26 de mayo de 2022
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Maldita guerra

4 de marzo de 2022
Por Eduardo Lozano M.
Por Eduardo Lozano M.
4 de marzo de 2022
Tengo casi la seguridad que quienes me leen estas líneas no son Ucranianos, pero no hay que ser originario de ese país para sentir a la distancia el dolor de todas esas familias cuyos hijos han sido asesinados en una brutal embestida rusa, porque las ansias de poder son insaciables.
 
Siento ira y asco por lo que ocurre.
No he vivido en Ucrania ni en Rusia, ni siquiera conozco esos países,  pero a través de los medios de comunicación siento como ser humano y como periodista lo que despierta esta masacre.
Es comprensible que por la diferencia horaria con Colombia, (7 horas) muchas personas no siguen en directo lo que pasa o porque carecen de un sintonizador manual de satélite, donde se puede ver la televisión polaca, la alemana o CNN que tienen allí sus cámaras y transmisión ininterrumpida.
Después de tanto esfuerzo, causa angustia ver como las familias lo pierden todo, abandonan sus hogares y buscan corriendo una salida de ese país epicentro de la destrucción y la masacre. Angustia ver a las familias avanzando despavoridas hacia los pasadizos subterráneos del Metro para eludir los bombardeos y proteger su vida.
Para nadie es un secreto lo que le ha costado en trabajo, dinero y vidas al país, la central nuclear de Chernóbil a ese país, que fue construida como recurso para reforzar el desarrollo industrial. Hoy además de Ucrania, Chernóbil genera fuerza eléctrica para otras naciones como  Bielorrusia, Lituania, Letonia y parte de Polonia, lo que les genera un ingreso de dineros. Resulta que con el ánimo de apoderarse de Ucrania, Rusia se tomó la planta para frenar su servicio.
Un par de imágenes que me pusieron a tragar saliva fueron el misil que se entra durante la noche y explota al interior de un edificio de apartamentos en KIEV, y el bombardeo en CRIMEA con con 32 proyectiles uno de los cuales lanzado por la aviación rusa cayó al lado de un jardín infantil.
 “En el momento de la explosión, los niños estaban desayunando”, dice conmocionada Natalia Slessareva, de 54 años y empleada de una guardería en el centro urbano Stanitsa Luganska, este de Ucrania.
Esto y mucho más es lo que lleva a cualquier ser humano a odiar la guerra, donde los inocentes pagan con sus vidas y haberes la enemistad de los políticos de las naciones.
No me cansaré de calificar todo esto como una LA MALDITA GUERRA
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