante de la paz y la justicia social ha guiado la vida de Francisco de Roux, el sacerdote jesuita que preside la Comisión de la Verdad con la que Colombia intenta encontrar los patrones y causas de su conflicto armado para evitar que se repita.

El nombre del padre De Roux está íntimamente ligado a la defensa de los derechos humanos en Colombia, un apostolado que le ha costado odios y amenazas, pero también el reconocimiento y la esperanza de un país que quiere empezar a pasar la oscura página de la violencia con el informe que la Comisión divulgará el próximo martes.

Francisco José de Roux Rengifo nació el 5 de julio de 1943 en una familia aristocrática de Cali, capital del departamento del Valle del Cauca, y entre siete hermanos dedicados a la política, la cultura, el derecho y las empresas, fue el único con vocación religiosa, un llamado que recibió cuando acababa de cumplir los 16 años.

Para poner en práctica esa vocación «al servicio de la fe y de la promoción de la justicia», De Roux ingresó en la Compañía de Jesús, estudió Filosofía y Letras y Teología en la Universidad Javeriana y fue ordenado sacerdote en 1975.

Hizo además una maestría en Economía en la Universidad de los Andes y su ambición académica lo llevó también a universidades europeas como la London School of Economics, donde hizo otra una maestría, y la Universidad Sorbona de París, donde obtuvo un doctorado en Economía.

COMPROMISO SOCIAL

En 1982 comenzó a trabajar como investigador del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), una fundación sin ánimo de lucro creada en 1972 por los jesuitas «con una mirada crítica y alternativa de la realidad colombiana».

Como investigador del Cinep, donde estuvo hasta 1986, De Roux pudo desarrollar su preferencia por los excluidos y las víctimas; al año siguiente asumió la dirección del Programa por la Paz de la Compañía de Jesús y la del Cinep, y en 2008 fue nombrado provincial de los jesuitas en Colombia.

«La inmensa mayoría de nosotros estamos convencidos de la necesidad de cambios muy profundos dentro de la sociedad colombiana para que haya respeto por la dignidad de todo el mundo, para que haya verdadera democracia, para que dejemos de ser uno de los países más corruptos, inequitativos e impunes del mundo», dijo en una entrevista con Efe en 2016 sobre el compromiso social de la Iglesia.

Su lucha por la paz, la justicia y la dignidad de los que sufren lo llevó a crear en 1995 la Corporación Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (CDPMM) y el primer laboratorio de paz de Colombia, un programa que articula el trabajo de la iglesia, la empresa, los Gobiernos locales y las organizaciones sociales, e introdujo en el país el concepto de responsabilidad social empresarial.

La CDPMM desarrolla su trabajo en municipios de los departamentos de Antioquia, Bolívar, Cesar y Santander bañados por el curso medio del río Magdalena, el principal de Colombia, una región que a pesar de sus riquezas naturales tiene una población con altos índices de pobreza y ha sido golpeada por la violencia de guerrilleros y paramilitares.

RIESGOS EN LA MISIÓN

El padre De Roux ha recorrido los lugares más lejanos y olvidados de la geografía colombiana, bien sea en un vehículo, a pie, en canoa o a lomo de mula, para escuchar los problemas de los excluidos o incluso para mediar en la liberación de secuestrados por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Su misión y su neutralidad lo exponen a numerosos riesgos y criticas porque incomoda. Cuando visitaba con frecuencia el Magdalena Medio, fue retenido varias veces por militares o por guerrilleros del ELN que en una ocasión lo sometieron a un juicio y estuvieron a punto de fusilarlo, como él mismo cuenta.

No tuvieron la misma suerte 24 de sus amigos que fueron asesinados por su trabajo, una constante entre los defensores de los derechos humanos en el país, como la pareja formada por Mario Calderón y Elsa Alvarado, investigadores del Cinep que fueron asesinados el 19 de mayo de 1997 en Bogotá.

ESCUCHAR A TODOS

En sus recorridos para recoger testimonios para la Comisión de la Verdad no pudo contener su indignación al ver las «condiciones tan inhumanas» en que viven miles de habitantes de Buenaventura, el principal puerto sobre el Pacífico, y dijo que en el país deberían sentir «profunda vergüenza de ser colombianos» ante esa realidad.

En su búsqueda de la verdad ha escuchado los testimonios de víctimas, victimarios, empresarios, políticos, generales y expresidentes que comparecieron ante la Comisión de la Verdad a dar sus testimonios.

El único que no quiso asistir fue Álvaro Uribe (2002-2010), lo que no impidió que De Roux lo escuchara, para lo cual se desplazó hasta la hacienda El Ubérrimo, que el exmandatario tiene en el departamento caribeño de Córdoba, una reunión polémica por el trato casi desdeñoso que el expresidente dio al sacerdote.

Austero, sencillo y discreto, el padre De Roux es, a sus casi 79 años, un hombre atlético que corre 5 kilómetros diarios para mantenerse en forma.

Por su trabajo, De Roux ha recibido condecoraciones como el Premio Nacional de Paz en 2001, la medalla de Caballero de Honor de la Legión Francesa, la Orden del Sol Naciente del Gobierno de Japón y la Cruz de Oficial de la Orden de Isabel la Católica, que le otorgó en 2020 el Gobierno de España como un «referente ético» del país.

De Roux es autor de varios libros, entre los cuales destaca «La audacia de la paz imperfecta», un ensayo sobre la reconciliación escrito tras la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC.

Su trabajo al frente de la Comisión de la Verdad es la esperanza de una Colombia que quiere escudriñar su pasado violento para no repetirlo. EFE