18 de mayo de 2022
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Una manizaleña sorprendida ante la nueva Manizales

13 de enero de 2022
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
13 de enero de 2022

Cuando el pequeño avión Gulfstream G280 blanco, de líneas rojas y azules, sobrevoló la ciudad, sintió en su alma la alegría de saber que después de muchos años de ausencia iba a pisar de nuevo la tierra donde vino al mundo. Sintió entonces como si el corazón quisiera salírsele del pecho, como si la respiración se le detuviera al mirar esas casas humildes que en las laderas de El Carmen parecían agarrarse a la tierra para no irse al suelo, como si el recuerdo de tantos años vividos lejos de la ciudad de su infancia le desgarrara, de súbito, el alma. Desde el aire vio la aguja de la catedral que con sus 106 metros de altura parecía iluminar con una luz blanca la inmensidad del firmamento, vio el edificio de la gobernación adornando con su Arquitectura Republicana la Plaza de Bolívar y vio, imponente, cubriendo toda una manzana, pintado de un gris pálido, el Palacio de Justicia. Recordó entonces que, treinta años atrás, cuando era estudiante, su padre la llevó a conocer el edificio viejo donde funcionaban los juzgados.

-Esta es mi ciudad­ – dijo, alegre, acercando su cara a la ventanilla del avión

No tuvo tiempo de mirar desde el aire hacia el sector de Chipre porque, cuando menos pensó, ya la aeronave se preparaba para tomar pista en el aeropuerto La Nubia. Pero si alcanzó a ver, antes del aterrizaje, las modernas construcciones de varios pisos que ahora se levantaban en la Avenida Santander. También vio el Terminal de Transportes de Los Cámbulos y la avenida que serpenteando entre el verde de la montaña iba hasta La Enea. “Dios mío, ¡cómo ha cambiado mi ciudad! Nada de esto existía cuando yo me fui”, dijo con una sonrisa iluminándole el rostro. Estaba tan absorta recordando el pasado, trayendo a su mente recuerdos de la infancia, evocando con nostalgia la ciudad pequeña que hacía tantos años había dejado, que cuando el avión tocó tierra el susto se le transformó en una alegría inmensa.

-Ya estoy en mi tierra – pensó cuando miró desde la ventanilla el edificio del terminal aéreo

El avión se parqueó a un lado de la puerta de ingreso al edificio. Después de apagar sus motores, la tripulación descendió. Detrás del piloto, vestida con una bata blanca de bordados dorados, llevando en la mano una cartera pequeña, el cabello cogido atrás en cola de caballo y la mirada sorprendida ante el espectáculo de una tarde bañada por un sol que caía esplendido sobre la pista, iba la mujer que desde el interior del avión miraba inquieta el paisaje de la ciudad. Cubría sus ojos con unas gafas de lentes grandes y marco dorado. En el pecho lucía un collar de piedras finas que brillaba iluminado por los rayos del sol, y en las muñecas exhibía sendas pulseras de oro con incrustaciones de esmeraldas. Tenía caminado de gacela y una sonrisa brillante. Afuera la esperaba un automóvil Mercedes Benz blanco, descapotado, conducido por un hombre joven, elegante, de barba en forma de candado.

-Bienvenida a Manizales – le dijo el hombre cuando le abrió la puerta trasera del vehículo. La maleta fue puesta en el baúl por un miembro de la tripulación

Raudo, el vehículo abandonó el aeropuerto. Quienes la vieron cuando pasó por la sala de espera con destino al carro que la esperaba en la puerta se sorprendieron con su presencia. “¿Quién es esta mujer tan elegante?”, se preguntó un pasajero que esperaba vuelo para Bogotá.  “Debe ser una actriz de telenovela”, le dijo a su esposo una señora entrada en años que la vio cruzar por su lado acompañada del piloto. Los taxistas que a esa hora esperaban pasajeros en las afueras del terminal aéreo no pudieron disimular su sorpresa cuando el auto que la llevaba arrancó hacia el centro de la ciudad. “Uyyy…qué mujer”, alcanzó a decir un oficial de la policía que en ese momento llegó en una patrulla.

-Lléveme al Hotel Carretero – le dijo, con mirada ansiosa, al conductor del Mercedes Benz

La ciudad se le reveló de pronto como una urbe nueva, que no conocía. Cuando el vehículo empezó a ascender por la Avenida Alberto Mendoza, la mujer comenzó a experimentar una extraña sensación de felicidad. Se la producía ver una Manizales distinta, con mayor desarrollo urbanístico. Cuando, treinta años atrás, salió de su tierra, la vía hasta el batallón era de dos carriles, sin separador. Se asombro con el intercambiador vial construido en San Marcel, con la imponente clínica del mismo nombre levantada cerca a La Enea, con los modernos edificios a lo largo de la avenida y con el tráfico de vehículos por ese sector. “Nunca pensé que mi ciudad había progresado tanto”, le dijo, sorprendida, al conductor. Y como si estuviera conociendo una nueva ciudad, le pidió que la llevara por el Centro Comercial Mall Plaza y, después, por el Centro Comercial Fundadores. “En Miami mis amigas me han dicho que Manizales ha progresado mucho. Quiero conocer esa nueva ciudad de la que tanto me han hablado”, le dijo.

-Ya estoy en el espacio de mi infancia – contestó, sonriendo, cuando le timbró el celular.

El viaje a la tierra donde estaban sus raíces lo programó en varias ocasiones. Sin embargo, sus compromisos como modelo con éxito en Estados Unidos siempre le impedían hacer realidad su sueño de volver a la ciudad donde despertó a la vida. Solo ahora, treinta años después, pudo hacerlo. No le dijo a nadie para dónde iba. Simplemente le informó a su piloto que revisara el avión. A un amigo de Bogotá le pidió el favor de que le prestara su convertible cuando llegara a Manizales. Lo único que quería era recorrer de nuevo las calles de su ciudad, recibir el aire fresco que sopla en las mañanas, bañarse con ese sol que a veces cae en la tarde, sentir en su rostro el viento que sopla en las noches. Y descubrir esa nueva ciudad de la que tanto le hablaban. Y de pronto verse con algunas de sus compañeras de estudio para recordar esos tiempos en que iba a La Ronda los sábados por la tarde a escuchar música romántica.

-Allí me senté con mi novio de juventud – le dijo al conductor cuando cruzó frente a la esquina donde funcionó San Carlos. Y contestando una llamada del amigo que le prestó el convertible, le dijo: “Siento nostalgia. Me reencontré con los años de mi infancia y mi juventud. Estoy feliz”.

Este texto es una ficción para hablar sobre el desarrollo urbanístico de Manizales