6 de julio de 2022
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

George Eliot, Middlemarch (Debolsillo).-

28 de mayo de 2022
28 de mayo de 2022

Apuntes y subrayados, d.j.a.

Mary Ann Evans.- Mary Ann Evans es más conocida hoy por el nombre literario que ella misma se puso hacia 1856 pensando que un seudónimo masculino haría que la tomaran en serio: George Eliot (1819-1880). Viviendo en regiones rurales, en donde nació, desde muy niña le apasionaron los libros. Cuando vivía en Coventry se interesó por el librepensamiento y tradujo la Ética de Spinoza y La esencia del cristianismo de Feuerbach, informa la simpar Wikipedia que, además, añade que “sabía latín, griego, alemán y algo de italiano y francés” y que mantuvo contacto intelectual directo con Stuart Mill y con Herbert Spencer. Para decirlo con un término coloquial, George Eliot era una tesa. Tras un viaje por Europa, en 1850 comenzó a escribir notas para la Westminster Review, la revista fundada por Jeremías Bentham, donde trabajaría después de tiempo completo y llegaría a subdirectora.

Además de que sus pensamientos religiosos y políticos eran completamente heterodoxos para la Inglaterra victoriana, también su comportamiento personal lo fue. Se hizo pareja de un intelectual colaborador de la Westminster Review, George Henry Lewes, quien era casado y con hijos. Esta relación comenzó en 1851 siendo secreta perco tres años después, a partir de un viaje, llevaron su vida matrimonial –sin ceremonia y con ‘otra’– de manera pública hasta la muerte de Lewes, ocurrida en 1878.

“La mejor novela escrita en inglés”.- Su primera novela apareció en 1859. De entre las primeras narraciones que publicó destaco El molino del Floss. En 1872 se publicó Middlemarch, su novela más favorecida por la crítica y por la opinión de grandes escritores: en una carta de Emily Dickinson a sus primas dice en 1873: “¿Qué pienso de Middlemarch? ¿Qué pienso de la gloria excepto que en algunos casos esta mortal [George Eliot] ya se ha vestido de inmortalidad? George Eliot fue una de ellas. Los misterios de la naturaleza humana superan los ‘misterios de la redención’, porque el infinito solo lo suponemos, mientras vemos lo finito”. Por su parte, Virginia Woolf pensaba que Middlemarch es “un libro magnífico que es, con todas sus imperfecciones, una de las pocas novelas inglesas escritas para adultos”.

Más recientemente, en 2007, cuenta doña Wikipedia que “un libro llamado The Top Ten (editado por J. Peder Zane) colocaba a Middlemarch en el número diez de su lista de Los 10 mejores libros de todos los tiempos, basándose en las votaciones de 125 escritores”. Poco después, en 2010, Martin Amis fue más allá y, después de decir que las mujeres “han creado la mejor literatura que se ha hecho nunca en lengua inglesa”, afirmó sin ambages que la mejor novela escrita en esa lengua es Middlemarch, juicio que comparte Julian Barnes.

“Un estudio de la vida en provincias”.- Middlemarch tiene originalmente un subtítulo que informa con precisión que se trata de eso, de “un estudio de la vida en provincias”. La edición que leí, traducida por José Luis López Muñoz, tiene 1122 páginas que el lector gozoso no quiere que se le acaben. Middlemarch es el nombre del lugar de la Inglaterra profunda y la novela trascurre, aproximadamente, entre 1825 y 1830 y pico. Los principales debates políticos y los más relevantes sucesos de época aparecen de diversas maneras. Se menciona que, por esos años, muchos operarios de telares seguían destruyéndolos en protesta por el régimen eslavista de su trabajo (el tema lo trata La cólera de Ludd, ver Gozar Leyendo # 36, espichando aquí).

Posiblemente las relaciones entre los sexos en esa época, como verán, eran muy diferentes a como son doscientos años después, pero algunas posiciones políticas de entonces parecen pertinentes para los tiempos que corren. Dice Dorothea: “creo que no tenemos derecho a presentarnos ante el mundo exigiendo grandes mejoras hasta que no hayamos tratado de corregir los males que están al alcance de nuestra mano”. Y dice un interlocutor suyo (hablando para estos tiempos, creo): “en este mundo estúpido la mayor parte de la gente no considera que algo merezca la pena, a no ser que lo hagan personas de su camarilla”. Ese mismo personaje dice más adelante: “esperar a que los representantes públicos sean prudentes y tengan conciencia es una tontería”.

Middlemarch también menciona la construcción de los ferrocarriles, verdadera fiebre de esos años: “el ferrocarril era un tema de conversación tan interesante como la ley de reforma electoral o los inminentes horrores del cólera, y quienes manifestaban las opiniones más decididas eran las mujeres y los terratenientes. Entre las representantes del sexo femenino, tanto maduras como jóvenes, se consideraba atrevido y peligroso viajar en máquinas de vapor y argumentaban en contra diciendo que nada las induciría a subirse a un vagón de ferrocarril; los propietarios, por su parte, aunque diferían en sus razonamientos (…) opinaban unánimemente que al vender tierras, tanto si se trataba del Enemigo de la humanidad como de una compañía obligada a comprar, aquellas perniciosas entidades tendrían que pagar un precio muy alto por el permiso para hacer daño a la raza humana”. Por otra parte, alguien que no hace parte de la vida social ni del arribismo de la localidad, un obrero raso, cuando le dicen que ‘el ferrocarril es una buena cosa’, replica sin pelos en la lengua: ‘¡claro!, bueno para que los peces gordos hagan dinero’ y, luego, al terminar su perorata dice que los ferrocarriles ‘sólo servirán para empeorar la situación de los pobres’”.

Una de las constantes que atraviesan todas las vidas de los habitantes de Middlemarch que cuenta la novela, es la división social, con los conflictos habituales de esas discriminaciones y con los nuevos reacomodos en la escala social debidos al surgimiento de la burguesía. A propósito de otro tema, Luis Carlos Londoño resumió la historia universal desde sus orígenes hasta el punto en que está la región de Middlemarch: “el mundo siempre ha estado en manos de plutócratas. Altos sacerdotes que tenían trato directo con los dioses. Generales de la guerra, es decir, dueños de la vida y la muerte. Esclavistas, animales dueños de animales. Senadores de albas túnicas y fajas púrpura. Señores feudales, dueños de los frutos de la tierra y de las hijas de los siervos. Reyes que engendraban príncipes, que engendraron los últimos reyes que fueron degollados por los primeros burgueses de la Ilustración, los nuevos amos, los nuevos dueños de los secretos del oro, que fueron a su vez engullidos por los señores que inventaron un oficio singular: guardián del oro, el banquero”. Queda claro en la historia universal en cien palabras debidas a la prosa deliciosa de Londoño que la culminación es el oro. Esa es la religión, la única fe, el único culto, ya desnudo de otras jerarquías, de otros disimulos. El dinero manda.

En Middlemarch, el banquero, Nicholas Bulstrode, casado con una hermana del alcalde, es un cristiano visible, obsesivo por figurar socialmente como un ejemplo de virtudes cristianas y como un filántropo, según la definición de filántropo que aparece en las páginas de Middlemarch: “un hombre cuya caridad aumenta en relación directa con el cuadrado de la distancia”. Este Bulstrode protagoniza una de las más intensas situaciones que narra la novela, cuando se descubre el origen nada sano, nada cristiano, nada ejemplar, de su riqueza.

El narrador omnisciente.- Como siempre con la omnisciencia, sí pero no. Lo habitual es que el narrador omnisciente es una voz sin cuerpo, una silenciosa voz de palabras que no son ni siquiera sonido, apenas texto escrito de un no-yo que sabe qué pasa en el cuento que cuenta, qué pasa en la intimidad de cada personaje, sabe más de cada personaje que el personaje mismo, se lo sabe en su afuera y en su adentro, pero sólo es voz. Uno, lector, le conoce el carácter a esa voz. En el caso de Middlemarch se identifica con esa voz por su forma de contar, con su sentido del humor, con su ángulo tan especial para ver las cosas. Y, de repente, cuando ya anda por las doscientas páginas, sin esperarla, como una aparición, como un fantasma que se vuelve visible, esa voz se convierte en un alguien concreto; este es el momento, comenzando el capítulo quince con una digresión que alude a los contadores de historias, dice sin más: “yo, al menos, tengo tanto trabajo descifrando ciertos destinos humanos y viendo cómo se tejen y destejen, que toda la luz de que dispongo debe concentrarse sobre esa malla particular sin dispersarse sobre ese tentador conjunto de cosas más importantes llamado universo”. Y enseguida, esa voz continúa impávida, como venía antes, sin dejar ver su yo, hasta hacer un guiño seiscientas páginas más adelante, al terminar el capítulo cincuenta y tres, y eliminarse como presencia para seguir siendo narrador omnisciente hasta el final.

La novela cuenta.- La novela cuenta las historias de diversos habitantes de esta provincia inventada por la señora Eliot. Como el banquero, desfila por las páginas lo que el convencionalismo habitual llama ‘gente bien’, y se nota el ascensor por donde suben y bajan las jerarquías que la misma sociedad engendra, por la vía de las alianzas matrimoniales o de los cambios de oficio; por ejemplo, el comentario de un ‘sir’: “… es un asunto muy desagradable, se mire como se mire. ¡Vaya ocupación para una persona de buena familia! ¡Uno de esos tipos de los periódicos!”.

Las conversaciones reflejan lo que piensan los personajes según lo que tienen que ser frente a los demás; y también reflejan lo que no piensan sino que suponen como escolios absolutamente consecuentes con lo que creen que es el mundo. Por ejemplo, alguien se refiere a un personaje: “dicen que es de origen extranjero”, a lo que contesta el señor Hawley, un ricachón del lugar: “conozco a los de su calaña; será un espía. Empezará con florituras sobre los derechos del hombre y acabará asesinando a una mujer de vida fácil. Es su estilo”.

La escogencia de parejas es el hilo conductor de varias mujeres de Middlemarch. Son varias, pero acaso la historia más interesante para George Eliot es la de Dorothea Brooke. Celia, la hermana de Dorothea, define a ésta así: “tú siempre ves lo que nadie ve; es imposible contentarte; pero no ves nunca lo que está bien claro. Ésa es tu manera de ser”. En fin, Dorothea es una mujer deliciosa, que se casa con Edward Casaubon, un clérigo de buena familia, bastante rico y mucho mayor que ella, que está obsesionado con terminar su obra maestra, una especie de resumen universal sistematizado, La llave de todas las mitologías. Dorothea no sólo sueña, al principio, con casarse con un gran sabio, sino que también sueña en convertirse ella misma en una sabia. Después resulta que Casaubon no es tan sabio, ni su obra es tan maestra, y él es un hombre susceptible que le daña la vida y los ideales a Dorothea hasta más allá de su temprana muerte. Deja, sí, de heredera a Dorothea, con la obligación de terminar su obra maestra y con la condición de que no se case con Ladislaw, su pariente remoto: no por mí se va a enterar usted qué pasa después con la hermosa Dorothea y con las otras mujeres que desfilan por estas páginas.

Como el matrimonio y las relaciones entre parejas son el hilo conductor de Middlemarch, son abundantes las frases, casi apotegmas sobre el tema, que se pronuncian a lo largo de las páginas. Aquí va una muestra:

-“Los maridos son una clase inferior de hombres y hay que llevarlos por el buen camino”.