6 de julio de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Las víctimas de la violencia: con su sufrimiento a cuestas

19 de mayo de 2022
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
19 de mayo de 2022

Todos lloramos la pérdida de un ser querido. Y, más, si muere en circunstancias violentas. No es el mismo el dolor que produce en el alma la muerte por enfermedad natural de alguien que lleva nuestra sangre, al que nos produce si pierde la vida en un accidente. Pero es más duro todavía cuando es asesinado, cegada su vida por un disparo o por heridas causadas con arma contundente: un machete, un cuchillo o un objeto pesado sobre la cabeza. En la época de la violencia partidista, esa que se desato en 1946 por la pérdida del poder del Partido liberal ante el triunfo del Partido Conservador, que se agudizó con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948, miles de colombianos vieron morir a sus seres queridos por el simple hecho de profesar una ideología política.

Desde los tiempos de la Guerra de los Mil Días (17 de octubre de 1899 – 21 de noviembre de 1902) Colombia ha vivido un rosario de muertes violentas. Esta guerra, desatada por el deseo de Miguel Antonio Caro de regresar al poder, que según los historiadores dejo cien mil muertos, no tuvo ribetes tan tristes como la de la década del cincuenta del siglo pasado. Esta última originó desplazamientos, abandono de fincas, huida de familias enteras y, sobre todo, asesinatos execrables. Se puso de moda el famoso corte de franela, que consistía en cortar la garganta de la víctima en forma horizontal para sacarle por ahí la lengua, dejándola a la vista. Nuestra literatura está llena de referencias a este periodo aciago de nuestra historia. Mas de ochenta novelas se han escrito en Colombia sobre el tema.

El recuerdo de cómo en la época de la violencia mataban a ciudadanos indefensos viene a la memoria para hablar sobre el sufrimiento de las víctimas. Esto debido a lo que se está revelando en la JEP sobre los asesinatos cometidos por la guerrilla de las Farc en todo el territorio nacional. También a las audiencias en Justicia y Paz donde los paramilitares han contado sobre su responsabilidad en masacres y asesinatos selectivos. Los vejámenes a seres humanos que se han revelado en estas instancias erizan la piel. Es que uno no concibe cómo pueden existir personas capaces de matar a otro en forma cruel. La desmembración de los cuerpos con una motosierra es la expresión máxima de la brutalidad a que llegaron los paramilitares para acabar con la vida de la gente.

No debe ser fácil para las víctimas encontrarse frente a frente con quienes dispusieron de la vida de sus seres queridos. La rabia en el alma debe ser grande al ver a quien torturó y mató a un padre, a un hermano, a un esposo o a un hijo. No me imagino las cosas que quisieran decirle a quienes los arrancaron de sus vidas, terminando con su existencia. Pienso que deben contenerse para no expresar con dolor en el alma lo que sintieron cuando vieron a los suyos tirados en un camino, víctimas de un balazo. O cuando se enteraron de que el padre fue descuartizado con una motosierra. O cuando supieron que el cuerpo de un hijo fue lanzado a un rio. O cuando recibieron la noticia de que con la cabeza del esposo jugaron futbol en el parque de un pueblo.

Lo que se ha escuchado sobre el horror que ha vivido Colombia por culpa de los grupos armados en escenarios como la JEP y Justicia y Paz son historias que conmueven. No otra cosa puede decirse cuando se conocen testimonios como el de una señora de El Salado: “A mi hija la violaron cuatro tipos armados, dentro de la casa. Luego la sacaron, y como protestó al ver que mataban de dos disparos a un vecino le dijeron quédese callada. No lo hizo, y enseguida le dispararon”. Los paramilitares se tomaron ese pueblo entre el 16 y el 21 de febrero del año 2000. Asesinaron a sesenta personas en estado de indefensión. A varias les cortaron la cabeza, frente a los pobladores. La gente abandonó el poblado. Regresaron años después para encontrarse con un pueblo desolado.

Las víctimas de la violencia llevan su sufrimiento a cuestas. Hay mujeres que todavía están esperanzadas en el regreso de un esposo que desapareció sin dejar huella, madres que imploran para que les digan en dónde fueron enterrados los cuerpos de sus hijos, padres que recuerdan cómo sacaron de la casa a sus muchachos para llevárselos al monte. Todas tienen ese dolor acumulado en el alma. Y esperan saber la verdad. Les duele que sus hijos hayan sido sacados de sus pueblos con falsos ofrecimientos para luego aparecer asesinados en regiones distantes, vistiendo camuflados y con un arma en la mano, señalados de formar parte de un grupo armado. Uno advierte en ese dolor de las victimas la esperanza de que su sufrimiento termine. La mayoría está dispuesta a perdonar.  Solo esperan limpiar el nombre de sus seres queridos.