1 de julio de 2022
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El reconocimiento social de los antiguos maestros

15 de mayo de 2022
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
15 de mayo de 2022

Platón aprendió a enseñar sentándose al lado de Sócrates y Aristóteles aprendió de Platón. Nuestros viejos educadores se formaron recordando a sus propios maestros. Pero no ha sido fácil la vida de los educadores en un país como el nuestro.

El 15 de mayo de 1950 el Papa Pío XII proclamó a San Juan Bautista de La Salle como patrono de los educadores y por este motivo el presidente, Mariano Ospina Pérez, declaró dicha fecha como el Día del Maestro en Colombia.

En 1934, durante el gobierno de Alfonso López Pumarejo, se pensó en una reforma de toda la educación y para ello consultaron a intelectuales y a pedagogos. La primera preocupación fue la educación primaria, tanto urbana como rural. El ministro de educación era un intelectual, el maestro Luis López de Mesa, quien planteaba que no era suficiente la simple enseñanza, sino que debían tener en cuenta las condiciones de salud y los bajos niveles nutricionales de la población escolar, sin descuidar la construcción de las escuelas, la dotación y la preparación de los maestros. El gobierno consideraba que una de las formas para frenar la emigración campesina a las ciudades era por medio de una reforma agraria integral y a través de la cultura aldeana. El plan consistía en crear en todos los departamentos una comisión permanente compuesta por un médico, un pedagogo, un arquitecto y un sociólogo; habría además en cada municipio una “casa social” y una biblioteca aldeana, y se publicaron miles de cartillas destinadas a instruir al campesino en prácticas agrícolas en cultivos de plantas, control de plagas, preparación de alimentos y prácticas de higiene. El Ministerio de Educación organizó campañas de salud pública, impulsó los restaurantes escolares, rurales y urbanos, y se inició un plan para construir colonias vacacionales; esta campaña de cultura aldeana recibió fuertes críticas y muchos pensaron que era un modelo socialista. Sin embargo en numerosas poblaciones se logró avanzar en campañas de higiene como en la construcción de letrinas, pues no había inodoros en las fincas y los campesinos hacían sus necesidades en algún lugar de la sementera o de la huerta, lo que contribuía a contaminar las aguas y a distribuir los parásitos.

Aunque los maestros de pueblos y aldeas no tenían una gran formación, enseñaban a sus alumnos las primeras letras y las cuatro operaciones pero, además, algunas labores para la vida: y los estudiantes aprendían a fabricar canastos, esteras, alpargatas, cotizas, sombreros, zurriagos y chinas para soplar el fogón de leña. Como las escuelas rurales tenían granja aprendían a cultivar los productos de la típica huerta campesina y conocían de plantas medicinales.

A principios del siglo XX los maestros de escuelas rurales eran excelentes comunicadores y narradores de cuentos y novelas, porque se habían formado leyendo obras de autores como Tomás Carrasquilla, quien muestra en sus novelas y cuentos la vida cotidiana de los pueblos: los mercados, las conversaciones en las fondas y posadas, las historias de los arrieros y la vida de los cuenteros populares.

Los maestros también leían a escritores como Jesús del Corral y su cuento “Que pase el aserrador”; a Julio Posada autor de “El Machete”, a EFE Gómez, el de “Un Zarathustra Maicero” y a José Ignacio Villegas quien escribió “Colonizadores de Caldas”. La lectura de las obras de prosistas amenos hizo posible que los alumnos se preocuparan por la aldea y que amaran el terruño y la tradición cultural. Pero los maestros también recogían los relatos de personajes que circulaban entre el pueblo; hay que mencionar a Pedro Rimales, un tipo hábil, ingenioso, gracioso, chistoso y ocurrente; otro personaje muy conocido a principios del siglo pasado era José García, más conocido como Cosiaca quien nació en algún municipio de Antioquia, usaba sombrero, ruana, bastón y andaba descalzo. Recorría los municipios narrando cuentos picantes; con su muerte creció el mito y le atribuyen arrumes de anécdotas y de chistes. Los educadores utilizaban todas estas obras y relatos para sembrar amor por la lectura, por la historia y la literatura.

La vida en pueblos y aldeas era monótona y el maestro tenía un gran reconocimiento social, figuraba como el intelectual y por esto tenía a su cargo varias tareas: organizar las famosas veladas o tertulias para entretener a los padres de familia y a la comunidad; redactar la historia de la vereda, del corregimiento o del municipio por medio de la tradición oral; ayudar a organizar los desfiles del 12 de octubre, del 20 de julio, del 7 de agosto y demás fiestas patrias; y sacar tiempo para escribir los discursos que debían leer los funcionarios públicos.

Las primeras monografías de los municipios las escribieron los educadores, pero desafortunadamente no se publicaban por dificultades de la época; el documento mecanografiado terminaba en la biblioteca de la escuela, del colegio o del municipio y después en el basurero. Si el maestro no se dedicaba a la vida cultural o intelectual terminaba jugando billar y bebiendo aguardiente, porque lo devoraba la monotonía del pueblo. El mejor refugio lo ofrecía la misma comunidad que se moría de aburrimiento; había que organizar las famosas veladas de los pueblos, donde presentaban obras de teatro, los actores eran estudiantes y algunos padres de familia. Funcionaban desde las 7 de la noche los fines de semana y había que pagar por entrar a disfrutar del espectáculo; el director era el maestro y el dinero recogido se destinaba para alguna campaña de la escuela.

Por último, el salario de los maestros era miserable y por lo regular llegaba tarde, pero afortunadamente algunos alumnos se aparecían los sábados con productos de la finca como huevos, panela, plátanos, yuca y de vez en cuando alguna gallina.