22 de mayo de 2022
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Miguel Álvarez De Los Ríos

9 de enero de 2022
Por Álvaro Rodríguez Hernández
Por Álvaro Rodríguez Hernández
9 de enero de 2022

Yace el escritor en su puerta cerrada del universo, para alcanzar a galope limpio su paso por el ocaso del hemisferio que mira desde la profundidad. ¡Su   alado vuelo es impetuoso!

Este enero 2022, lo cogió con el fresco de su última tarde pereirana para templar su alma evocadora. La lira al fondo y el coro celestial pausado como quien cae a sus propios abismos.

Miguel, en su nube, desata borrascas en el griterío terrícola que adobó a punta de letras inspiradoras y adornadas de un no sé qué presuntuoso, que izó con su pluma de oro. Representativa e ilustrada de una brillante generación de escritores.

Con sus letras bordaba la tertulia y esparcía su caja de música entre historias ricas de anécdotas. De largos recorridos llenos de sapiencia De intacta memoria, sedujo con su verbo y letra, muchas noches y muchos días de vigilia y sed.

De palabra fácil, extendía su palabra en llanuras densas y les daba valor con recorridos literarios en claves majestuosas que pulían el aire.

Con su exquisita prosa. Con sus palabras legado alcanzó tributo y notificó a Colombia, que su conocimiento fue una búsqueda permanente de ilusiones y sueños. Su existencia sola fue una apertura a muchos abismos interiores que pinceló con su lenguaje de escritor tatuado en altas cumbres.

Lo despedimos dentro del silencio de la noche como el piloto que marcha en las profundidades de muchos oscuros. Que se va en silencio sin levantar la mano sino que recorre espacios con su propio brillo poderoso.

La tumba se abre para no cerrarse de este grecocaldense infinito, que es un prestigio intacto y de quilates, para, quiénes quieren desvalorizar su sabia presencia.

Sus textos, sus contenidos, eran retratos de sabiduría y pedazos de historias deshechas en universos humeantes.

Miguel Álvarez De Los Ríos, recorrió muchos universos. Se detuvo en varios de ellos como símbolo sereno de soledad. Con su pinta, con su erudición. ¡Maestro! ¡Emblema!

Lo vi, desafiante, presuroso, escalando muchos retos. Enfrentando fantasmas ciertos traídos de muchos mundos, anclados en deliciosas crónicas, en ensayos y reportajes de una geografía humana que era un pincel esparcido por personajes disímiles, esculcados entre lo sociológico y rayados con una filosofía que describía atmósferas humanas. “¡Honró las letras colombianas!”.

Básteme despedirlo con palabras prestadass de su hijo Juan Miguel:

“En las calles de Pereira mi padre es un monumento vivo a la humana civilidad pensante”.

Paz en su tumba. Debo, juro, la corona de laurel sobre su polvo esparcido en el galope limpio de su paso alado. Como piloto que viaja en la noche en las profundidades del alma.

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