24 de enero de 2022
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La economía del ridículo

13 de enero de 2022
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
13 de enero de 2022

Me lloverán tomates con estas líneas. Ni modo. Hay que decirlo.

Las nuevas economías han traído modelos disruptivos para hacer negocios. Jóvenes innovadores han transformado el mundo con sus creaciones que a pesar de parecer tan obvias el día de hoy, eran cosas de locos años atrás.

Hace no más de un lustro estábamos habituados a solicitar nuestros domicilios en los números fijos que se adherían con plaquetas imantadas en la nevera de la cocina. Hoy lo hacemos a través de aplicaciones de nuestro teléfono móvil gracias a procesos de pagos electrónicos que conectan al vendedor, al repartidor y a nuestro banco en un solo clic en un proceso tan rápido que ni siquiera pensamos en la cantidad de desarrollo que éste implica. Por la misma época dábamos por sentado que la mejor opción para utilizar un transporte público en una ciudad como Bogotá o Cali, era llamar una radio operadora para que cursara un mensaje incomprensible por la red de taxistas afiliados a la empresa. Hoy lo hacemos a través de una aplicación móvil que detecta inmediatamente nuestra ubicación y selecciona el mejor vehículo disponible según nuestros requerimientos que pueden ir desde un trayecto compartido hasta una furgoneta para un viaje exclusivo. En aquellos días hacíamos filas interminables en las casetas de Telecom para poder cursar una llamada de “larga distancia nacional” que se descubrían con facilidad cuando nuestro vecino de cabina gritaba con desafuero para que su ronca voz pudiera ser escuchada al otro lado del teléfono. Hoy existen decenas de herramientas para llamar al otro lado del mundo con una calidad excepcional en video, voz y datos, de manera gratuita e inmediata. Definitivamente nuestro mundo ha dado un giro de 180 grados en menos de una década.

Estos y otros tantos son verdaderos ejemplos de desarrollo, trabajo, tesón y esfuerzo que bien merecen ocupar el lugar de excelencia empresarial que los ha puesto a la vanguardia de una estirpe de emprendedores que, sin duda, transformará positivamente a nuestro país en los próximos años.

Pero las mismas tecnologías que hoy soportan robustos cambios en las industrias del consumo, el transporte, las comunicaciones o la educación, también estimulan una generación de creadores de contenido – que no son todos, debo decirlo –, que adoran la frivolidad, la banalidad y la superficialidad. Algunos “youtubers” o “instagramer” o “tiktoker”, han invertido su escala axiológica dando prevalencia a aspectos burlescos de la cotidianidad, y sobre esta base se encuentran influenciando a jóvenes que hoy piensan que todo es color de rosa, que lo importante son los “Likes” y las apariencias, y que han hecho de esto un estilo de vida.

Sin embargo, lo que parece una crítica hacia la preponderancia del contenido vacío que abunda en las redes sociales, tiene un aspecto mucho más profundo que debe ser objeto de análisis en relación con los jóvenes que hoy ven en estos bufones un ejemplo a seguir. Los adolescentes que hoy comienzan a definir su personalidad motivados por los millones de los que estos badulaques hacen alarde han distorsionado sus valores y han definido un norte incierto para sus propias vidas. Ahora no pretenden convertirse en empresarios, profesionales, científicos o gobernantes. El principal deseo de muchos niños es acumular vistas en sus videos en Facebook, TikTok o YouTube esperando que las plataformas les paguen 500 dólares por cada millón de visitas. Para lograrlo todo vale: comer vidrio, quemarse la piel, bromear con fajos de billetes o, inclusive, realizar actos acrobáticos sin protección que a muchos de ellos les ha costado la vida. Esta nueva economía del ridículo inspira peligrosamente las próximas generaciones, que, además, serán las que definirán el rumbo de una sociedad que clama a gritos por soluciones serias y de fondo y no fríos mensajes de apoyo que no se traducen en acciones concretas.

Para concluir deseo dejar algo en claro. Muchos creadores de contenido – la mayoría – lo hacen con profesionalismo y calidad y hacia ellos no están dirigidas estas líneas pues han comprendido que, como decía Aristóteles “hacer reír es cosa seria”.

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