23 de mayo de 2022
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Terruñear

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
13 de mayo de 2022
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
13 de mayo de 2022

Estoy seguro de que en las pláticas conducidas por Sir Bernardo Hoyos, hombre fuerte de San Rosa de Osos, Antioquia, en las Europas, para desastrasarse de saudades y mantener el polo la tierra con las piedras del fogón montañero, en el manual para alborotar nostalgias figuraba la conjugación de verbos como terruñear o puebliar. Son dos verbos siameses que se utilizan para describir lo que se puede encontrar en el lento andareguiar. Porque es artículo de fe que muchos llevamos un espermatozoide trotamundos en nuestro árbol genealógico.

Hoyos y su culecada de nostálgicos seguramente concluyeron en su momento que terruñear, por ejemplo, es tocar piano o braille con los dedos de los pies sobre el tablado del Puente de Occidente, construido por José María Villa, con el Cauca Río a los pies.

 Puebliar es ir de paseo de olla, pelota de números y pantaloneta en la cabeza, a bañarse en charcos de Cocorná, o en La Ceja, vereda San Rafael, en quebradas tan titinas que provoca adoptarlas de una.

 Es irse a parroquias como Montebello, mi pueblo natal, donde si a usted no le  gusta un arcoiris se lo cambalachean por otro, y le dan de ñapa los mejores aguacates del mundo.

 Puebliar es visitar esa acuarela llamada Versalles, abajo del alto de Minas, donde en las tardes con arreboles a Dios se le sale el Van Gogh que lleva por dentro.

 Es tomar postrera de vaca topa (sin cachos), directamente de la vaca a la boca, acompañada de arepas de pelao como las que preparan las solteras hermanitas González de San Rafael.

 Terruñear es tutearse en el kiosco de la plaza de El Retiro con «Chamizo», dueño de la única guardería para boas que hay en el mundo. No sé el motivo, pero la boa preferida de “Chamizo” se llama Margarita, el mismo nombre de su mujer…

 Terruñear es descubrir en alguna romántico-etílico-gastronómico-musical Vuelta a Oriente, que los poetas terminan pareciéndose a sus versos. Lo supe al toparme con mi exprofesor de literatura en el bachillerato.

 Imposible terruñear sin visitar la casa-museo de Fernando González en Envigad,l la tierra del amor, de la morcilla.

 En Bolombolo, «país exótico y no nada utópico en absoluto», venden el borojó que bebía la degreiffiana Rosa de Bolombolo, la del sutil estrabismo, antes de volverse “mármol móvil en la móvil hamaca”.

 Deberían pagar cana (cárcel) quienes no han disfrutado de los atardeceres y amaneceres del suroeste antioqueño.

 En Santa Bárbara, tierra de mis abuelos paternos, Carlitos y Amalia, nacida en Jericó, el menú diario todavía incluye tragos, desayuno, mediamañana, almuerzo, algo, comida y merienda…

 Si necesita una dirección en Jericó, encuéntrese con misiá Inés Mejía. Ella solita hace por Tola y Maruja y La Zaranda juntos. Es tan buena cachadora que se hace visita a ella misma. Eso sí: no se deja tomar vistas o retratos «porque soy muy mala fotogénica». Tiene una marca mundial que está capando Guinness Record: sólo se casa con viudos. Lleva tres a cuestas. Y no le gustan los número impares.

 «No quiero ser el más rico del cementerio», le oímos decir a don Lubín, un campesino feliz de San Vicente. Con su metáfora quería significar que rúcanos (billete) que se gana, rúcanos que se derrite.

 «En el campo nadie se enferma del apetito», nos dijo una frágil campesina de Las Palmas, al oriente de Medellín, mientras voltiaba arepas pequeñas y redondas de las que se consumen al almuerzo y a la comida.

 En Envigado, en un convento de clausura del Barrio Mesa, tres cuadras arriba del Bar Atlenal, monjitas perplejas producen los mejores bizcochuelos del mundo. Pregunten por mi amiga Sor Margarita ,la abadesa, nacida en San Pedro. En un descuido de su Ángel de la Guarda (¿o sería de Dios?) Madre Margarita perdió la falangeta de su mano derecha cuando manipulaba la máquina de hacer hostias. La receta de los bizcochuelos le fue dictada directamente por el Espíritu Santo.

Y colorín colorado… este cuento seguirá…