21 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El Infinito en un junco”, de Irene Vallejo

27 de enero de 2022
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
27 de enero de 2022

El Infinito en un junco, el libro de la escritora española Irene Vallejo que se ha convertido en un fenómeno editorial, es una de esas obras que cuando uno empieza a leerla no la quisiera soltar hasta llegar a la última página. Hay en este libro una prosa tan perfecta, un encanto tan especial en la construcción de las frases, un aliento poético tan especial en el manejo del lenguaje, que avanzar en su lectura es uno de esos placeres que escasas veces los lectores encuentran en un libro voluminoso. El infinito en un junco tiene 450 páginas, su tamaño es 16 x 24 y su letra es Time New Roman 10. Estos pequeños detalles en la edición hablan de la extensión del libro, no de su calidad literaria. Esta última es el gancho que nos lleva a leerlo con una pasión desaforada.

No se equivoca Mario Vargas Llosa cuando escribe en la contrasolapa: “Un libro muy bien escrito, con páginas realmente admirables. El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida”. Estas palabras del Premio Nobel peruano se quedan cortas frente a la calidad literaria de El infinito en un junco. ¿Razones? Digamos, primero, que Irene Vallejo se libera aquí del lenguaje académico para mostrar su mejor faceta: la de cuentista. Lograr esto en un ensayo no es fácil. Pero esta mujer que nació en Zaragoza en 1979 y que estudió filología clásica lo logra. Vallejo narra la historia de los libros como si estuviera echando un cuento.

¿Por qué El Infinito en un junco ha tenido tanta acogida en los círculos intelectuales de Europa y América? Es fácil explicarlo. El ser humano siempre quiere saber más sobre la antigüedad, sobre la mitología griega, sobre el Imperio Romano, sobre la época macedónica. Quiere conocer sobre la cultura helénica, sobre la vida de los césares y sobre las aventuras conquistadoras de Alejandro Magno. Por esta razón, las obras de Heródoto y Suetonio son estudiadas por quienes tienen la inquietud mental para investigar el pasado de la humanidad. Sorprende, entonces, que una mujer con apenas cuarenta años de edad, en pleno Siglo XXI investigue a profundidad ese pasado. Sobre todo cuando el fruto de sus investigaciones queda plasmado en un libro de agradable lectura, que invita a conocer esa historia.

Esa mujer se llama Irene Vallejo, y tiene doctorados en investigación histórica de las universidades de Zaragoza, en España, y Florencia, en Italia. Pues bien: esta española que desde niña sintió el llamado de la palabra, que tuvo el apoyo de sus padres para dedicarse a leer, que ha recorrido el mundo investigando la historia de la humanidad terminó escribiendo un libro que la catapultó como escritora. Todas sus energías intelectuales las dedicó a desentrañar el pasado de la humanidad. Le dio vida, así, a un libro extraordinario. El infinito en un junco es, como escribe Alberto Manguel en la revista Babelia, de El País, de España, un libro donde se enseña la historia “no como ristra de documentos citados, sino como fábula”. Esto es lo que hace Irene Vallejo. Nos enseña la historia sin academicismo, de manera sencilla.

Una frase de Séneca hace claridad sobre la capacidad intelectual de las mujeres. Dice: “las mujeres tienen el mismo poder intelectual de los hombres, y la misma capacidad para las acciones nobles y generosas”. Esta afirmación del filósofo romano la confirman los cientos de mujeres que en el mundo han escrito libros maravillosos. Desde luego, Irene Vallejo la hace realidad. Su libro es un deleite para el espíritu. No solo porque su prosa es brillante, sino porque ese diálogo que establece con el lector es enriquecedor. Y, sobre todo, porque descubre cosas sencillas que para los escritores son una revelación. Por ejemplo, cuando dice que Séneca fue un millonario que prestaba plata a intereses altos y tenía inmensas propiedades en Roma. Todo lo contrario a Sócrates, que vivió en la pobreza.

En El infinito en un junco el lector descubre no solo la historia de los libros y de la escritura, sino hechos desconocidos como este: el poeta latino Ovidio fue desterrado de Roma por el emperador Augusto por atreverse a publicar El arte de amar, un libro erótico, “obsceno y escandaloso”, donde enseñaba a las mujeres cómo hacer el amor. Es decir, era un manual para amantes. En el año 8 a.C, mediante edicto imperial, fue confinado en la Aldea de Tomi, en Rumania. Dice Irene Vallejo que este fue el primer acto de censura que registra la historia. De otro lado, nos cuenta que la primera mujer que en la antigüedad escribió algo se llamaba Enheduanna, que vivió 1.500 años antes de Homero. Y que Aspasia, una hetaira, la segunda mujer de Pericles, era quien escribía los discursos que él pronunciaba.

“El título de un libro es un estambre soldado al corazón de una historia de la que ya no podrá volver a separarse”, dice Leila Guerriero, escritora argentina. En el caso de El infinito en un junco, Irene Vallejo escogió el título preciso para su libro. El junco es la planta de donde se sacaron los papiros en la antigua Mesopotamia. La autora quiere con ello decir que los libros salieron de un junco y se dispararon al infinito. Ese infinito al que hace mención en el título es la permanencia en el tiempo del libro. Ella misma escribe en el capítulo 37: “Si un libro es un viaje, el título será la brújula y el astrolabio de quienes se aventuran por sus caminos”. Y este libro es una aventura que el lector emprende para descubrir cómo se inventaron los libros y cómo han influido en la consolidación del pensamiento.

Irene Vallejo escribió El infinito en un junco en los ratos que le quedaban libres después de atender a su hijo, que mantenía una sonda nasogástrica las 24 horas del día. El título, en homenaje a Borges, iba a ser Una misteriosa lealtad. Pero los editores le pidieron que lo cambiara. Para hacerlo, recordó a Pascal, que definió a los seres humanos como “juncos pensantes”. Recordó también que ella, en un capítulo, habló de los cambios de títulos antes de imprimirse un libro. Irene Vallejo cuenta que en la Antigua Grecia los que tenían poder coleccionaban libros. Sabían que esto les daba representatividad social. Con soltura narrativa, con dominio de la palabra, en un estilo literario límpido, sin hacer concesiones fáciles al lenguaje, El infinito en un junco es un viaje maravilloso al corazón de los libros.