27 de mayo de 2022
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Leviatán de Papel

13 de mayo de 2022
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
13 de mayo de 2022

Engorroso, dispendioso, mortificante son calificativos benignos a la experiencia de adelantar un trámite ante la administración pública para obtener licencia de remodelación, permiso de obra urgente en el cauce de un río, autorización de hospitalización, o hasta el pago de impuestos.

Esa es la burocracia, término del que el diccionario de la RAE ofrece tres acepciones. Una de carga negativa, la del manejo usual y peyorativo de la palabra, la que hace espejo de la atmósfera pensante, absurda, indescifrable que abruma a K., protagonista de El Castillo  de Kafka. Otra positiva, la del sentido original, el equipo humano que racionaliza las actividades del Estado en orden a prestar un buen servicio, como la idealizó Weber. Y tercera,  la que la identifica con la clase social que conforman los funcionarios, la que hace posible que en lugar de ser ellos los servidores, sea la Administración la que les sirve a ellos.

La burocracia es  buen ejemplo para ilustrar cómo una buena idea puede terminar, en casos, en engendros. Fue concebida para arropar con seguridad a los ciudadanos, solucionarles necesidades, y cobrarles impuestos. Difícilmente se mantiene fiel a ese destino. Acemoğlu y Robinson, en su libro Pasillo Estrecho, hacen una monumental demostración histórica y geográfica de cómo esa burocracia, bajo la figura del Leviatán, según sea su evolución, es la clave para diferenciar Estados. La sociedad que lo ha encadenado, que lo tiene bajo control, es la que está en el Pasillo. Es el Estado democrático. La que se ancló y dejó que el Leviatán lo devorara, es Estado despótico. Y las que no pudieron construirlo, los Tiv, comunidad africana, en la que el chamán resuelve los problemas, es la del Leviatán ausente.

Para los Estados hijos del colonialismo hispánico, -Argentina y Colombia son los casos de estudio-, crean otra categoría, el Leviatán de papel, ineficiente y despótico, combinación de los vicios de los otros Leviatanes.

Los grupos criollos de poder quedaron signados desde la Colonia, limitados a perpetuar un estado de cosas de las que sacan provecho, con aversión al cambio y temor visceral por la movilización social, la que aplastan con decisión.

La tesis sobre Colombia la apoyan en investigaciones sobre el terreno, con copartícipes colombianos, toman distintos aspectos de nuestra realidad para apuntalar la tesis de que nuestra burocracia es ajena a la construcción de un Estado moderno, y a quienes la controlan, les basta  su languidez, la suficiente para extraer beneficios.

Mencionemos sólo dos perlas de la que traen Acemoğlu y Robinson. La incapacidad del Estado Colombiano de construir carreteras y el beneficio de mantener el país convenientemente fragmentado. Seguimos siendo, hoy, un país de regiones, sin comunicación transversal, aisladas.  La ineptitud de un país de baldíos para resolver el problema de tierras. Según las leyes, la burocracia la debe entregar a los campesinos en unidades agrícolas de moderada extensión. Pero por arte de magia -leyes deliberadamente imperfectas, e ingeniosas acomodaciones interpretativas- la burocracia con apoyo de la reconocida firma de Abogados Brigard y Urrutia, entregaron esas tierras, en extensiones sin cuento, a Riopaila Castilla y a Sarmiento Angulo

La visión extranjera nos libera de las cegueras que produce la rutina, que nos esconde anomalías. El atraso vial, no es una consecuencia inevitable de intratables cordilleras; la cultura del ventajoso no es otra cosa que un engaño a la ley.

No quedó consignada en esta edición del Pasillo Estrecho, seguro en la próxima sí,  la vergonzosa contribución colombiana a la teoría política del Leviatán de Papel, de los Falsos Positivos,  la captura de la burocracia por los círculos de poder, para ponerla a su servicio, pervirtiendo su misión, valiéndose de  su aparente legalidad para corroer los cimientos del Estado.

Ninguna actuación puede compararse en crueldad, perfidia y degradación con los Falsos Positivos. En algunas de las declaraciones de los militares que aceptaron los cargos ante la JEP, dicen que sus víctimas eran campesinos indefensos, que nada temían del ejército porque nada debían. Se dejaban llevar sin saber que eran presas capturadas, no oponían resistencia a una burocracia que actuaba con el uniforme de la ley, y lo que menos podían esperar era que ella, que se erigió para defender a la sociedad del ataque de organizaciones delincuenciales, fuera una banda criminal, así la llamó uno de los oficiales ante los mismos estrados. El Coronel Herrera confesó, que nosotros “que portábamos el uniforme militar con la misionalidad de proteger la vida de nuestros ciudadanos terminamos usando las armas de la República para vulnerarles la vida.”

Aquí opera la peor clase de Leviatán. Una burocracia armada, pensada para mantener el orden social y que ha sido históricamente inoperante. No otra afirmación puede hacerse del  Estado colombiano que no ha cumplido con la condición básica de tener el monopolio de las armas, las que ha compartido con la guerrilla -fue la más longeva de América Latina- y no tiene el control del territorio, en el que las bandas criminales pueden declarar un efectivo paro en ochenta municipios. Son muchas las explicaciones y entre ellas caben, no por mera especulación, han sido materia de investigación y condena judicial. La ausencia de interés en someter las organizaciones del crimen, ya sea porque hay oficiales en las nóminas de estos, o porque los comandantes hacen alianzas, ocultos acuerdos de no hacerse daños o colaborar frente a un enemigo común. O simplemente por confortable negligencia hacen el trabajo a medias, mirando para otro lado, y dejando que ellos impongan la ley, por lo que las autoridades eclesiásticas en el Chocó se quejan

Y esta distorsionada burocracia da un paso al abismo.  Por iniciativa propia y a cambio de ínfimos beneficios personales -días de permiso, cartas de felicitación-, se hunde en    degradación, con actos de ignominia, de total desprecio por la dignidad humana, los de tomar la vida de jóvenes campesinos y jóvenes desempleados, para hacerlos valer como trofeos, como cifras de éxito de la política de Seguridad Ciudadana.