20 de mayo de 2024

Por José Miguel Alzate Aproximación a dos autores caldenses

8 de diciembre de 2021
8 de diciembre de 2021
Jorge Eliécer Zapata. Foto El Diario.
El escritor José Miguel Alzate pronunció estas palabras, en el año 2011, en los municipios de Riosucio y Supía, en la presentación de los libros “Tres letrados caldenses” y “Los demonios salen del alma”. Aparecen en su libro “Nombres en las letras de Caldas”. Nunca se publicaron en ningún medio de comunicación. Eje 21 las publica hoy con el propósito de destacar la obra de estos dos hombres de palabra. Cada semana publicaremos un artículo de este libro.

Siento una alegría inmensa de estar aquí, ante ustedes, esta noche, para presentar los libros de dos autores caldenses que tienen ya un recorrido en el campo de las letras: Jorge Eliécer Zapata Bonilla y César Durán Vanegas. Esta alegría me la causa el hecho de que los libros que hoy presentamos en este acto fueron escritos por dos compañeros de viaje en esta aventura con la vida que es el arte de escribir. Y digo aventura con la vida porque uno como escritor no sabe qué le depara el mañana. Quizá el fruto del trabajo constante con la palabra tenga una recompensa merecida. Pero también puede suceder que el libro que ha sido fruto de la constancia intelectual sea cubierto con el manto del olvido. Sobre todo cuando se sabe que vivimos en un medio apático a las manifestaciones del espíritu, donde poco se reseña la aparición de libros de autores caldenses como un aporte de la región al pensamiento nacional.

¿Qué se puede decir sobre un amigo que ha compartido con uno sus sueños como creador de belleza? Que a través de la lectura de sus libros, ese amigo nos ha contado sus angustias con el barro de la palabra, nos ha desnudado su alma para brindarnos una postal de su espíritu interior, nos ha transmitido sus experiencias en el campo de la investigación. Esa ha sido para nosotros la parábola vital de Jorge Eliécer Zapata Bonilla. Como escritor ha abrevado en los acantilados de la historia para mostrarnos cómo ha sido la formación de nuestro territorio, cuáles fueron las costumbres de nuestros indígenas, cómo fue la creación de este pedazo de tierra donde hacemos realidad nuestros sueños. Jorge Eliécer ha sido para nosotros un tripulante destacado de este barco de ilusiones que nos lleva con su brújula hacia ese territorio de la creación donde convergen la esperanza y los sueños, las alegrías y las desventuras, las tristezas y las emociones. El, como escritor, ha estado con nosotros ahí, a nuestro lado, dándonos aliento para continuar manejando la arcilla de la palabra, inculcándonos el amor por la creación literaria, haciéndose nuestro cómplice en la investigación histórica, brindándonos siempre el fruto de sus meditaciones intelectuales.

El nombre de Jorge Eliécer Zapata Bonilla es ya un referente obligado cuando se habla sobre la historia de Caldas. Pocos como él se han entregado con tanta pasión a investigar sobre nuestros antecedentes históricos. Supía ha sido el centro donde gravitan sus preocupaciones temáticas. A este municipio del occidente caldense ha dedicado gran parte de sus esfuerzos en la investigación histórica. Desde la creación, hace varios años, de la revista Supía Histórico, su interés se ha centrado en descubrir cómo fue la formación de esta parcela de Caldas, cuál ha sido el aporte de sus hombres a la concreción de los ideales de libertad, qué han significado en la vida del municipio las tribus indígenas que se aposentan en los resguardos de Cañamomo y Lomaprieta. Pero su compromiso con la historia de esta región no se ha quedado ahí. También ha hurgado en los archivos históricos para descubrir a esas personas que brillaron por su inteligencia, para darles un puesto en las letras de Caldas a sus hombres de pensamiento, para mostrarle a las nuevas generaciones cómo fue el surgimiento de un pueblo que ha escrito páginas gloriosas en la historia del departamento.

Jorge Eliécer Zapata Bonilla es, además de historiador, poeta y cuentista. En su primer libro de cuentos, Huellas de perro, se reveló un escritor de pluma exquisita, con capacidad creativa e imaginación desbordante, capaz de crear historias como el cumpleaños de la señorita Etelvina, donde hace gala de un fino humor y una ironía desconcertante. Este cuento es la historia de una mujer que celebra sus cincuenta años en completa soledad. El personaje recuerda a su padre en el momento de su muerte a manos de un sargento y a su hermano cuando se lo llevaron para el ejército. En esta narración Jorge Eliécer Zapata Bonilla aprovecha al máximo la anécdota, el efecto humorístico, la situación tremendista. De la misma forma como lo hace en el cuento Las absoluciones de Monseñor, donde enseña un manejo acertado del narrador colectivo. Esta es la historia de un pueblo donde, para celebrar la Fiesta de Santa Ana, reciben la visita del Señor Obispo. La gente se vuelca a las calles a darle la bienvenida. El cuento muestra la transformación de una sociedad. ¿Cómo? Las personas que antes eran pecadoras, pasan a formar parte de las asociaciones piadosas. Claudina, por ejemplo, que había sido una prostituta legendaria, termina convertida en Terciaria Capuchina. O como Tarcisio, que de ser un depravado sexual pasa a convertirse en el hombre que lee las epístolas en cada celebración de la Santa Misa.

Una de las preocupaciones temáticas más importantes de Jorge Eliécer Zapata Bonilla ha sido la literatura caldense. A los escritores de nuestro departamento les ha dedicado ensayos ponderados, excelentemente escritos, donde aborda su obra literaria con una óptica crítica digna de resaltarse. Sobre todo porque es acertado en los juicios. En su libro “Hitos en la identidad caldense”, de reciente aparición, Jorge Eliécer se nos revela como un analista que busca en los trabajos estudiados eso que Mario Vargas Llosa llama en su libro “Cartas a un joven novelista” el dato escondido. Es decir, el estudioso hurga en la prosa de los autores analizados para encontrar no sólo coincidencias temáticas, sino influencias literarias. Y, más que eso, intenta encontrar en cada libro leído ese cordón umbilical que une al artista de la palabra con su entorno geográfico. En este sentido, la prosa ensayística de Jorge Eliécer Zapata Bonilla se convierte a veces en un canto emocionado a la tierra. En ella trasluce su amor por la provincia. En “Hitos en la identidad caldense” se aproxima al pensamiento de humanistas como Adel López Gómez, Otto Morales Benítez y el padre Nazario Restrepo, el fundador de Viterbo.

“Tres letrados caldenses”, el libro que hoy presenta el escritor Jorge Eliécer Zapata Bonilla, es un texto indispensable para conocer a tres valores de nuestras letras: Gilberto Garrido, Fernando Mejía Mejía e Iván Cocherín. El primero nació en Supía en 1887, el segundo en Salamina en 1928, y el último en Marmato en 1909. Con esta obra, el escritor rescata del olvido los nombres de tres autores que le dieron a Caldas proyección nacional en el campo de la creación literaria. Gilberto Garrido, que falleció en Cali en 1988, fue un poeta inmenso, desafortunadamente olvidado. Garrido fue un humanista íntegro. Según el autor del libro, en su juventud escribió poemas de amor y placidez. Pero en su edad madura su voz lírica se tornó un poco mística, sobre todo por sus imprecaciones a Dios. Fernando Mejía Mejía, que falleció en Manizales en 1987, es el poeta más grande que ha dado Caldas no sólo por el tono desolado de su voz, sino por esa angustia existencial que campea en sus versos. Iván Cocherín, que murió en Manizales en 1982, por sus temas donde aparece siempre el minero con su angustia a cuestas, es considerado por la crítica como el novelista proletario. Como José Antonio Osorio Lizarazo, sus personajes son todos de extracción humilde, vehementes en la exposición de sus sufrimientos, con un fardo de tristeza sobre sus hombros. Fue un exquisito creador de metáforas. La bohemia manizaleña de los años sesenta tuvo en Cocherín un protagonista de primera línea. En este libro Jorge Eliécer Zapata Bonilla rinde tributo de admiración a tres valores caldenses que se ganaron un sitio de honor en las letras comarcanas.  Garrido nos dejó libros como Ansiedad, publicado en México en 1947, Poesía azul, Lumbre, Anima expuesta, y Llanto. Mejía Mejía publicó los poemarios La inicial estación, Cantando en la ceniza, Elegía sin tiempo, Presencia de las imágenes ausentes, Los días sagitales y La heredad y el exilio. Iván Cocherín, seudónimo de Jesús González Barahona, escribió las novelas El sol suda negro, Túnel, Carapintada, Al chinchorro le han caído estrellas, Barbacoa, Derrumbes y Nadie.

¿Y quién es César Durán Vanegas, el poeta que esta noche nos entrega su libro “Los demonios salen del alma”? Es, para decirlo de entrada, un hombre con sensibilidad artística, tocada su alma por eso que Homero llamó la inspiración divina. Antes de este libro que hoy entrega había publicado Breve Lexis, un poemario con un título que evoca a la Antigua Grecia. Poemas suyos aparecen en la antología “Parque de los poetas”, publicada por la Fundación Tulio Bayer en el año 2009. Ahora publica este libro, Los demonios salen del alma, para expresar todas esas cosas que lo conmueven íntimamente: la angustia, la pobreza, las guerras, la tecnología, la violencia, el armamentismo, la soledad, la indiferencia. La voz de César Durán Vanegas se levanta con su tono de imprecación para condenar la violencia que sacude al mundo cuando dice en su poema Arma Siglo XXI: “Latinoamérica, dictaduras, falsas democracias, explotación, terrorismo obligado. Violencia que no pasa, caos globalizado”. Mírese cómo el poeta, en estos versos, expresa en un lenguaje desprovisto de metáforas su visión del mundo. Durán Vanegas no necesita vestir su poesía de ropajes líricos para sentar su voz de protesta por este desbarajuste en que se encuentra la humanidad, expuesta como nunca a los afanes de la guerra. En este sentido, el poeta es reiterativo. En el poema Miedo en Europa dice: “Los jóvenes del ocaso, contemporáneos de la guerra y el fascismo que no muere, no quieren compartir el horror de las armas y el conflicto”.

No hay en la poesía de César Durán Vanegas temas elementales como esos a los que le cantó Pablo Neruda. El agua, el viento, el aire, la rosa, la piedra, las nubes, el mar, el río no lo inspiran. A Durán Vanegas lo inspiran otras cosas. La muerte, por ejemplo. En “Breve lexis” aparece Muere la muerte, donde el poeta exclama: “¡Oh! La muerte, ante ella todos sucumbimos; pero la muerte es tránsito. Lo importante está en lo que vivimos antes”. Aquí, en un lenguaje sencillo, el autor penetra en el misterio de la muerte. No utiliza palabras rebuscadas para expresar lo que ella significa. Simplemente dice que es un tránsito. Es decir, explica con economía de vocabulario lo que ella representa.

Los temas que inspiran a este poeta hacen parte de la realidad diaria. En el poema Distantes se queja porque desaparecen ciudades enteras, pero celebra el vuelo de la mariposa para finalizar diciendo, como en una queja adolorida, que el comportamiento humano rompe con la inteligencia de la naturaleza. En este sentido, son muchos los poemas donde César Durán eleva su voz de protesta por las cosas que le toca ver. Por ejemplo, se conmueve con el pordiosero que, en la calle, mientras duerme, cubre su cuerpo con un periódico. Y se alegra al ver cómo un niño disfruta de un carro de madera en un parque. Y se duele del bardo que en una clínica espera la muerte. Y cuenta que sus manos manejan el control remoto del televisor para ingresar al mundo de la fantasía. Y señala que en Europa los ancianos enfrentan el futuro con el fantasma de la guerra. Y advierte que el hombre vive un presente ajeno a la realidad.

No maneja César Durán Vanegas el tradicionalismo poético.  El verso libre es el estilo que utiliza para hacer que las palabras expresen lo que le brota desde el fondo del alma. Es decir, su poesía es modernista, no en el sentido en que Rubén Darío concibió el arte poético, sino en la forma de plasmarla sobre el papel. Como los poetas modernos, juega con las palabras, las somete, hace malabares con ellas. El autor de este libro podría decir sobre las palabras esto que alguna vez escribió Javier Arias Ramírez: “Las palabras: Yo las sigo, las traigo, las estrujo; las arrebato al aire, al tiempo, al río; las llevo en mi cerebro y las acuño para mi monedero de ilusiones. Conviven con mi voz, con mi memoria; diariamente en mi ser las acaricio; las renuevo, las cambio, las maduro. Ellas son los luceros de mis noches, de mis trágicas horas las testigos”.  Para manejar las palabras, el poeta no necesita de metros ni de ritmos. Para decir “unos ojos con mirada abrasadora arden al compás del corazón ajeno” no necesita ceñirse a cánones estéticos. Simplemente, como un arquitecto cuando levanta una pared, va colocando las palabras unas seguidas de las otras, uniéndolas con el hilo invisible de la cadencia armoniosa.

Se puede decir que en la poesía del libro “Los demonios salen del alma” se descubre un poeta que no le tiene miedo a la ternura, que convoca a las musas para cantar sus propios sentimientos hacia la mujer amada, que recurre a un lenguaje sin hipérboles para decir en el poema “Todo tan fácil”: “acercar los cuerpos, fundir el sudor, hacer común la saliva, estallar en mil besos y caricias, llegar al clímax, invadir los más íntimos espacios del cuerpo supuestamente amado”. Nótese en este poema cómo César Durán Vanegas no cae en lugares comunes para cantar a la mujer, ni tampoco convierte su lenguaje en torrente de figuras literarias para alcanzar un erotismo de noble factura. En “Novia del ocaso” su voz toma otro tono. Es, si se quiere, un lenguaje menos erótico. Pero conserva ese hálito de frescura en los vocablos. Cuando dice: “quien deja de ser hace parte del infinito” está reconociendo que los recuerdos quedan cuando un amor se acaba. Es lo mismo que sucede en el poema “Samaritana”. Aquí el poeta dice que las mujeres lloran por amor, que los hombres también lloramos, que las lágrimas son fruto del dolor pasional, que todos vivimos momentos de amargura.

Estos dos libros que hoy presentan, en este auditorio, Jorge Eliécer Zapata Bonilla y César Durán Vanegas, son un aporte importante a las letras caldenses. “Tres letrados caldenses”, del primero de los aquí nombrados, porque rescata para las nuevas generaciones los nombres de tres importantes artistas de la palabra que merecen conocerse. Y “Los demonios del alma”, del segundo, porque es una apuesta original para escribir poesía sin sujeción a la métrica tradicional, alejada de convencionalismos retóricos, sin recurrir al encanto de la rima. Ya lo dijo Lannis Ritsos: “La función o tarea del poeta es abrirles los ojos a los otros para que vean el milagro diario del mundo que sucede”. Eso hace con este libro César Durán Vanegas: abrirles los ojos a los lectores para que entiendan que viven en un mundo convulsionado, “donde el fantasma de la guerra apaga la sonrisa de los niños”