18 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Nos salvamos de la locura

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
17 de diciembre de 2021
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
17 de diciembre de 2021

No sé qué es la locura, ni me propongo averiguarlo. No es que lo considere un asunto menor, ni más faltaba, sino que creo que es imposible saberlo, al menos en términos absolutos. Es decir, podrá haber estadísticas construidas por psiquiatras que establezcan que estar por fuera de ciertos parámetros químicos o comportamentales es síntoma de estar desequilibrado, o podrán los grupos sociales hacerlo a su modo, lo que no es nada diferente a lo que hacen los médicos. Al fin y al cabo, hoy existe cierta tendencia, más o menos generalizada, a advertir que la locura es una enfermedad, como cualquier otra, es decir: un mero trastorno orgánico. En cualquier caso, es simple el método: se construye una especie de mapa con fronteras y quien esté por fuera de ellas es, a juicio de alguien o de algunos —y esto es importante tenerlo claro—, un loco. El asunto es altamente problemático, y muchas las preguntas que surgen, abrumadoras y cargadas de inquisiciones.

Claro, habrá quien diga que no se puede exagerar con estos asuntos, y que en algún lugar deberá haber una frontera que, cruzada, comienza a hacer intolerable cierto comportamiento. Pero ¿cuál es esa frontera?, o, ¿quién está autorizado a trazarla? Nadie, estarán dispuestos a decir casi todos los lectores, y, aun así, seguro, tras un rato de reflexión, racional o absurda, eso no importa, volverán a sugerir los supuestos límites de la normalidad. Yo lo hago todo el tiempo. Temiendo, supongo, que si no lo hago terminaré, o terminaremos todos, diluidos en una sopa de irracionalidad que terminará por consumir nuestra delicada humanidad.

El afán de establecer el límite entre la cordura y la locura no es otro que el de evitar, a toda costa, perder el frágil hilo que nos ata, aunque no sabemos a qué, ni cómo, ni para qué. Creemos saber sí, en cambio, que aquello que suponemos trascendente y supremo, a lo que debemos atarnos, tiene raíces en el futuro, y esa es la razón por la cual si algo nos perturba o nos conduce a levantar el dedo acusador que señala la locura, es aquel comportamiento que solo tiene asiento en el pasado o en el presente. No hay mayor loco, suponemos, que aquel que solo recuerda, o que aquel que vive en el presente absoluto sin considerar, en lo más mínimo, lo que podría venir.

El poeta argentino Hugo Mujica, monje trapense y sacerdote, dio alguna vez la comunión al descreído Ernesto Sábato, y este refiriéndose a su poesía escribió: “el arte que Mujica proyecta en su lírica nos salva de la locura, del sinsentido de la existencia y nos descubre la esperanza”. Esta aseveración sirve para todo buen poeta, y toda buena poesía, porque describe lo que el arte puede ofrecernos, lo que buscamos a través suyo, y de lo que huimos.

Huimos de la locura, y queremos encontrar algo que nos salve de ella, tal como sugirió Sábato hace la poesía de Mujica, aunque evidentemente presintió que la comunión brindada por las manos del poeta también surtía un efecto similar.  Huimos porque queremos cualquier cosa menos desequilibrarnos. Desequilibrio es sinónimo de locura, y equilibrio sinónimo de estar cuerdo. El equilibrio es un portento físico que exige que todas las fuerzas que actúan sobre algo, y todos los momentos de tales fuerzas se anulen entre sí. Todas. Y sabemos que tal vez el equilibrio sea posible en un ser inerte, pero que todos los demás nos debatimos en un eterno vaivén que es la suma de una serie constante de desequilibrios que, afortunadamente, por su continuidad, dan la impresión de estabilidad.

No recuerdo ningún buen poema que piense en el futuro. Cuando son felices o esperanzados, celebran un breve atisbo en el presente, o recuerdan. En cualquier caso, una epifanía en la que el futuro no tiene cabida.

Nuestro deber debiera ser, apenas, intentar vivir sin más, sin temor al desequilibrio que nos aterra, no por extraño, sino porque sabemos que está siempre allí, pero no solo latente, sino como una realidad amenazante. Un poema de Mujica dice: “Los pies descalzos/ son un sendero/ y cerrar los ojos/ fue siempre atajo:/ lo que buscamos no existe,/ al vivirlo lo creamos”. Seguro no es tan grave ir con los pies descalzos o cerrar los ojos, total no hay alternativa que valga la pena; no hay salvavidas suficiente, no hay seguro ni garantía de cordura, tal como Mujica sugirió en el libro que debió llamarse Fragmentos de ningún todo, por eso más vale alcanzar pronto la calma que vendrá tras “descubrir que cuando nos quitamos el peso del mundo que llevamos sobre nuestras espaldas, sentimos que no se apoyaba sobre ellas…”.

Los locos son libres pues han renunciado a la lucha inútil de encontrar sentido a la existencia y se abandonan en cambio al vértigo de las naturales e infinitas fuerzas desequilibrantes. Los demás, los que nos resistimos, somos esclavos de nuestro deseo de cordura.

Seguro los monjes y los poetas, que viven y evidencian el aquí y el ahora, pueden lograr lo que describió Sábato. Tal vez solo cuando los leemos, escuchamos o recibimos su comunión, nos salvamos de la locura, o al menos prolongamos aquellos instantes de equilibrio, y eso ya es mucho.

Manizales, 17 de diciembre de 2021.