1 de julio de 2022
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Benditos quienes logran atraparlos

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de mayo de 2022
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de mayo de 2022

A todos nos ha sucedido, o nos sucede a menudo: soñamos, y sabemos que estamos soñando, y entonces nos queremos despertar, o nos preparamos para ese momento, e incluso pensamos que recordaremos el sueño que estamos teniendo, y que nos parece tan intenso, tan vívido. Pero no, cuando cruzamos la puerta entre el sueño y la realidad, todo se desvanece tal como una pompa de jabón ante el mínimo roce. Y quedamos perplejos con lo que nos acaba de suceder; llego a aterrorizarme ante ese juego infame de mi cerebro, y no lamento tanto la falta de recuerdo, como la evidencia de que mi sueño era un mundo y una vida paralela que al parecer no me pertenecen del todo, muy a pesar de que era en mi mente en donde sucedía aquello que hace apenas unos instantes sentía tan propio. Claro, a veces se recuerdan los sueños, sobre todo aquellos que se desenvuelven en un mismo lugar o en los que sucede una y otra vez lo mismo; pero eso no es corriente, lo común es que no recordemos nada, o casi nada, de los sueños que hemos tenido.

María Gainza, la escritora y crítica de arte argentina, comentando las pinturas oníricas y conmovedoramente frías del pintor Bobby Aizenberg, dice que: “los instantes poéticos, no importa dónde aparezcan, siempre abren una perspectiva metafísica”. E igual los sueños que se desvanecen en cuanto uno abre los ojos, pienso yo. No tanto porque sea el despertar necesariamente un instante poético, sino porque sucede también con este último, casi siempre, ese repentino desvanecimiento que provoca la perplejidad que ya advertí y que nos deja al borde de un acantilado profundo y oscuro, preguntándonos acerca de lo que se ha ido y de las razones para su pérdida. ¿Si no soy yo, quién es el destinatario del sueño que soñé o de aquella formidable idea, sensible y comprensiva, que apenas alcanzó a pertenecerme unos breves instantes? Toda perspectiva metafísica no es más que la franca y aterradora incertidumbre, y la evidencia de que la supuesta realidad es apenas un plano de nuestra existencia.

A veces la oscuridad de tu cráneo se ilumina como en el estallido de una supernova. Ahí está toda esa energía y ese polvo de estrellas girando y danzando y emitiendo la música de las esferas, el poderoso sonido de la creación del mundo. Y tú tienes la intuición de que la obra total queda cerca, muy cerca, casi al alcance de tus dedos, ese texto esencial que te revelaría el sentido de la vida y al que por desgracia jamás llegarás…” escribió Rosa Montero en El peligro de estar cuerda.

A veces tenemos una iluminación intempestiva, una epifanía, el destello de algo que explica o clarifica todo. Como el estallido de una supernova, según Montero, solo que acaece en un breve instante, en centésimas de segundo que, no obstante, nos permiten tener conciencia de su surgimiento y hasta sentir una alegría superior, que se diluye en cuanto nos damos cuenta de que la hemos perdido, de que no pudimos asir la iluminación y que desapareció entre aquella conciencia y el deseo de conservarla de cualquier forma.

No se trata de ideas concretas, no. No me refiero tampoco a la comprensión de un asunto o al descubrimiento de la solución a un problema material. Hablo de esos destellos incomprensibles que los artistas conocen bien, y de esos sueños que se quedan ocultos en una oscuridad que hemos visitado y de la que surgimos deseosos de aprehenderla.

Borges escribió: “Cuando los relojes de la media noche prodiguen/ un tiempo generoso,/ iré más lejos que los bogavantes de Ulises/ a la región del sueño, inaccesible/ a la memoria humana./ De esa región inmersa rescato restos/ que no acabo de comprender:/ hierbas de sencilla botánica,/ animales algo diversos,/ diálogos con los muertos,/ rostros que realmente son máscaras,/ palabras de lenguajes muy antiguos/ y a veces un horror incomparable/ al que nos puede dar el día./ Seré todos o nadie. Seré el otro/ que sin saberlo soy, el que ha mirado/ ese otro sueño, mi vigilia. La juzga,/ resignado y sonriente”. Y también había dicho: “Si el sueño fuera (como dicen) una/ tregua, un puro reposo de la mente,/ ¿por qué, si te despiertan bruscamente,/ sientes que te han robado una fortuna?/ ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora/ nos despoja de un don inconcebible,/ tan íntimo que sólo es traducible/ en un sopor que la vigilia dora…”.

Tal vez esos destellos e instantes poéticos intempestivos sean el roce que en la vigilia tenemos con el mundo de los sueños, y tal vez por eso sean aún más evanescentes, y tal vez solo en esos instantes logramos, por momentos, cumplir la tarea que nos impone la noche, aquella, según de nuevo Borges, de: “Destejer el universo,/ las ramificaciones infinitas/ de efectos y de causas que se pierden/ en ese vértigo sin fondo, el tiempo”. Benditos quienes logran atraparlos. Si quieren ver algunos, miren las pinturas de Aizenberg.

 

Manizales, 19 de mayo de 2022