24 de mayo de 2022
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El final silencioso de Consigna  

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
8 de abril de 2022
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
8 de abril de 2022

(Como homenaje al gran estadista e intelectual Jorge Mario Eastman, que acaba de fallecer, recupero este artículo escrito hace 15 años en El Espectador).

 Desde hace varios años, ya retirado Jorge Mario Eastman de la vida pública, su actividad principal ha girado alrededor de la revista Consigna, fundada por él en enero de 1976 y que ha llegado a la edición número 488, con más de 50.000 páginas escritas.

La revista se fundó con el propósito de intervenir en la contienda presidencial que enfrentó, con serias fisuras en el liberalismo, a Carlos Lleras Restrepo y Julio César Turbay Ayala, y que concluyó con la victoria de este en 1978. Consigna, convertida en una bandera airosa del turbayismo, desplegó, tanto en sus orígenes como en los períodos siguientes, aguerridas acciones proselitistas. Los temas eran tratados con seriedad y altura, con tesis claras y al mismo tiempo beligerantes, no contaminadas por la intolerancia o el rencor, y marcaron derroteros definidos dentro de los intereses políticos que se defendían.

Hoy, 30 años después, cuando ha corrido mucha agua bajo los puentes de la historia, su fundador y director reconoce que la publicación no fue imparcial en las primeras etapas. Despojada de la encarnadura partidista, marcha ahora, y desde buen tiempo atrás, por la línea académica.

Durante las ausencias temporales de Jorge Mario Eastman debido a su ejercicio en posiciones oficiales, fue remplazado en la dirección por una lujosa nómina de personalidades: Carlos Lemos Simmonds, Hernando Reyes Duarte, César Gaviria Trujillo, Darío Ortiz Vidales y Jaime Mejía Duque, nombres a los que se agrega el de Juan B. Fernández como codirector permanente. Tres épocas se distinguen en este itinerario batallador: la primera, movida por el fragor político; la segunda, regida por “una orientación en la que primaron los intereses superiores y la agilidad periodística”; y la actual, caracterizada por la inquietud académica.

En la administración Turbay, Jorge Mario Eastman ocupó el Ministerio de Gobierno y fue nombrado ministro delegatario con funciones presidenciales. Fue el ministro consentido de Turbay, y su carrera, a lo largo de los años en que incursionó en el campo oficial, le hizo ganar otras distinciones destacadas: ministro de Trabajo, embajador en Estados Unidos, Perú y Chile, cónsul en Hamburgo y Tokio, presidente de la Cámara de Representantes.

El hombre de provincia había saltado, con éxito evidente y para sorpresa general, de la jefatura de Planeación de Pereira al escenario nacional. A los 45 años de edad, parecía un meteoro en la vida pública del país. A Fernando Garavito –Juan Mosca– le manifiesta en reportaje de la revista Cromos (septiembre de 1980): “Comencé a hacer política un día después de mi primera comunión”. Iba directo para la Presidencia de la República, y allá hubiera llegado si el juego de la política, a veces traicionera e indescifrable, no se interpone en su andar vertiginoso.

La campaña de López Michelsen como aspirante a la reelección presidencial en los comicios de 1982 provocó una fuerte división en el Partido Liberal. El país se polarizó entre quienes apoyaban el segundo gobierno de López –entre ellos, Jorge Mario Eastman– y quienes seguían a Belisario Betancur. La candidatura disidente de Luis Carlos Galán acrecentaba más aún la efervescencia nacional.

Klim, crítico demoledor del gobierno de López (1974-1978), lanzaba desde su columna de El Espectador, con su temible humor incisivo, certeros dardos contra la reelección. Otro personaje que combatía ese propósito era Lleras Restrepo, contra quien Jorge Mario Eastman escribió el libro Radiografía de un indoctrinario.

Y a Klim lo retó a un duelo por sus acerbas críticas. Duelo intelectual, y no físico –por ventura–, que dio lugar a un encuentro pacífico entre el político y el periodista (o mejor, entre el par de periodistas), donde en términos amistosos discutieron sus diferencias, afirmaron sus puntos de vista y desde entonces se volvieron amigos cordiales. La derrota de López Michelsen frente al triunfo de Belisario Betancur selló una época turbulenta. El país entró en un nuevo capítulo, y Jorge Mario Eastman se retiró de la escena. Se fue para la diplomacia, y se frustró su aspiración presidencial. De la diplomacia final –como embajador de Chile– regresó, ya en forma definitiva, a sus lares en Consigna.

Queda por decir que este inquieto político e intelectual ha sido siempre hombre de cultura. Hombre de pensamiento y acción. En las páginas de su revista quedan sustanciosos análisis sobre la vida colombiana. Promovió numerosos foros y tertulias sobre diversos asuntos. Creó una serie bibliográfica dentro de la cual se publicaron doce libros. Como presidente de la Cámara puso en marcha la colección Pensadores políticos, e invitó a los poetas a continuos recitales en el Capitolio Nacional.

Esta crónica me lleva a deplorar la noticia de que Consigna ha llegado a su final al cumplir los 30 años de vida. Vengo a enterarme de este hecho sorpresivo en la grata tertulia que junto con el distinguido caldense Augusto León Restrepo, exdirector de La Patria, tuvimos en días pasados con Jorge Mario Eastman. Este tomó la dolorosa decisión al considerar que su misión estaba cumplida, y teniendo en cuenta, por otra parte, que los elevados costos de impresión y la lucha por conseguir la base publicitaria excedían sus buenas intenciones.

En los dos números finales, los 487 y 488, se recoge una serie de reportajes y temas diversos de la mayor importancia, entresacados del largo tiraje cumplido por esta respetable tribuna del pensamiento, digna de toda ponderación. Números con los que Jorge Mario Eastman se despide de sus lectores, en forma impensada, pues al hacer la selección de dicho material no había previsto la clausura de su alter ego. Quizá, pienso yo, se trate solo de un receso impuesto por la fatiga derivada de un extenso recorrido. Ojalá que así sea. (El Espectador, 24 de marzo de 2007).