6 de julio de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Yo, Nacho

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de mayo de 2022
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de mayo de 2022

Empezaré por el final, diciendo que mientras más conozco a los hombres más me quiero a mí. Y a los niños. Son mis fans. Cuando los cuatro nietos de mi familia se comunican con sus abuelos, primero preguntan por este pecho. Soy una persona más. A ver si la fauna de los adultos aprende..

Claro que no soy un perro para niños, porque ellos son más bien bruscos. Pero para los viejos soy la mejor compañía antes, en y después de la pandemia que les dio la casa por cárcel a más de siete mil millones de personas. Yo la he pasado bien. Claro que los vejestorios con los que comparto apartamento, poco le jalan a la lúdica conmigo. Me las tengo que apañar.

Soy chihuahua de profesión y los hay que dicen que soy originario de China y que llegué en chalupa a América a través del estrecho de Bering. Por allá como que entró todo.

Si soy de donde se originó el bicho que le dio al mundo la casa por cárcel, tendré que admitir que los ojos se me occidentalizaron atravesando el charco.

Para otros biógrafos de pacotilla mi origen estaría en el estado mexicano de Chihuahua, donde hace siglos crecíamos silvestres. Le caímos tan en gracia a los habitantes de la región que coartaron nuestra libertad y nos domesticaron. Ahí está pintado el bobo sapiens.

Yo soy yo, mis ojos brotados y mis orejas como antenas. No lean mis labios, como dicen los políticos, lean mi cola. Ahí almaceno toda la información. Con mi sentido del olfato me las podría arreglar.

Entrado en gastos diré que soy un perro faldero que se dedica a eso, a ser faldero, a pasarla rico, bueno, dentro del presupuesto de una familia de estrato cuatro, más cerca del tres que del cinco. El sitio que más me gusta para estar es entre las piernas de mis mascotas de carne y hueso. Aunque ellos creen que es el contrario.  Dejémoslos que se coman su cuento.

Somos lo que llaman un animal de compañía. Leales por inercia.  La pareja de ‘septuagenials’ que paga todo en casa, me bautizó Nacho por su afición a ese plato mexicano. Poco originales.

Marco tendencia en parques, calles, restaurantes, aeropuertos, taxis. Soy una pequeña obra de arte del diseño. Estoy lleno de detalles. Mírenme bien. Mi color café es de todos los colores, como dice un poeta del sur, hablando del verde colombiano.

Con razón la gente chorrea la baba cuando salgo a la pasarela. Las cajeras de los supermercados por poco se equivocan haciendo la cuenta por distraerse conmigo.  ‘Al mundo le falta un tornillo’, palabra que sí. Lo digo porque la gente me habla, me sonríe. Cualquier perico de los palotes me acaricia, me pregunta cómo me llamo, dónde vivo, si creo en Dios, si soy chihuahua puro, si tengo amante.

Indagan si ya bajé bandera, sexualmente hablando. No, no he bajado bandera. Y en casa piensan caparme dizque a ver si dejo de mear en todas partes. No meo, marco territorio. ¡Qué abundancia de escasez de inteligencia!, como dice mi paisano Cantinflas.

Ojalá me gastaran en coach canino, piramidal, ontológico y odontológico ante de someterme al bisturí. No pido que me traigan a César Millán, el costoso encantador de perros, pero me lo merezco.  Me contentaría con un coach de dos pesos que tenga mejores ideas que volverme eunuco. La capada la entiendo como un suicidio en primavera. Así paga el diablo a quien bien le sirve.

A mis fans las trama mi estatura. Se resisten a creer que haya perros mínimos como un salario. No soy pequeño, soy así, de la misma forma que tampoco hay elefantes bonsáis.

“Tan linda” dicen algunos despistados. Falso positivo, soy un varón, no se me han trocado los cables, ni se me mojó la canoa. Pilas.

Los mismos perros me ven en el parque y ponen cara de Subuso. No pueden entender que tengan colegas como yo.

A veces la señora de casa me saca en el bolso copiándose de la desheredada Paris Hilton. De los siete pecados capitales solo tengo un pecado, la envidia: añoro la comida del perro de la desheredada flacuchenta gringa.

Solo varío el menú cuando mis mascotas de dos pies dejar caer alguna migaja cuando comen. Menos mal, por su edad, se les está olvidando comer y riegan que da miedo.  Sobre todo al tipo.

Me sacan la piedra las visitas al veterinario. Me empaca toda clase de menjurjes.

Me alivia de lo que no estoy enfermo. Y, al contrario.

Mientras me operan, interesadas en volver hilachas mi virginidad, favor pasar hojas de vida. Con saldo bancario incluido. El proletariado no es mi fuerte. No soy arribista, pero espero el currículo de la chihuahua de París.

Por lo pronto, en casa me compraron novia de peluche para que haga la primaria sexual con ella. No hubo amor a primera vista, pero poco a poco he ido cayendo en las redes de Yiya, como la bautizaron en memoria de la french poodle que me antecedió. Dejó un vacío hasta raro.

Y ya p’irnos: Menos mal el hombre va tomando la cara de su mascota y no al revés. De la que me salvé.