24 de enero de 2022
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Dos lobos y un cordero

4 de diciembre de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
4 de diciembre de 2021

Un concilio católico no puede realizarse con obispos protestantes, es un dicho acuñado, posiblemente por un canonista, que ha servido de espejo para elaborar máximas para el manejo de la política mundana,  de esas que se cuelan como saber popular y hacen tanto daño,  como aquella que quien gobierna lo ha de hacer con los suyos, ha de llamar a sus amigos para que asuman la dirección del país, y con olé y castañuelas rematar: cada torero torea con su cuadrilla.

 De seguro, podemos hallar las huellas del amiguismo en todos los gobiernos, pero hay unas improntas particulares en el Gobierno de Duque que lo ha ejercido con fervor y sin empacho, con sus compañeros de universidad, centro que por ello vive su momento de celebridad, con los amigos de su mentor Uribe, y se ha batido por ellos, ha pasado por alto graves objeciones a sus conductas, resistido presiones, y con oídos sordos,  los ha nombrado o  los ha impulsado para organismos internacionales, o los ha mantenido en el cargo,  y solo, amenazado por una votación de censura en el Congreso,  los ha enrocado.

 El mundo complejo de la política ha de acudir a simplificaciones para alinear a los partidarios, con un símbolo, con un caudillo. Aquí con un proverbio, que como todos ellos son sentencias inapelables, que dejan por fuera toda controversia, aunque paradójicamente, no resistan análisis.

 Sirven de sustento a prácticas políticas que se dejan pasar como suceso de obvia naturalidad,  o incluso se aplauden, como  la de que  el Gobierno escoja a quien le plazca para  conformar su sanedrín, su círculo de poder, su élite burocrática.

La expresión de generosa amistad puede ser imperativa en el ámbito familiar, aplaudida entre compañeros -es de bien nacidos ser agradecidos-, puesta en entredicho cuando se hacen negocios particulares, y con efectos desastrosos cuando con ella se rige  el mundo de lo público.

Las reglas de la amistad no pueden sustituir la norma de la meritocracia, aquella por la cual   la burocracia debe ser escogida según las realizaciones y  méritos de los candidatos. El Estado debe ser servido por los mejores. La Corte Constitucional le dio a esta previsión el carácter de norma dura, parte del núcleo pétreo, aquel que no puede ser sustituido, al declarar inconstitucional la reforma de la Carta Política que relevaba a medio millón de funcionarios públicos provisionales del deber de acreditar solvencia de conocimientos, experiencia, para acceder a la carrera administrativa.

No se ha de suponer que la política y la amistad riñan, que deba existir divorcio de éticas, entre las del mundo de las relaciones sociales y las del servicio público. Se pueden conciliar y bien se hace si los mas capaces son también amigos. No debe haber cuestionamiento desde la  ética, que los economistas de los Andes sean los que circulen por los pasillos de Ministerios y organismos que ordenan la Hacienda. Incompresible sería que un candidato de excelencia fuera tachado por la amistad que lo une con quien lo nombra.  Lo que  violenta es sustituir las medidas de la suficiencia de saberes y trayectoria, por  abrazos de familiaridad, de gratuita admiración o de callada complicidad; lo que insulta es que la dirección de Ministerios y Agencias, o la representación de Colombia en organismos internacionales  se encomiende a quienes solo prueban cercanía con el gobernante, sin ápice de conocimiento de la materia que se les encomienda o sin ninguna sensibilidad por la misión de la entidad a la que se le llama a participar.

Detrás de la apuesta de gobiernos de amigos, para los amigos, hay toda una concepción empobrecida de la democracia.

Se reduce la democracia a una competición, se le pauperiza al convertir el triunfo electoral en un trofeo, una piñata  de cargos públicos, hacer de la cabeza de la  burocracia un botín de la liza política.

El discurso y la retórica no alcanzan para   ocultar  la ruindad de la intención cierta,  la de hacerse al poder y hacerlo valer en las nóminas. La promesa que tantas veces  jura el candidato, de consagrar su servicio a  Colombia, de hacer de la patria una casa grande, una vez impuesta la banda presidencial se esfuma, se extravía en provechos para el círculo del poder, y para colmo, los reclaman como derecho prestacional del vencedor electoral.   Y esta carga se hace más pesada e insufrible, si el resultado es pobre para la administración de la cosa publica, entidades que quedan agostadas y varadas,  y una ciudadanía frustrada.

La falta de espíritu democrático se traduce en no hacer la gestión gubernamental llamando no solo a los mejores, contentándose con la medianía de los propios, – medida en un Panel de Opinión que en el que se rajan todos los ministros – sino en acotar el mando de la burocracia para los amigos.

La democracia se realiza en toda su dimensión en el periodo postelectoral. La jornada de las votaciones es de primera importancia, pero ahí no se agota la democracia. En la ebriedad y euforia del día en el que se da el golpe de las urnas no se puede sostener un  cuatrienio. Es solo  el momento de partida para realizar el auténtico espíritu democrático, gobernar abarcando a todos, conjuntado los perdedores a la fracción ganadora.  Cierto es que ha triunfado una propuesta, un programa pensado desde una esquina, por un grupo, pero para realizarlo  hay que  comprender todos los ángulos, oír la diversidad, respetar las minorías. La esencia de la democracia es la negociación. Vea Usted: apenas estrenando  ley de la policía, el editorial del Espectador clama  y considera inaplazable otra reforma. Y cierto que  para la elaboración de aquella solo se escuchó una voz, la de la institución, y se  silenció  la de la pluralidad de la ciudadanía a la que esa fuerza ha de servir.

Hay déficit de democracia cuando  se aplica de manera inmisericorde el principio de las mayorías,  para barrer con las minorías. Hay peligro cuando las mayorías son precarias, como las han sido todas en el retrato de verdad, en la primera vuelta. Es la gran tensión y riesgo de las democracias hacer desaparecer, en nombre momentáneas mayorías, a todos los demás que son los perdedores.

Practican este concepto primario de democracia mayoritaria quienes interpretaron el No plebiscitario sobre el acuerdo de paz, como la autorización inmediata para hacer trizas lo pactado. A la voz de las papeletas le sigue la conciliación, el dialogo, nuevos términos para el texto. Y ello,  no por respeto a lo que hayan convenido unos negociadores, sino a la otra mitad de la población que voto por el Sí.

Inneraty que se ocupa de elaborar una teoría de democracia para las sociedades complejas de hoy, para plantear la perspectiva de las minorías acude  a una figura trágica: la democracia consiste en dos lobos y un cordero que votan sobre que cenar. (Franklin), y una sabia conceptualización: La democracia no es tanto un sistema para permitir que decida la mayoría como para impedir la dominación de la mayoría (Pettit).