18 de agosto de 2022
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A propósito del Día de la Madre

8 de mayo de 2022
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
8 de mayo de 2022

¿Cómo consideraban a las madres en la sociedad patriarcal de hace un siglo?

Al nacer las mujeres, eran peor acogidas que los hombres. Era normal que el padre recibiera la noticia del nacimiento de su hija con esta exclamación: ¡Tan linda! ¡Si hubiera sido un hombre! Este prejuicio hacia las hijas se debía a la “carga” que representaba para la familia, pues se decía que “la mujer nace para casada”. Desde pequeñas les imponían tareas domésticas dirigidas a su formación para la vida, o sea para el matrimonio. La finca era una escuela y aprendían al lado de la madre y de la abuela. Sabían que casarse significaba administrar una casa en el campo donde además del esposo y los hijos había numerosos peones para alimentar.

Mientras se estaba formando la finca familiar el trabajo en el hogar era apreciado por el hombre pues las labores domésticas permitían valorizar la parcela y capitalizar. Una cosa diferente sucedía cuando la familia pasaba a vivir a las recién fundadas colonias o a los centros urbanos donde el trabajo doméstico era subvalorado. Aquí las mujeres se sentían más dependientes de los hombres y por lo tanto se reforzaron sus sentimientos de inferioridad.

En general la educación y la formación de la mujer reconocían la superioridad del varón y por lo tanto se orientaron a conservar valores y a preservar y fortalecer la familia. Lo anterior está plasmado en estos mandamientos dejados por un pionero colonizador del Quindío, a su hija, en vísperas del matrimonio (Jaramillo, José (1952). El reloj de mis recuerdos. El Quindío):

  • Cree y practica tus deberes religiosos: De niña, porque la virtud es la barricada contra la tentación. De esposa, si lo fueres, porque la religión es la póliza de fidelidad de tu marido. De madre, si Dios te premia con este atributo, para que des ejemplo a tus hijos.
  • Nunca estés ociosa: Hila, teje, pinta, toca, remienda, cuece, cultiva; que quien trabaja ora y la oración es el pararrayo del cielo. Así la vida te será ligera, y estando ocupada, no pensarás en lo que no debes.
  • Cuida de tu pudor: Este se empaña más fácil que el cristal. El vidrio se limpia y aquél queda siempre empañado. Escuda el tuyo con una conciencia limpia y serás digna de respeto y de aprecio.
  • Sé ordenada, hacendosa, económica: La despensa es el desagüe de las fortunas. Vigílala, cuídala como todo lo de la casa. Ve lo que tienes y date cuenta de lo que gastes, para que no se desequilibre el presupuesto. Graba bien esto: ‘Es más fácil conseguir que guardar y lo primero es obra bien difícil’.
  • Sé siempre obediente: De niña con tu madre, de esposa con tu marido; siempre con tu Dios. De novia, no permitirás confianzas a tu prometido. Si él de veras te aprecia no lo intentará. Ni una caricia, ni un beso, le anticipes antes de casarte.
  • Si al casarte fueres madre, siembra fe en tus hijos: […] Levántalos como su sexo lo manda; si hombre, como machos; si hembras, como palomas. Lo que escribí para tu madre, aplícalo a tu esposo, en cuanto se pueda. Sé como tu madre, recatada; consagrada a tu hogar como ella; hacendosa y caritativa sin alardes […]

Estos consejos se encierran en tres: ser buena hija, buena esposa y buena madre. Relegada al ámbito doméstico, sumisa ante el varón y fiel al marido. Las mujeres con estas cualidades constituían el ideal de mujer.

Pero durante el proceso de colonización la mujer rompió los vínculos económicos y simbólicos de dependencia que la ataban al padre y al marido. El papel de la mujer no se limitaba sólo al espacio doméstico (la casa, el gallinero, el chiquero, el jardín y la huerta) sino que su influencia cubría todo el terreno que se estaba colonizando. Sin su trabajo en el hogar como madre, como esposa y como señora, no funcionaba la familia, ni el proceso colonizador. Todos eran conscientes de su papel, especialmente el esposo quien consideraba a su mujer como una verdadera compañera y apreciaba su trabajo.

La mujer también era consciente de su valor. Conocía la importancia de una numerosa familia para dominar la selva y «hacer» la finca. El hogar se llenaba de hijos y la madre no tenía tiempo de pensar en sus múltiples tareas familiares: la alcoba, los hijos, la cocina, el ordeño, las gallinas, los cerdos, la huerta. Trabajaba de la mañana a la noche y estaba disponible las 24 horas. A pesar de ello era capaz de administrar la casa y de ser compañera del hombre. El amor vendría con el tiempo y si no llegaba se podía prescindir de él: El matrimonio era mucho más la adquisición de una identidad social que una fuente de felicidad efectiva.

Sin embargo, las dificultades de los primeros años de vida en la parcela la obligaban a trabajar hasta el límite de sus fuerzas. Pero cuando la parcela se transformaba en finca la mujer se convertía en «ama de casa», en el centro de gravedad de la familia. Crecían los hijos y se evidenciaba la prosperidad económica. Ahora posiblemente había lugar para el descanso y el amor.

Cuando miraba hacia atrás, entendía que había llegado a la vejez. Adquiría nuevos roles: de suegra y de abuela. Como abuela era muy bien apreciada y acatada pues transmitía «las tradiciones familiares, así como los saberes antiguos, las canciones infantiles, las recetas de dulces, las historias para dar miedo y para hacer soñar».

Se exaltaba a la madre y mientras más hijos tuviera era más apreciada por la familia y por la sociedad. Por ello tener un hijo era el acontecimiento más importante hasta el punto de cambiar substancialmente la cotidianidad. La mujer encinta era objeto de cuidados especiales. No podía realizar trabajos pesados o agotadores, no podía saltar, montar en columpio, ni hacer carrizo y debía usar vestidos flojos. Se prohibía ingerir licor y bebidas ácidas, salía poco de casa y casi no se dejaba ver.

Este estado resultaba agradable, era una bendición. Una atmósfera de misterio cubría la casa: el embarazo se volvía tabú. En este ambiente se protegía la inocencia de los niños, por ello decían que los bebés los traía la Virgen. Pero también se trataba «de negar -o al menos de enmascarar- la animalidad de la especie humana».