27 de enero de 2022
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Mario Laserna: El fundador de la Universidad de los Andes

5 de diciembre de 2021
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
5 de diciembre de 2021


Mario Laserna (1923-2013), fundador de la Universidad de los Andes, es otro de los maestros de la cultura que se destacan en mi nuevo libro: “Crónicas de vida en tiempos de guerra” -Tomo doce de mis Obras Escogidas en Amazon-.

La presente semblanza apareció inicialmente en 2004, cuando fue incluida en la edición “50 Protagonistas de la Economía Colombiana”, publicada por la Universidad Jorge Tadeo Lozano en alianza con el diario “La República”, del que fue director durante los años setenta.

Aquí revela detalles sobre su amistad personal con el científico Albert Einstein, entre otros temas de interés nacional.

Arte colonial a la vista

Hace más de veinte años, desde cuando abandonó el cargo de embajador en Francia, Mario Laserna vive en una antigua casona del barrio colonial La Candelaria, en Bogotá.

En realidad, fue seducido por la atmósfera del sitio y ser éste el más propicio -según explica- para comprar obras de arte, sobre todo arte colonial, una de sus múltiples aficiones intelectuales que puede satisfacer

No es un decir, además. Ahí están las pruebas, las muchas pruebas, sobre las paredes de cal: un retrato de Manuelita Sáenz, con los colores de la bandera peruana; otro de Cromwell, que compró en Londres; otro más de la esposa del general Antonio José de Sucre, y originales de Manzur y Guayasamín, cerca de un amplio gobelino que representa al hermano Francisco.

Pero, su pintor favorito es Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos. O al menos de quien habla con mayor entusiasmo. Como cuando recuerda que adquirió su colección de cuadros originales en el claustro de Santo Domingo, por allá en 1967, año en que el Papa Paulo VI visitó a Colombia y presidió el Congreso Eucarístico.

En ese mismo sitio -agrega-, que hoy ocupa el Ministerio de Comunicaciones, tuvo lugar el Congreso de 1849, en el cual había que votar por la presidencia del general José María Obando “para que no murieran -precisa, con voz de historiador- los delegados.

Pues bien, los cuadros respectivos pasaron a un convento y, como allí no había donde colgarlos, los pusieron en venta a precios bastante favorables…, ¡aunque el Banco de la República, nuestro banco central, se negó a comprarlos!

Él, en cambio, aprovechó la ganga. Un libro de Roberto Pizano, también pintor, le sirvió de guía, entre otras razones porque las obras reproducidas allí, incluyendo la que aparece en su portada, conformaban la colección (parte de la cual cedió después, en calidad de préstamo, a la Universidad de los Andes).

Obviamente, ese negocio le mereció duras críticas de sus amigos “del Jockey”, a quienes respondió con su actitud característica: “¿Y por qué ustedes no los compraron?”, lejos de negar que fueran patrimonio histórico de la nación.

La fortuna paterna

Su padre, Francisco Laserna, era oriundo de Marinilla (Antioquia), mientras su madre, Elena Pinzón, lo era de la centenaria provincia de Vélez (Santander), cuyos ancestros se remontan a don Cerbeleón Pinzón, ilustre constitucionalista hacia 1830, año en que murió Simón Bolívar.

Don Francisco, sin embargo, no era una persona rica. Fue pobre, muy pobre, pues su familia, importante en Santa Fe de Antioquia, había perdido toda la fortuna en alguna guerra civil del siglo XIX, alrededor de 1880.

“Tan pobre era -aclara su hijo, el último de los siete que tuvo a su haber-, que llegó a vender dulces en las plazas públicas de Filandia y otros pueblos del actual departamento del Quindío, adonde llegó no con espíritu colonizador sino como simple refugiado, para evitar morirse de hambre.

Corrió con suerte, por fortuna. Porque a los pocos años de estar en tales andanzas y de competir con los viejos arrieros que llevaban su correo en mulas, logró alquilar una finca de caña de azúcar, cerca del río La Vieja, en Cartago (Valle), donde -para decirlo en lenguaje popular- se le apareció la Virgen.

Lo cierto es que entonces se desató una plaga mortal contra la caña, proveniente del Ecuador; los cañeros, en su mayor parte, prefirieron cortar los palos para evitar pérdidas superiores, y como él, Pachito, no pudo reparar su molino por falta de un repuesto, sin tener siquiera el dinero necesario para abonar el terreno y protegerlo, la maleza se regó a sus anchas, sin control.

¡Y esa fue la salvación! La maleza resultó ser inmune a la plaga y terminó protegiendo el cultivo de caña, por lo cual su finca fue la única que pudo ofrecer el producto cuando hubo escasez, al tiempo que los precios alcanzaban niveles exorbitantes.

La suerte del ganador

“En la vida hay que trabajar mucho -reflexionaba el taita en su vejez-, pero si no se tiene suerte, ¡ni para qué seguir!”, con lo cual explicaba también el origen de su enorme capital, relacionado de nuevo con el correo.

En efecto, su negocio de mulas y bueyes para transporte logró prosperar cuando fue contratista de correos en el gobierno del general Rafael Reyes, a comienzos del siglo pasado, cuando se hacían concesiones públicas por remate.

De ahí que al venirse a Bogotá, donde contrajo segundas nupcias con doña Elena Pinzón, ya tenía una fortuna respetable, de la que formaba parte una extensa tierra en el Alto Tolima, que sería, con el paso del tiempo, otra significativa fuente de ingresos para la familia.

No para él -valga la aclaración-, sino para sus hijos, quienes casi a mediados del siglo usaron la irrigación en la siembre de arroz (no de trigo, que fue un fracaso), fundamental para el posterior desarrollo del departamento y su capital, Ibagué.

Nada extraño, entonces, que unos y otros terminaran educándose en Estados Unidos, con estudios avanzados de Ingeniería. La única excepción fue precisamente Mario, el menor, quien resultó filósofo y científico.

El consejo de Gómez Dávila

Mario Laserna deseaba estudiar en Estados Unidos, igual que sus hermanos, pero desde temprana edad se le manifestaron sus inquietudes académicas, intelectuales, así como uno de sus antepasados que estuvo entre los directivos de la Universidad de Antioquia.

Claro que primero estuvo por el Instituto La Salle y el Gimnasio Moderno, antes de cursar cuatro años de Derecho en la Universidad del Rosario, más por deseos de su padre que por voluntad propia.

Y fue cuando algún consejo de Nicolás Gómez Dávila, el célebre autor de Textos y escolios, lo llevó a cambiar de rumbo, tan pronto le dijo que siguiera su vocación, con base en un argumento que todavía hoy considera adecuado: “Los hijos de hombres que han hecho fortuna -fueron sus palabras- deben invertir cuanto heredaron y cumplir la misión en un escalón más alto de la inteligencia”, naturalmente para evitar que se convirtiera en abogado de los múltiples negocios de su padre (en la fábrica de gaseosas Leona, por ejemplo).

Viajó, pues, a estudiar matemáticas en la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde se graduó con honores en 1948, mientras su casa, en pleno centro de Bogotá: calle 19 con carrera séptima, era incendiada por la turba enfurecida tras el asesinato del caudillo Jorge Eliécer Gaitán.

Fue cuando retornó al país. Y no tanto para ver al cerro de Monserrate desde las ruinas de su antiguo hogar, sino para impulsar una idea, acaso descabellada, que se lo ocurrió en sus cursos de matemáticas.

Fundación de Uniandes

La idea era fundar una universidad al mejor estilo norteamericano, no ya del Estado sino del sector privado y con profesores traídos del exterior, de Europa y Estados Unidos, para formar a las nuevas generaciones con los conocimientos más avanzados del mundo, dentro de una orientación científica, práctica, no la teórica y magistral, de corte francés, que prevalecía hasta entonces en nuestros centros educativos.

Un grupo de amigos (Jorge Franco y Francisco Pizano, entre otros) acogió dicha iniciativa y la puso en marcha a fines de 1948, cuando nació la hoy prestigiosa Universidad de los Andes, a la que no se tardó en atacar dizque por estar al servicio de los intereses norteamericanos.

“Yo mismo fui acusado de ser un agente gringo y amigo del protestantismo”, recuerda con ironía mientras anota que el nuncio apostólico, Antonio Samoré, bautizó al nuevo claustro, para despejar cualquier duda.

Y como se creó un consejo consultivo del que formó parte Albert Einstein, sus críticos no pudieron menos que cerrar la boca. O mantenerla abierta, sorprendidos por la proeza que logró el hijo menor de don Pachito.

El amigo de Einstein

La historia es como sigue: en Princeton estudiaba Jorge Méndez Munévar, quien tenía entre sus profesores a Salomón Lefschetz, jefe de matemáticas de esa prestigiosa universidad, a la que también Einstein se había vinculado.

Mario Laserna, sin pensarlo dos veces, le pidió a su compatriota que hablara con Lefschetz para que él, a su vez, solicitara el apoyo de Einstein a su propuesta de crear una universidad en Bogotá, con las características descritas arriba.

Y el genio de la física, autor de la teoría de la relatividad, acogió la idea que él, joven estudiante colombiano, le explicó en detalle, hasta convencerlo para formar parte, como figura universalmente conocida, del citado consejo consultivo de la Universidad de los Andes.

La relación personal fue cada vez mayor, dice con orgullo. Porque luego, al proseguir estudios superiores de Filosofía en Princeton (que culminaría en la Universidad de Heidelberg, en Alemania), pudieron establecer un contacto más directo, superior al formalismo inicial.

Ello explica que, en una vieja fotografía tomada durante la reunión celebrada en su casa, aparezca departiendo con Einstein, quien llegó allí en sandalias, situación que mereció un comentario burlesco de Lucas Caballero –Klim-, en El Tiempo, según el cual los personajes de la histórica imagen parecían sobrevivientes de un naufragio.

O su intercambio epistolar, sobre las bases matemáticas de la teoría física, del que aún conserva algunas cartas del maestro, con quien tuvo la ocasión de discutir las bases filosóficas de la Física, desde Galileo y Leibniz hasta Newton.

Los aportes del genio

Einstein fue decisivo en el despegue de los Andes, lo cual hizo posible que después se realizara el sueño de traer a los más importantes científicos del mundo, como John von Neuman, considerado el primer genio matemático del siglo XX.

Y mientras añora aquella época, Mario Laserna recorre su casa de La Candelaria, rodeado por cuadros coloniales, diplomas y más diplomas, cartas y más cartas de personajes ilustres como Jacques Maritain, Eisenhower, Jimmy Carter, Einstein…

(*) Escritor y periodista. Ex director del diario “La República” y Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.